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LE PEGARON CON SUS PORRAS, LE ASESTARON CULATAZOS, ÉL GEMÍA Y SE CAÍA, LAS MUJERES LE DABAN ÁNIMOS Y LO LEVANTABAN, MIENTRAS ÉL LLORABA COMO UN NIÑO, Y DE SU CUERPO EMANABA LA TERRIBLE PESTILENCIA DE SUS TRAIDORAS ENTRAÑAS boca petrificadas, mantuvo la llama al lado de mi mejilla durante mucho tiempo, y con la mirada fija en mis pupilas, meneaba a la derecha y a la izquierda su gran nariz. ¿Había algún otro significado en su pantomima? ¿Qué más escondían esos grandes ojos negros de un brillo demente? Me parece que ese deje malicioso provenía del deseo de comunicarme el hecho de que mi padre no sólo no había muerto como un héroe, con alguna frase inmortal en los labios que se recordaría y citaría como ejemplo de una actitud filosófica y una sabia sangre fría ante el rostro de la gran muerte, sino todo lo contrario, que delante de sus ejecutores... Oh, no tengo dudas. Seguramente habría intuido el significado del fatal juego al que había sido arrastrado, y cuando lo colocaron del lado izquierdo, entre las mujeres y los niños, entre los enfermos y los incapacitados para trabajar (pues él fue todo eso a la vez, un gran enfermo y una mujer histérica, una mujer encinta de un embarazo eterno y falso, como un enorme tumor, y también fue un niño, un gran niño de su época y de su tribu, así como fue incapaz de cualquier tipo de trabajo físico e intelectual, porque la curva de su genialidad y de su actividad se desviaba peligrosamente y llegaba así, en su trazo circular, hasta el punto de partida, hasta su absoluta negación) a la izquierda, pues, de Dios y de la vida, él, por un momento, sólo por un momento debió de pensar sin duda que se trataba de su engaño, de su sentido del humor, de su desenvoltura en las complicadas situaciones de la vida, aunque justo después debió de sentir, con sus entrañas y con su cabeza loca, que se había puesto en el lado de la muerte por voluntad propia, estúpidamente, y que por lo tanto le habían engañado como a un niño... Los ojos maliciosos de la señora Rebeca ofrecían la posibilidad de intuir la amarga y trágica verdad: andando en esa fila de los desgraciados y de los enfermos, entre las mujeres horrorizadas y los niños atemorizados, andando con ellos y a su lado, alto y encorvado, sin sus gafas y sin su bastón, porque le habían sido confiscados: tambaleándose con paso inseguro, como un pastor entre su rebaño, como un rabino entre sus fieles, como un profesor al frente de sus alumnos... Ah, no. Le pegaron con sus porras, le asestaron culatazos, él gemía y se caía, las mujeres le daban ánimos y lo levantaban, mientras él, ay, lloraba como un niño pequeño, y de su cuerpo emanaba su propio olor, la terrible pestilencia de sus traidoras entrañas. 2 Además de la tía Rebeca, el único de nuestros parientes que volvió fue mi tío Andrey, también él quemado por un sol extraño, por una luz infernal, que confería a su piel un color de moho malsano: el sello fatal de algún sol negro. Trajo consigo las canciones de los nuevos tiempos, las tristes baladas de los campos de concentración y los lamentos de los rabinos, que cantaba a media voz, sin talento, o bien las tocaba con la ocarina, ululando como un búho. Dos o tres días después de su vuelta se puso a cavar en el establo, en el lugar exacto en el que antaño habían sido alojados los caballos militares, hecho que no hizo más que provocar las inútiles protestas de la tía Rebeca. La tierra que sacaba desde las profundidades estaba húmeda y apestaba a orín de caballo. Pronto la cabeza de mi tío Andrey se hundió del todo en ese pozo cavado por él mismo, y su voz, que daba cortas órdenes a la tía Rebeca, llegaba como de ultratumba. Para mi enorme asombro, poco después vi a mi tía Rebeca sacar de ese pozo maloliente un rollo de tela de algodón con unas rosas flamantes, rojas y azules, dibujadas encima. Doblaba delante de sus pies esa presa suya, esas rosas que se habían enmarañado en la red de la tela de algodón, como si de unos brillantes peces de las profundidades se tratara. ¡Qué peces! Al ver las primeras rosas, todavía pocas y menuditas, todavía en brote, esos pececitos azules enmarañados en la malla de la tela de algodón, donde habían permanecido tanto tiempo que ya empezaban a heder y a palidecer, mi tía se puso a recoger el tejido, nerviosamente, tirando de él con un enorme y ferviente esfuerzo. ¡Oh, desgracia! Ese enorme rollo, enterrado allí en vísperas de la guerra, envuelto en una tela encerada y depositado dentro de un baúl de madera dura, estaba completamente comido por el ácido orín de los caballos, que había convertido todo en polvo y cenizas: las rosas hedían como peces podridos, muertos. Al día siguiente la tía Rebeca intentó salvar lo que pudo: extendió su enorme red en la verja, en cinco capas, contando, seguramente, con la beneficiosa influencia del sol. Alrededor de la casa, pues, había brotado una trepadora de rosas, como en los castillos antiguos, sólo que el jardín apestaba a orines. En vano. En la tela sólo se manifestaba la fatal influencia del tiempo y de la oscuridad, de la tierra y del chorro de ámbar que los caballos militares dirigieron hacia el suelo durante los años de la guerra, en sentido oblicuo, como si fueran rayos de sol. Con lágrimas en los ojos, la tía Rebeca intentó salvar ese único tesoro suyo, esa mina escondida, cortando a tijeretazos trozos de tela apenas más largos que un antebrazo, y al final tuvo que tirarlo todo a la basura porque el tejido de algodón se deshacía entre los dedos como si fuera una telaraña. A escondidas de los aldeanos, el tío Andrey y ella estuvieron toda la noche tirando esas rosas de mala calidad al basurero, para las hadas. ¡Oh! ¡Cuántas maldiciones cayeron aquella noche a cuenta de las pesadas herramientas de los caballos de guerra, cuántos anatemas lanzados, cuántas comparaciones brillantes y terribles! AUSCHWITZ, FINAL DE TRAYECTO. EN 1942, CUANDO TENÍA SIETE AÑOS, DANILO KIS PRESENCIÓ LA MATANZA DE JUDÍOS Y SERBIOS PERPETRADA POR LOS FASCISTAS HÚNGAROS EN NOVI SAD. SU PADRE LOGRÓ SALVARSE, PERO EN 1944 FUE DEPORTADO A AUSCHWITZ, DE DONDE NUNCA REGRESÓ. EN LA IMAGEN, UN FUSILAMIENTO EN EL CAMPO DE CONCENTRACIÓN POLACO pefacción. Dios, ¡cómo había cambiado! De su cabellera abundante no quedaba ni huella, su moño negro se había caído, las mechas de sus patillas estaban quemadas como por una llama. Estaba de pie, con un pesado candelabro de siete brazos entre sus manos, y pudimos ver, sorprendidos, que sólo uno de ellos llevaba una vela blanca de estearina, mientras que las otras ramas estaban vacías. Ese candelabro, con su única vela encendida, estaba allí, sin duda, para indicarnos con su llama apagada, con su vacío, aquello que la tía Rebeca nos contaría después (meneó su cabeza marchita, lenta, digna, elocuentemente, primero a la izquierda, luego a la derecha, luego otra vez, más lentamente aún) ¡No está! ¿Era un momento de alivio o una desesperación muda aquello que nos había inundado? ¡Mi padre, muerto! De todas formas, yo expresé una duda absoluta respecto a su muerte. Estaba convencido de que la tía Rebeca no estaba diciendo la verdad a pesar de que su aspecto y los gestos de su cabeza tuvieran un deje trágico. Aun así, a mí me pareció que todo eso no era más que un gran engaño, un deseo de la señora Rebeca de borrar a mi padre de una manera menos dolorosa, con ese meneo lento de la cabeza. Se nos arrimaba a la cara (porque se había vuelto miope) nos acercaba la llama de la vela hasta las mejillas, luego repetía ese movimiento negativo con la cabeza para cada uno de nosotros y cada vez con un deje distinto: para mi madre, con una especie de compasión sincera; para Ana, con un aire pedagógico ¡Ten cuidado, sobrinita mía! y para mí, con una secreta alegría maligna: ¡Tu convicción de su inmortalidad pronto estará vencida, pequeño engreído; el tiempo debilitará tu fe! Parpadeando significativamente, con una sonrisa maliciosa en los ojos, mientras mantenía su cara y su ABCD 13