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LA HISTORIA DEL AMOR Y DEL PODER MANUEL FRANCISCO REINA ABORDA CON SENSIBILIDAD Y DESTREZA LITERARIA LA RELACIÓN ENTRE ADRIANO Y ANTÍNOO LA COARTADA DE ANTÍNOO MANUEL FRANCISCO REINA EL TERCER NOMBRE. MADRID, 2005 265 PÁGINAS, 18 EUROS JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS ra socioliteraria, etc. En suma, casi siempre en ese tanatorio se ofrece un mosaico de la mediocridad social, que aunque discurre por tonalidades humorísticas, esconde en su sarcasmo un muy nutrido realismo. También en el velatorio se ofrece un último registro, el elegiaco, cargado de emoción lírica, por medio de dos figuras laterales que visitan el cadáver: la amante desconocida de todos, y el que fuera amigo de niño, hijo de los porteros de su casa. Ambos desarrollan sendos lugares de elegía, en fragmentos muy inspirados, contrapunto del sarcasmo que retrata a los tertulianos pseudopoetas con los que Guelbenzu da un sonado desplante a la vida literaria española. El asedio al que mientras tanto Leonardo somete a Inmaculada es antológico, como pieza literaria, por la calidad de los comentarios de este Diablo y su cinica cortesía. Pero, en la medida en que van afrontando la vida anterior de Inmaculada con su marido Julián, ofrecen también la otra perspectiva, la de la mujer, y los grandes temas que lo son del matrimonio, de muchos años de rutinas, sin desdeñar la compleja psicología del momento que exhibe una Inmaculada, halagada por el arcaico donjuanismo de Leonardo, con situaciones que van ganando en matices conforme avanza la novela y vamos conociendo la leve trama del maletín, que Guelbenzu ha introducido para darle la movilidad necesaria. Aunque en el fondo no la precisaba, porque la trama central es la Vida, en el momento de su rendición de cuentas. En el fondo no hay asunto que en la novela, en sus tres estratos, no mueva a una refle- xión: la educación de los hijos, la ternura, la inocencia, la culpa, la perplejidad, la mediocridad de la rutina, la grisura de las vidas, las torpes renuncias. Julián va repasando en sus monódiálogos con Caronte grandes asuntos de una hondura que resulta raro ver en la novela española. GRAN RÉQUIEM. La novela es por momentos un gran Réquiem, con la fuerza literaria del de Broch y por los diálogos de Julián discurren soberbias sentencias de un clásico, como la frase que le espeta Caronte: tu experiencia es única, la mía es inmensa Clásicos como Chauteabriand, reflexiones que podrían serlo de Montaigne, frases expresas de Baudelaire, van entreverando un diálogo con la gran literatura europea, de la que Guelbenzu se muestra algo más que conocedor. Es como si hubiese querido, antes del epílogo sobre la mediocridad que ofrece en el soberbio vis a vis de la Muerte y el Diablo que da cierre a la novela, y precisamente para contrarrestar tal mediocridad, volver a traer a la literatura española el aliento de los grandes asuntos que preocupan a los clásicos de todas las literaturas: la Muerte, el Tiempo, el dolor, Dios, los miedos, el sentido o no de la vida. Excelente, por ejemplo, la glosa al Libro de Job, para decirnos que, fuera ya de la realidad virtual y de las simulaciones, todavía tiene sentido hablar del dolor, de la esperanza, o de ese canto a la vida que trae el retrato último del hombre que ha aprendido a no saber caminar hacia el futuro y sabe que el único secreto es esperarlo, tranquilo. Porque el futuro viene. Vaya si viene. s Pocas veces un relato resulta fascinante en el sentido etimológico del término, es decir, algo sumamente atractivo. La novela de Manuel Francisco Reina fascina por la extraordinaria belleza y delicadeza de su prosa fluida y grácil que bebe de un sobrio clasicismo. La coartada de Antínoo es, digámoslo sin más demora, una colosal novela de carácter histórico en la que el amor entre el protagonista y el emperador Adriano alcanza un climax de serena épica narrativa, de enorme delicadeza sentimental, de un auténtico sibaritismo descriptivo. Amor y poder se entreveran en una trama afectiva entre dos hombres que se mueven en galaxias distintas que el autor sabe conectar con una sensibilidad prodigiosa creando situaciones y manejando expresiones que conducen al lector a un universo de percepciones sutiles, elegantes, en las que los personajes alcanzan un extraña esbeltez temperamental. Se trata de un relato que se aleja de cualquier banalidad en la descripción, aparentemente espinosa si se incurre en la grosera ignorancia de la significación clásica de la homosexualidad, de una relación afectiva condenada desde su inicio a un dramático fracaso. Es una reflexión honda sobre el amor y el poder, que dignifica a aquel al elevarlo a una suerte de misticismo, sólo a veces erótico, y que dibuja a este en su implacabilidad. Amor y poder parecen en esta novela dos líneas paralelas sentenciadas como tales a no unirse jamás por más que discurran tan próximas que, a veces, parecieran tocarse. PROSA RÍTMICA. El autor, contagiado de sus cercanías poéticas a Fernando Quiñones y José Hierro, muta la poesía en una prosa métrica y rítmica que recorre una historia puntillosamente rigurosa en datos, lugares y circunstancias y que sólo de cuando en vez decae en su tensión dramática. Esta es otra de las grandes virtudes de Manuel Francisco Reina: el sentido integral de la narración en la que la acción es servida con una pasión léxica contenida. Trama de novela y prosa elaborada en la paciencia larga y costosa de seis años de entrega a una obra que ya no es neófita ni prometedora, sino madura en un presente literario que otorga al autor una categoría que, por lo común, debe ser impacientemente esperada. Quien suponga que Reina remeda a Yourcenar, se equivoca. El Adriano de la inmarcesible autora no es el de Reina; tampoco su Antínoo, que se independiza de aquellas memorias para adquirir en las manos de nuestro escritor una personalidad propia, arrolladora a veces, sensual y amorosa otras y dependiente siempre de un amor el que profesa a Adriano que página a página, casi párrafo a párra- fo, el efebo pierde de forma irremisible. Manuel Francisco Reina logra proyectar la historia en una espiral de corte clásico no necesarimente convencional, sin embargo conforme a cánones narrativos ortodoxos y, por serlo, alejado de amaneramientos y modismos. Y aquí aparece otra gran virtud de este texto: la autenticidad del relato literario, su artesanal confección conforme a las rectas reglas del oficio de escribir, la dosificación de alquimista en la utilización del adjetivo que se inserta como un estilete en aquel lugar en el que hiere, la contextura del párrafo con un nervio descriptivo que obliga a la imaginación a crear imágenes y la incrustación de diálogos breves que alivian el agobio sentimental de una historia relatada en primera persona. UN GRITO DE LIBERTAD. Reina es un autor joven; quizás demasiado joven para dedicarle tantos elogios. Su obra anterior Los santos varones no obtuvo la repercusión que está teniendo esta su segunda novela, que en realidad es tercera porque el autor guarda una más, anterior, en el cajón de su prudencia. Debe mantener esta virtud la prudencia para evitar EL ADRIANO DE YOURCENAR NO ES EL DE REINA. TAMPOCO SU ANTÍNOO, QUE SE INDEPENDIZA DE AQUELLAS MEMORIAS PARA ADQUIRIR UNA PERSONALIDAD PROPIA, ARROLLADORA la envidia y no ofuscarse con el carácter cimero que ha alcanzado con La coartada de Antínoo. Es reconfortante saber que Reina reniega del oportunismo que algunos le ha supuesto con esta pieza; basta hablar con el autor para comprender que su estética literaria está trabajada en una formación clasicista que reclama la herencia narrativa del Siglo de Oro español y que su mundo afectivo tan perceptible en esta narración huye de las obviedades. Late en estas paginas, también, un grito de libertad el del amor que sólo puede entenderse en el ejercicio de una sensibilidad que hace saltar las convenciones que aherrojan los discursos de unos y de otros. Reina diseña en su Antínoo y en su triste historia de un gran amor frente al poder, un arquetipo, es decir, un tipo que sirve de ejemplar y modelo al entendimiento y a la voluntad humanos Por eso, esta novela merece un especial reconocimiento que compromete a su autor a otras narraciones que confirmen que sin duda Manuel Francisco Reina es una nueva y restallante estrella en el firmamento literario español. Lo creo con seguridad porque La cortada de Antínoo no puede ser una casualidad sino el limo de un caudaloso cauce literario que transe a nuestro autor y le condena bendita condena en tiempos de tanta zafiedad al ejercicio de la belleza. s ABCD 17