Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
L. POESÍA L. ENSAYO LOS INICIOS DEL CANTO EL ALA Y LA CIGARRA. FRAGMENTOS DE LA POESÍA ARCAICA GRIEGA NO ÉPICA VARIOS AUTORES TRAD. DE JUAN MANUEL RODRÍGUEZ TOBAL. EDICIÓN BILINGÜE HIPERIÓN. MADRID, 2005 235 PÁGINAS, 14 EUROS JAIME SILES Los fragmentos de la poesía griega arcaica constituyen algo así como el activo consciente y el pasivo constante de nuestra tradición. En ellos se contiene el lirismo de Homero transformado no sólo por el continuo diapasón del tiempo sino, sobre todo, porque lo nuevo ahora es un ritmo, derivado de un cambio de metro, que hace que las sílabas sean algo más que simple narración: lo emotivo aparece y sus manifestaciones son muy varias, porque van de lo coral a lo monódico, y de lo elegíaco a la invectiva y a la celebración, en un tejido lírico ligero, capaz de dar forma a lo más grave y de expresar las más variadas experiencias en una múltiple tonalidad de voz. Tal vez sea esto lo que nos impresiona: sentir que es lo mismo que siente nuestro yo. Esa es la modernidad de la lírica griega: haber creado un tono que unifica sus temas; haber moldeado un cuerpo cuya materia no es otra que nuestra condición. El lirismo latino supo explotar la forma y el fondo de estas fuentes, y los románticos ingleses y alemanes también: Catulo, Horacio, Propercio, Keats y Hölderlin siguen esta cadena que, de la mano de Darío, Pound, Edgar Lee Masters, Pessoa, Cavafis, Borges y Cernuda llega hasta hoy. LECTURA CREATIVA. Son, pues, más próximos que extraños los autores y textos que el poeta y filólogo Juan Manuel Rodríguez Tobal selecciona, traduce y recoge aquí. No lo guía una voluntad arqueológica sino estética, porque no intenta llevar a cabo una operación de rescate ni de reconstrucción: lo que propone es una lectura creativa que sea fiel a sus significantes y que no rechine ni ante los ojos ni ante la mente del lector. Y esto lo consigue con creces, porque no hay poema de los aquí brillantemente traducidos que no imante o conmueva y que no conserve lo que tiene y tenía de treno, de canto, de rezo, de plegaria, de himno, de ataque o de canción. Y es ese magmático fondo lo que de ellos se nos transmite y queda, porque no son las palabras de la tribu las que los constituyen sino las de las pasiones y angustias de un yo que va afirmándose hasta tomar consciencia de sí mismo y sufrir por las limitaciones que le imponen tanto la naturaleza como la sociedad. El yo lírico no es un yo aislado sino sacudido por los conflictos a que lo exponen las tensiones entre naturaleza y convención. La poesía griega arcaica presenta un mundo diferente del nuestro, pero cuyo sujeto se parece no poco al que seguimos siendo y que habita constituye y conforma nuestro yo. Desde el 660 hasta el 520 antes de Cristo, desde Calino a Simónides, los temas y los tonos experimentan una notable variación: en el primero la guerra centra todo un discurso bélico, cuyo último verso llega hasta Quevedo; en el último, en cambio, hay un interesante tratamiento de la nana y una nihilista y desolada reflexión moral. Su último fragmento el 605 de Page: Sólo sol en el cielo adelanta la economía lingüística buscada por la poesía pura y las vanguardias. CAMBIOS DE FORTUNA. En medio están: Arquíloco fundador de la lírica de Occidente que capta los cambios de fortuna e inaugura una línea que conduce hasta Auden; Tirteo, con su moral guerrera y su descripción de la lucha cuerpo a cuerpo, entre cuyos versos se desliza ese fugaz lirismo que impregnará después la kenningar: Las olas del combate es un ejemplo de ello; Mimnermo, de quien proceden el carpe diem y casi todos los tópicos que la elegía tematizará después; Alcmán, que acuña el beatus ille y el primer lenguaje preciosista, y de quien Juan Ramón Jiménez toma su ¡No le toques ya más que así es la rosa! Semónides, que todavía cita el verso 146 del canto VI de la Ilíada y que arremete contra la mujer en uno de los más feroces textos de misoginia; Solón, con su moral ya cívica, expresa en su Eunomía y sus ideas sobre el Buen y el Mal Gobierno, que tanto desarrollo conocerán en la pintura y en los tratados políticos del Renacimiento, que describe las edades del hombre e inicia un modo de monólogo dramático que Robert Browning sistematizará; Alceo, cuyo poema fluvial es el modelo seguido por Luis Rosales y Claudio Rodríguez en sus respectivos poemas al río Duero, y para quien el vino es espejo del hombre; Safo, a quien Rodríguez Tobal había vertido muy dignamente; Estesícoro, que cambia a Ares por Apolo y celebra los cantos y habla de las mujeres de dos bodas y de tres; Hiponacte, que parodia el estilo formular de la plegaria, satiriza a Mimnes e incorpora las posibilidades poéticas de la maldición; Ïbico, que ve que los catálogos de armas, de guerreros y naves están fuera del tiempo y forman, como el poema mismo, parte de una realidad mejor; y Anacreonte, cuya lengua preludia la del expresionismo y Valle- Inclán. Rodríguez Adrados y J. Ferraté habían hecho la versión filológica y literaria de su generación; García Gual hizo la de la siguiente; Rodríguez Tobal ha hecho la de la suya, con soluciones rítmicas acertadas, traducción de los nombres parlantes y de los epítetos compuestos y con un leve desliz: dar dos versiones diferentes de un mismo dístico de Tirteo, que se repite en los fragmentos 6 y 7. Pero esto no empaña su magnífica labor de traductor. s LA VOLUNTAD ESTÉTICA, NO ARQUEOLÓGICA GUÍA ESTE ACERTADO RESCATE DE LA LÍRICA ARCAICA GRIEGA GONZALO CRUZ MODELOS HISTÓRICOS DE CONSTITUCIÓN RIGUROSO Y DOCUMENTADO ESTUDIO SOBRE LA REALIDAD HISTÓRICA DE LA CONSTITUCIÓN CONSTITUCIONALISMO EN LA HISTORIA MIGUEL ARTOLA CRÍTICA. BARCELONA, 2005 307 PÁGINAS, 23 EUROS IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA Constitución fue el término, acaso impropio, con el que se designó cada una de las descripciones de los sistemas políticos de las ciudades griegas que Aristóteles recopiló en la Biblioteca del Liceo, de las que sólo se conserva la dedicada a Atenas. Más tarde, fue la denominación que recibió la ley en el Bajo Imperio y las decisiones de los concilios. Pero, en sentido estricto, el constitucionalismo surge en el siglo XVIII y la Constitución vendría a ser como la versión escrita del contrato social que imaginaron los teóricos del derecho y la política, y que abarcaría tanto las declaraciones de derechos de los ciudadanos como la regulación del funcionamiento de las instituciones. La primera Constitución en sentido estricto de la historia fue la que publicó la Convención de Nueva Jersey en 1776. Miguel Artola, uno de nuestros grandes maestros de Historia, autor de memorables libros, especialmente so- bre el XIX español, nos ofrece un espléndido estudio y una síntesis rigurosa y documentada sobre la realidad histórica del constitucionalismo. No se trata de una historia de las Constituciones, más o menos usual, de su aparición y del análisis de sus contenidos, tampoco de un sistema de Derecho constitucional comparado, sino de algo más arriesgado y difícil, que contiene algo de las dos cosas sin limitarse a ellas. ELEMENTOS ESENCIALES. Después de determinar los orígenes del constitucionalismo y distinguir los modos principales como la doctrina ha entendido la función de la Constitución, principalmente como modo de limitar el poder y como regulación jurídica del sistema político (sin olvidar el constitucionalismo histórico de los países sin Constitución escrita) Miguel Artola establece los elementos esenciales de la Constitución y analiza cómo han quedado plasmados en las distintas normas fundamentales. Estos elementos son el poder constituyente, la legitimidad, la soberanía, la participación y representación política, la división de poderes (legislativo, ejecutivo y judicial) y la responsabilidad, penal y política, del poder. Cada uno de estos elementos es el ob- ABCD 22