Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ENSAYO Libros Deslealtad y ventajismo CONTRA LA SECESIÓN VASCA José Antonio Zarzalejos Planeta. Barcelona, 2005 158 páginas, 16,50 euros A L contrario de lo que se suele pregonar, los vascos no amanecieron en la Edad de Piedra. Como identidad histórica conspicua, no se remontan más allá de la crisis final del siglo XV y en su formación tuvo un papel decisivo la nueva foralidad que consagraba tanto el principio de la limpieza de sangre como la testación libre, dispositivos que garantizaban la estabilidad demográfica de un pequeño país agreste y pobre. Durante cuatro siglos, el País Vasco bombeó hacia Castilla sus amplios excedentes poblacionales, lo que significa que, entre 1500 y 1876, la mayor parte de sus naturales murió lejos de su cuna geográfica. La tendencia se invirtió a partir de 1876, gracias a la abolición de los fueros y a la industrialización de las provincias costeras. Desde entonces, no sólo los oriundos de las mismas pudieron encontrar acomodo en el mismo suelo que los vio nacer: éste, además, se abrió a sucesivas oleadas migratorias procedentes de toda la España rural, que contribuyeron a la modernización acelerada de una vieja sociedad castiza y aislacionista. En el curso de unas pocas décadas, Vizcaya y Guipúzcoa se convirtieron en una gran conurbación poblada por muchedumbres felizmente mestizadas. El nacionalismo vasco surgió en la Bilbao novecentista con los inconfundibles rasgos de una utopía retrógrada, añorante de la murria patriarcal y aldeana, pero esta antigualla como muy exactamente denomina José Antonio Zarzalejos a la criatura ideológica de los hermanos Sabino y Luis Arana Goiri lograría restaurar en el corazón de la modernidad democrática unos vectores de exclusión análogos a los que funcionaron en las provincias forales a lo largo de un dilatado Antiguo Régimen. En plena transición democrática y bajo los primeros gobiernos nacionalistas, el País Vasco, sometido a la presión criminal del terrorismo de ETA, volvió a su olvidada condición de centrifugador de población sobrante. Cientos de miles de vascos han abandonado su tierra de origen en los últimos veinticinco años. De ellos, muchos lo hicieron, sin duda, por imperativos profesionales o familiares que podrían considerarse causas normales de movilidad, pero a otros muchos los impulsaron las amenazas terroristas o los sutiles procedimientos mediante los cuales el nacionalismo hegemónico acostumbra a desembarazarse de sus adversarios, y que van desde formas más o menos disimuladas de ostracismo social o de acoso mediático hasta la intimidación económica a determinadas empresas (periodísticas, por ejemplo) Zarzalejos, director durante varios años de El Correo Español- El Pueblo Vasco, de Un dantzari baila en Vitoria en el XXV aniversario de la Constitución Bilbao y ya antes de serlo, combativo columnista contra la vesania etarra y crítico riguroso de las prevaricaciones nacionalistas, sabe de la persecución del nacionalismo violento y del sedicente nacionalismo moderado. El ensayo que acaba de publicar no constituye tan sólo un alegato contra los proyectos secesionistas del PNV y por extensión, de los partidos y sindicatos abertzales que suscribieron el acuerdo de Estella en 1998 sino, asimismo, un ejercicio de recapitulación de la historia del nacionalismo vasco y un examen implacable de las tendencias al desistimiento y al autoengaño que caracterizan las actitudes de determinadas fuerzas, personalidades, poderes e instituciones de la España actual ante el desafío soberanista de Ibarretxe. nase por imponerse a los resabios aranistas y al maximalismo doctrinario que coexistía con aquél en la tradición política del mismo partido. Zarzalejos destaca, a este respecto, como momento más alentador en la historia reciente, la primera mitad del año 1988, cuando Arzalluz, en su discurso pronunciado el 6 de enero en el teatro Arriaga de Bilbao, y la dirección peneuvista, en su manifiesto del 2 de abril (Aberri Eguna) reivindicaron el Estatuto como punto de encuentro de los demócratas vascos, condenaron sin paliativos a ETA y cantaron la palinodia por sus pasadas posiciones excluyentes. Ahora bien, esta aparente transformación del nacionalismo no desembocó en su reconciliación con el sistema constitucional. Por el contrario, se revelaría pronto como uno más de los giros tácticos, meramente coyunturales, que el PNV emprende cuando se encuentra en situaciones apuradas. Debilitado por la escisión de 1986, que otorgó la mayoría en las elecciones autonómicas de ese año al PSE, el partido de Arzalluz buscó atraerse el apoyo de los socialistas (después de que éstos renunciaran magnánima y estúpidamente a reclamar la presidencia del Gobierno vasco) y blindar su hiper- representación política mediante la creación de la Mesa de Ajuria- Enea, a modo de frente democrático ante el terrorismo. La inconsistencia de tales compromisos y propósitos de enmienda llevaría a los no nacionalistas de la generación de Zarzalejos a cerciorarse, entrados ya los años noventa, de que la deslealtad de los nacionalistas vascos al pacto constitucional no carece de método. A partir de esa constatación, el análisis de la política nacionalista se vuelve mucho más desabrido y pesimista, pero es también innegable que gana en finura. Los vascos no nacionalistas de la generación de Zarzalejos han necesitado pasar por un aprendizaje de la decepción para comprender que el supuesto pragmatismo del PNV es solamente un paracaídas, un mecanismo de seguridad necesario en la práctica sin riesgo de radicalismos irresponsables. Ante el fracaso de cada aventura más allá de las fronteras del sistema, el nacionalismo gobernante, sordo a cualquier crítica externa, sacrifica sucesivos chivos emisarios. Ayer fueron Garaikoetxea, Ardanza o Arzalluz (implícitamente culpado por los suyos del fiasco del frente de Estella) Mañana, augura Zarzalejos, lo será Ibarretxe. Sabino Arana, en la estacada El régimen nacionalista, pese a las apariencias, descree de los personalismos. De hecho, los primeros militantes del PNV no tuvieron empacho en dejar en la estacada, abandonándolo a su suerte, al propio fundador del partido, Sabino Arana. En este sentido, el PNV constituye una metáfora de la sociedad por llamarla de alguna forma que ha conseguido modelar a imagen suya: una sociedad habituada a lo que Mayor Oreja ha llamado, con acierto, cultura del maltrato O, según la terminología de Avishai Margalit, una sociedad indecente, que humilla a sus miembros de modo habitual y sistemático. Pero quizá la lección más acertada que podamos extraer de este conciso y brillante ensayo de José Antonio Zarzalejos es que resulta tediosamente obvio y reiterativo imputar irresponsabilidad a un partido que ha hecho de la misma su principal virtud política y que se debería reparar más a menudo en otras irresponsabilidades propiciatorias del ventajismo abertzale: las de quienes todavía creen, a estas alturas, que la insurgencia secesionista puede arreglarse a base de concesiones parciales y buenas maneras. La generación de Zarzalejos Bilbaíno de 1954, José Antonio Zarzalejos es un miembro de la más joven de las tres generaciones vascas que protagonizaron la transición (formada la primera por supervivientes de la Guerra Civil: nacionalistas como Ajuriaguerra, Leizaola, Solaun o Michelena; socialistas como Rubial y aunque mucho más joven Redondo Urbieta, comunistas como Astigarrabia y Ormazábal; la segunda, por gentes nacidas hacia los años de la contienda o inmediatamente después: Arzalluz y Garaikoetxea, entre los nacionalistas; los Múgica Herzog o Recalde, en el PSOE; Marcelino Oreja, Viana o Marco Tabar, en UCD) La generación de Zarzalejos es la de Anasagasti, Jáuregui, Buesa, Onaindía o Mayor Oreja. Si los no nacionalistas de la primera y segunda generación adoptaron una actitud en general proclive a entenderse amistosamente con los nacionalistas, los de la tercera, desde una posición marcada por la desconfianza, alimentaron, sin embargo, durante los años ochenta, algunas esperanzas de que el pragmatismo atávico del PNV termi- Jon Juaristi 18 Blanco y Negro Cultural 9- 4- 2005