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L. POESÍA Fuera del jardín PARA UN COSECHADOR GUSTAVE ROUD TRAD. Y PRÓLOGO DE RAFAEL- JOSÉ DÍAZ LA GARÚA. BARCELONA, 2005 60 PÁGINAS, 9,50 EUROS RELATO DE UN FUGAZ EPISODIO AMOROSO Y SU PROGRESIVA SUBLIMACIÓN CONTEMPORÁNEOS MARINA OROZA, MARINA OROZA Fragmentos de Muerde muerte Bastaría sembrar flores los muelles del cabello, que vuelvan a ser desconocidas, los espinos de los ojos, composición de pájaros, el gesto inacabado. y voy, en cada peldaño, voy, Muerde, muerte, muerde, clavaron miradas, banderas, madre, muerte, muerde en cada peldaño voy, y voy, y quiero, quiero mis dientes, perdemos el tiempo la elegancia de la certidumbre hasta que en nuestras voces, a través de los cristales de carne y hueso, de los infinitos espejos, según tus previsiones oh madre la agonía del espectro anuncien los muertos que se esconde en la memoria. la altura terrestre madrileña, es poeta, actriz, recitadora y performer. Durante toda su trayectoria ha desarrollado un trabajo de investigación como poeta oral con sus textos. Colabora con grupos de acción poética, con artistas visuales y músicos. Encarna su obra en ciclos de teatro, festivales de poesía, universidades, centros culturales, cafés- teatro, espacios no convencionales y fundaciones. Publicó su primer libro de poemas, Pulso de Vientos, en Ketres editora, en 1997. Parte de su obra se encuentra en diversas revistas de poesía. Acaba de publicar el libro de poemas Así quiero morir un día (Huerga Fierro, 2005) Por su peculiar puesta en escena, utilizando en sus recitales las nuevas tecnologías, imágenes y voces pregrabadas, efectos especiales de sonido, superposición de discursos... ha sido calificada como ciberpoeta. Sus poemas tienen una clara intencionalidad vanguardista que se apoya en el fragmentarismo y las imágenes surrealistas, pero adquiere toda su dimensión en el escenario, como espectáculo para ser representado, sin perder su acentuado intimismo. Jesús Ferrero ha escrito que en su poesía hay una intimidad sofocante... Poesía de la oscuridad, sorprendentemente mística, que se desliza como una reflexión goteante... y que conforma un fluido de pensamientos instantáneos s JORDI DOCE que barre el tiempo de esperarnos. SELECCIÓN Y COORDINACIÓN Muerde muerte y calla DE AMALIA IGLESIAS SERNA que toma que darte Muerde, muerte, muerde en madreselvas la rabia. y el ancla se mece en puntas Y tira que toma entre tus dedos de otro acantilado. oh madre muerte, genital filigrana Muerte, muerde, muerde hasta el dolerme casi tu aliento. al filo preguntando si en vano es la belleza, Del poeta suizo Gustave Roud (18971976) comentamos hace poco en estas páginas Réquiem (Ultramarino, 2004) traducido y prologado, como Para un cosechador (1941) por Rafael- José Díaz. Este libro, compuesto por cuatro poemas en prosa, un quinto en verso (escrito en rotundos alejandrinos) y un breve texto de presentación, es el relato de un fugaz episodio amoroso y su progresiva sublimación en los ámbitos solapados de la memoria, la imaginación y la escritura. Una línea de ese breve introito resume la tensión dialéctica del libro: Tú vives esa vida verdadera que está más allá de toda voz, de toda palabra Roud retoma aquí un topos de ilustre linaje romántico en el que alienta una concepción pesimista de la creación poética: la vida en su plenitud, la vida verdadera se da en quienes viven sin la mediación de la palabra y por tanto de la conciencia, sujetos al ritmo de las estaciones, de sus tareas cotidianas y afanes sensuales. Esta exaltación del primitivismo convive con una concepción de la escritura como instrumento redentor del hombre caído exiliado de sí mismo y la creación por su lucidez infatigable: quien ha probado del Árbol del Conocimiento ha conocido la vergüenza, se ha escondido de su Creador y, por tanto, ha sido expulsado del Edén. Pero el cosechador que inspira la pasión amorosa, por el contrario, habita el Jardín, está vivo, es la vida misma. Dicho de otro modo, las palabras, precisamente por ser aquello que unen al escritor con la vida, son la prueba más evidente de su exilio; las palabras son algo vivo que se apoya sobre algo muerto, que es el poeta. Así lo percibe el propio Roud al rememorar su encuentro con el cosechador En el hueco de tus palmas heridas saboreé en otro tiempo los granos de una espiga madura. Ese don más puro que el intercambio de las sangres sellaba una alianza misericordiosa. Pero, ¿quién puede encadenar un cuerpo sin peso a los hilos de la Tierra, unir la hoja muerta al árbol vivo? Si los dos primeros poemas, Dragón y Hombro trazan la historia de ese breve encuentro con el cuerpo amado, los dos siguientes, Baño de un segador y Labrador en reposo más estáticos, tratan de apresar en imágenes icónicas el vigor y la fuerza de la figura escogida por el deseo, con una urgencia a la que no es ajeno el rumor de fondo de la muerte. El texto final, Llamada de invierno es la clave que obliga a releer el conjunto y nos da la cifra exacta de la sensibilidad del poeta: una sensibilidad elegíaca que se nutre de la renuncia y la sublimación, de la soledad y la comunión postergada mediante las palabras. Roud puede decir, con Paz, que no hay más jardines que los que llevamos dentro porque sabe que, para él, ya no hay regreso al Edén salvo a través de la palabra y la imaginación, el recuerdo transfigurado por el deseo. s ABCD 20