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Merienda de tigres ENSAYO Escoceses FÉLIX ROMEO A revista List publica una guía, en concurso abierto, con los 100 mejores libros escoceses de todos los tiempos www. list. co. uk Sorprende que no esté Peter Pan, y aún sorprende más que sí estén Al faro, de Virginia Woolf, y El corazón de las tinieblas. No dan ninguna razón para la exclusión del libro de J. M. Barrie pero sí para la inclusión del de Joseph Conrad: su primera edición, por entregas, se realizó en Escocia. No hay restricciones lingüísticas en la lista: la mayoría de los autores ha escrito, y escribe, en inglés; otra parte, muy pequeña, escribe en gaélico e, incluso, una minoría lo hace en scottish, la lengua del vate nacional Robert Burns. Muchos escritores escoceses se han dedicado a géneros menores Arthur Conan Doyle, Ian Fleming... Y lo siguen haciendo: Ian Rankin y Denise Mina triunfan con sus novelas policiacas. A la cabeza de los libros de pensamiento, La riqueza de las naciones de Adam Smith: la libertad enriquece. Hay menos estatuas en Escocia de Adam Smith que de Robert Burns, y sus libros no abundan en las librerías tanto como los de Robert Burns. Por supuesto no falta El extraño caso de Dr Jekyll Mr Hyde. R. L. Stevenson aparece a menudo en la prensa de Reino Unido. Hace unos días se hizo público un descubrimiento médico. Robert Winston, de la Universidad de Glasgow, afirmó que R. L. Stevenson escribió esa obra bajo los efectos de una droga parecida al LSD, que le sacaba fuera de sí. Y la BBC 1 acaba de emitir un documental dramatizado The Adventures Of Robert Louis Stevenson. Las críticas han sido regulares, pero todas destacan el gran parecido del protagonista, Ewen Bremner, con el verdadero R. L. Stevenson. Ewen Bremner interpretaba a Spud, uno de los colgados mas colgados de Trainspotting, la película de Danny Boyle sobre la novela de Irvine Welsh. Welsh tiene fama de gamberro pero se toma muy en serio. Publicó la segunda parte de Trainspotting, Porno (Anagrama) no tan calurosamente recibida, y espera todavía la decisión de Danny Boyle. Más divertido es Alasdair Gray clásico en vida por su novela Lanark (Blanco Saten) una suerte de Ulises escocés, de la que todo el mundo habla, consiguiendo transmitir la idea de que es mejor que ni se te ocurra leerla. Es entretenida su novela Pobres criaturas (Anagrama) en la que cuenta la vida de un médico chiflado que consigue, como el Dr. Frankenstein, pero con más acierto, dar vida a una dulce mujer. De Alasdair Gray también artista, se dice que tenía una deuda tan grande con un pub, lounge y restaurante de Glasgow, Ubiquitous Chip www. ubiquitouschip. co. uk que tuvo que saldarla pintando murales en sus paredes. Y quienes quedarán arriba en este palmarés escocés son dos jóvenes escritoras. Aparecen en el último especial de Granta: A. L. Kennedy (El éxtasis, Lumen) y Ali Smith, ganadora y finalista de muchos premios con su novela Hotel World (Alfaguara) salvo en España, donde ha pasado como un fantasma, y que vive en el ojo del huracán por su teoría de la literatura de mujer que defiende en el numero 13 de la revista New Writing http: newwriting. britishcouncil. org preparado con Toby Litt. v El libro entre los muertos BIBLIOCLASMO. UNA HISTORIA PERVERSA DE LA LITERATURA Fernando R. de la Flor Premio Fray Luis de León de Ensayo 1997 Renacimiento. Sevilla, 2004 308 páginas, 19,23 euros L L AS letras impresas en papel, o en cualquier otro soporte material, se nos antojan a veces más que ojos que escrutan al lector, agujeros negros que lo atraen, atrapan y engullen en un fondo abismal del que no siempre ha salido bien librado. Sea como sea, en la historia del hombre, en la occidental, para ser más precisos, el cosmos tipográfico no nos ha quitado la vista de encima. De dicha mirada omnímoda podría decirse lo que S ren Kierkegaard de la culpa, que tiene sobre los ojos del espíritu el poder que ejerce la mirada de la serpiente: una fascinación que hechiza al tiempo que ofusca. Ocurre, en efecto, que si rastreamos la experiencia del lecto- escritor a través de su contacto con los legajos y expedientes de todo tipo (gráfico) a lo largo de los siglos, constatamos un escenario con tantas luces como sombras. Por una parte, en el archivo enciclopédico se ha querido percibir la realización de la utopía del saber y la emancipación de los hombres, la plena consumación del proceso progreso civilizatorio librario. Detrás de este sueño palpita el espíritu del Iluminismo y la bibliolatría. Pero, por otra parte, no han faltado señales reactivas de rebeldía crítica, de desobediencia y aun de cierta resistencia iconoclasta ante tanta espesura y hojarasca que, después de todo, no dejan ver el bosque originario que alberga la verdad profunda de las cosas. He aquí, en esencia, el discurso heterodoxo del biblioclasmo. El hipertexto De la masa vegetal que produce el papel se ha llegado a la masa literaria, a la logomasa. O por decirlo con otras palabras: el libro, nacido con vocación de instruir y liberar, y como tal celebrado hasta la glorificación y el ditirambo, así como la biblioteca, concebida como espacio de recogimiento material y espiritual del hombre, acaso hayan llegado a ofrecer lo contrario de lo presumido, hasta el punto de erigirse en poderosos obstáculos y frenos para la realización personal de los individuos. Walter Benjamin ya advirtió en su día de la lógica de la reproducibilidad técnica infinita (aunque sin finalidad) que termina dominando todo y sometiéndolo a su dictado. Hoy hemos llegado al imperio de la xerocopia donde desaparece la magia de la inicial edición y estampación; diríase que tanta impresión ya no impresiona, sino que aturde, confunde y aburre. En nuestros días, arrolla el renovado pergamino del hipertexto ese inacabable e invisible (inabarcable) receptáculo letrístico en el que no rige la extensión natural del espacio sino el plano intensional, casi sobrenatural, del tiempo ocupado en la búsqueda y localización de datos. En el ciberespacio, pero también en las modernísimas bibliotecas y libródromos (Mario Vargas Llosa) ni siquiera se hojean libros, simplemente se ojea y se echa un vistazo en derredor. No se lee, se consulta. Son justamente estos aspectos de la desintegración del ámbito personal humanizador de los libros y la desaparición de la experiencia sensual y somática de la lectura y la escritura los que centran la atención del ensayo que Fernando R. de la Flor dedica al fenómeno del biblioclasmo, término que pretende compendiar el cansancio y la decepción de la desmesura libresca, de la cultura grafológica y la bibliografía elevada a la máxima potencia. Las bibliotecas se van convirtiendo cada día más en bibliotafios, inmensos e impersonales edificios que simulan sepulcros de memoria tipográfica, pétreas y laberínticas pirámides que acogen el legado de los muertos. A costa de abstractalizarse estas descomunales sepulturas corren el riesgo de sumarse, junto a aeropuertos, cárceles y centros comerciales en no lugares (Marc Augé) paradójicamente, espacios de anonimato. Junto con las bibliotecas virtuales, amenazan con perder pie y disolverse en un espacio aéreo, en una suerte de grafósfera evanescente y par- padeante. En estos ámbitos públicos, pero también en los privados de las atestadas guaridas de recolectores y lectores compulsivos, quienes ebrios de saber leen para olvidar, no tiene sitio el lector metabolizante, el lector que vive la lectura como ejercicio somático y único. Sugerente ensayo ¿Es posible deslegitimar la hybris del ámbito tipográfico, denunciar la expansión ilimitada de lo escrito, sin pasar por un inquisidor, un bibliocida, un fahrenheit, un incinerador o un mero provocador intelectual posmoderno a la moda? La lectura de este sugerente e irónico ensayo permite reparar en que el principal agente que aviva la flama destructora del libro no es otro que el propio entramado establecido por la cultura: ella es la que tapia las librerías y las convierte en inmensas cavidades de la repetición y lo superfluo, en imponentes bibliotecas públicas (nacionales) de puertas y ventanas abiertas, por las que penetra el oxígeno que acelera la combustión. Se impone, entonces, la desmitificación de que todo está en los libros, superstición tan hueca como la que sostiene que todo está en Internet La presente conmemoración de las andanzas del Quijote permite recordar la historia con especial relieve: el ama y la sobrina del hidalgo caballero descomponen la ratonera de su señor a fin de despejar el seso y hacer que despierte su alma sojuzgada y enloquecida por la lectura apremiante y obsesiva. Sólo de esta forma es capaz de descubrirse a sí mismo y salir al mundo exterior para tenérselas directa y personalmente con lo real, y conocer de primera mano la aventura de la vida. Fernando Rodríguez Genovés 18 Blanco y Negro Cultural 2- 4- 2005 J. Pagola