Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
P. LAS TRAMPAS DEL COMPROMISO El monstruo de los Schweitzer JUAN MALPARTIDA A Sartre se lo seguirá interrogando, no tanto como filósofo, y menos aún por sus aportaciones a las ideas políticas, como por ser un síntoma central de su tiempo. Sartre fue un caso y un personaje, y todo es visible en Témoins de Sartre (Gallimard) donde Lanzmann, Jean Cau, Robert Gallimard, Claude Roy, Jean Daniel y otros cuentan cómo lo vieron. Cau, deslumbrado, admiró su titanismo, su capacidad de trabajo, alimentada con tabaco, Corydrane y whisky. Un escritor sin biblioteca, de café, un hombre sin gusto por nada, ni por la cocina ni por las vestimentas, bajito, tuerto y con los dientes podridos (pero gran seductor) una conciencia política con una moral provisional es decir, situacionista. Un escritor comprometido que apenas leía los periódicos y que no tenía interés en la Historia. Alguien extremadamente generoso con el dinero, al que le encantaban las mujeres, y tenía poca afinidad afectiva con los hombres. Vivía en un pequeño mundo intelectual (pero en París) y veía conspiraciones por todas partes. En fin, casi todos están de acuerdo en que Las palabras, sus memorias parciales, es uno de sus libros más perdurables. El voluminoso Sartre de Anne Cohen- Solal (Edhasa) es una biografía erudita, escrita por una mesurada admiradora. No es una biografía crítica, en el sentido noble del término: examen a fondo de una personalidad. Aquí vemos, de cualquier forma, al Sartre que conocemos: el que denunció el estalinismo, el anticolonialista, el crítico del castrismo y de la invasión de Praga en el 68, pero también y sobre todo, el que justificó los crímenes del comunismo en nombre de la revolución, el que creyó hasta 1971 en la dictadura castrista, el defensor de las guerrillas latinoamericanas y europeas; finalmente, uno de los intelectuales que más se han equivocado en política en todo el siglo XX y que tuvo la actitud vanguardista de no revisar nunca su pasado. Lamentables son los términos con que Cohen- Solal enfrenta el affaire Camus Sartre, haciéndolo recaer, especialmente, sobre bases psicológicas y biográficas y no en el orden de las ideas. Un buen antídoto aunque de tono gris es Le Spectateur engagé (Fallois) en el que, entrevistado, Raymond Aron repasó su vida y su tiempo, de la mano de Jean- Louis Missika y Dominique Wolton. El viejo amigo y estricto contemporáneo de Sartre no fue ni quiso ser la conciencia de su tiempo, pero vio lo que Sartre no vio o no quiso ver, por ejemplo el nacimiento del totalitarismo en la Alemania de los treinta, los campos de concentración rusos, la importancia de De Gaulle (con el que, por otro lado, fue crítico) el valor positivo de Estados Unidos en la guerra fría. Aron no fue un moralista, como Sartre, sino un intelectual con una mirada cercana a la Historia. s ESTOS TRES TRABAJOS NOS OFRECEN DISTINTAS VISIONES DEL PENSADOR EXISTENCIALISTA ALBERT CAMUS HABLA EN PRESENCIA DE SARTRE EN UN ENCUENTRO SOBRE ESPAÑA CELEBRADO EN PARÍS CORDON LA NÁUSEA POLIÉDRICA SEDUJO A LA OPINIÓN PÚBLICA Y LE HIZO CREER QUE ESTABA ANTE UN ICONO POSTBÉLICO DEL INTELECTUAL COMPROMETIDO CON LA VERDAD Y LA JUSTICIA. LA REALIDAD, SIN EMBARGO, ERA OTRA JOSÉ MARÍA LASSALLE Hay quien nace con vocación de genio y quien lo es realmente. Sartre cultivó lo primero con indudables méritos ya que consiguió convencer a varias generaciones de franceses de que estaban ante una gloria del intelecto galo cuando, en realidad, despejadas las brumas del tiempo, la realidad era otra mucho más modesta. Por de pronto logró proyectar una arquitectura de frontalidad re- flexiva y de sistematicidad teórica donde no la había. Es más, consiguió seducir a la opinión pública francesa y hacerla creer que estaba ante el icono postbélico del intelectual comprometido con la verdad y la justicia: una especie de Zola redivivo en el que se entremezclaba el torso agónico de Descartes con la frontalidad moral de Chamfort o La Bruyère, sin olvidar, claro, la distanciada mirada analítica de Montaigne y el laceran- te verbo de un Bloy, esta vez al servicio del Progreso y no de la reacción. Lo curioso de semejante poliedro es que logró transformarse en un mito referencial: un teórico del existencialismo filosófico y literario estando vivos Heidegger y Camus. Sus obras están ahí y no resisten el contraste. Bastaría aproximarse a ellas con rictus sereno para comprender que le faltaba la hondura teorética del primero y la belleza rasgada por ABCD 8