Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
PALABRAS EN EL QUICIO IRENE LOZANO Vías de agua L FIELES LECTORES. VARGAS LLOSA CUENTA CON UNOS SEGUIDORES ENTUSIASTAS, QUE ESPERAN CON INTERÉS CADA NUEVA OBRA. A LA IZQUIERDA, PRESENTACIÓN DE SU ÚLTIMA NOVELA, TRAVESURAS DE LA NIÑA MALA ejemplos. No ha sido Vargas Llosa un crítico universitario aunque nunca se ha vuelto de espaldas a la Universidad, en cuyo ámbito concibió su estudio sobre García Márquez en origen su tesis doctoral y la disciplina y el rigor que definen a aquélla cuando se la entiende con rectitud han empapado sus análisis, además de alumbrar aportaciones eruditas, como la publicación del epistolario de Martorell, el padre del Tirant. No se ha adscrito Vargas Llosa a ninguna escuela de las muchas que han palpitado a su alrededor: la estilística, el existencialismo, el estructuralismo, el new criticism, el formalismo ruso, la semiótica barthesiana, la polifonía y el carnaval de Bajtin, etcétera, pero no ha sido insensible a ninguna de ellas; cabría incluso decir que de todas ha tomado algo si no fuera porque el crítico se ha procurado su propio instrumental, su propio método. Un método que consiste, en definitiva, en no aceptar el principio de entropía la degradación de lo vivo y en tratar de recuperar la ener- gía motriz de la creación. En otros términos: ver, sentir la obra como un organismo palpitante y a su creador como alguien implicado a título existencial y, sobre todo, como artista, en la creación y recreación de los materiales primarios. BRILLANTE DISCURSO. Vargas Llosa cree en la condición supratemporal, aunque encarnada en su tiempo, de las grandes obras literarias, trátese del Tirant, de Madame Bovary, de Cien años de soledad, de El extranjero, o de Sostiene Pereira. Así vio el Tirant como una novela moderna, donde el novelista suplanta ya a Dios, adelantándose a lo que haría García Márquez cuatro siglos más tarde: suplantador de Dios el novelista y por ello, y con más exactitud, creador de una realidad muy distinta a la que lo circundaba. Dista, pues, la literatura de ser un mero reflejo Vargas Llosa no niega la Historia, pero defiende y proclama la autonomía de la literatura, orgía permanente y consolación incomparable para el creador genuino como Flaubert que con ella cauterizaba las heridas de su neurosis. Si Vargas Llosa concibe la literatura como algo vivo, semejante concepción se traslada también a la crítica; por eso vio el Tirant en su momento como la reivindicación de la imaginación, del realismo sin orillas. Pero sin incurrir nunca en la causerie, en el verbalismo gratuito. De ahí que haya acuñado sus propias categorías: las mudas (puntos de vista) los vasos comunicantes (la convivencia de lo vivido y lo imaginado) la caja china (la voz narrativa dentro de otra voz) etcétera. El resultado es un discurso crítico tan brillante como convincente, que integra en el análisis todos los elementos integrables. Así considera la persona del autor, pero no al modo biografista de Sainte- Beuve; hace crítica de fuentes, pero no se limita a su indagación: las reformula de modo funcional. De esta manera pone la obra candente, viva, ante los ojos del lector con el fin de procurar su mayor conocimiento, su mayor placer. as tragedias del mar se llevan los cuerpos y nos devuelven las palabras. Algunas dormitan durante siglos en los libros, conocidas sólo por los que dominan la jerga marítima o el lenguaje culto, y pasan al habla común de un día para otro, como le ha ocurrido a cayuco. No hay periódico, radio o televisión que no la haya empleado últimamente en alguna crónica dramática. Ocurrió con pecio cuando se hundió el Prestige, y con patera cuando los viajes hacia el futuro comenzaban en el Estrecho. El que haya visitado el Diccionario de la Academia en busca de pistas, se ha encontrado esto: Embarcación india de una pieza, más pequeña que la canoa, con el fondo plano y sin quilla, que se gobierna y mueve con el canalete O sea, un desconcierto, pues los cayucos que llegan a las costas de Canarias no son indios, y parecen navegar a motor más que con remos. Algún académico, amante de capitanes y galeones, ya propuso en la docta casa el mes pasado que se enmiende la definición. La realidad no sólo supera la ficción, sino también las obras de consulta. Según el Diccionario Marítimo Español de Timoteo O Scanlan el cayuco es una canoa muy pequeña que se usa en América y en África para un solo tripulante. En lo que se llama gran cayuco caben tres o cuatro personas. Las barcazas que vemos arribar en cada telediario con decenas de rostros exhaustos tienen pues poco que ver con los cayucos originarios, aunque conservan una de sus rudimentarias características: carecen de quilla, que es como decir de un ser humano que no tiene columna vertebral. La quilla dota de estabilidad a los barcos, al recorrerlos de proa a popa por su parte inferior y sustentar toda su armazón. Por eso los cayucos sólo se empleaban para la navegación de cabotaje, de río o de ribera, para regresar a casa al atardecer con algo de pesca y sin haber perdido de vista la línea de la costa. No hay imagen más acabada de la precariedad que la de esos miserables en su viaje de ida por la bravura del océano sobre un montón de maderos invertebrados. Ícaro era igual de vulnerable volando hacia la muerte con sus alas de plumas y cera, pero al menos pudo ser honrado por su padre, Dédalo, que llamó Icaria a una isla cercana al lugar donde su hijo cayó al mar. Los Dédalos africanos no saben ni cuántas islas tendrían que nombrar. Ni dónde están. Ni cómo ocurrió. ABCD 29