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NARRATIVA Un acre de hierba Europa desde los Cárpatos MI EUROPA Yuri Andrujovich y Andrzej Stasiuk Varios traductores Acantilado. Barcelona, 2005 173 páginas, 15 euros El violín de Walter Starkie EDUARDO JORDÁ RA pequeño, gordinflón, bullicioso e incansable. Tenía unos ojos claros de gavilán y la cara ancha y rojiza de una majestuosa vaca Hereford. Se llamaba Walter Starkie y fue, en una sola vida, irlandés, español y gitano, sobre todo gitano. En su juventud aprendió nadie sabe cómo a tocar el violín, y durante sus largos viajes a pie se ganaba la vida tocando canciones en los caminos y en los pueblos. Uno de sus amigos lo definió como un Sancho Panza irlandés que había cambiado la lanza de su señor por un violín pero también lo podría haber descrito como un Falstaff gitano. Igual que a Falstaff, le gustaban el vino y las mujeres; a diferencia de Falstaff y también de Sancho Panza disfrutaba caminando. Y es que este hombre sabía que los viajes de verdad son peregrinaciones, así que debía hacerlos a pie, ignorando dónde iba a pasar la noche y con quién iba a compartir la habitación de la posada (o del burdel, o del establo) Cuando lo desmovilizaron en 1918, después de haber combatido en el frente italiano con las tropas británicas, cruzó toda Italia hasta llegar a pie a Sicilia. En 1920 dejó su trabajo de profesor en el Trinity College de Dublín, cogió su violín y se fue a recorrer a pie Hungría y Rumanía, donde aprendió a vivir como los gitanos y empezó a hablar con ellos en romaní (un idioma que llegó a hablar mejor que muchos gitanos, cosa que le valió ser nombrado presidente de la Sociedad Mundial de Gitanos) Más tarde, de regreso a casa, trabajó con Yeats y Lady Gregory en el Abbey Theatre de Dublín, luego se casó con una italo- argentina llamada Augusta Porchietti, y en 1935 recorrió a pie Andalucía y La Mancha con su violín, siguiendo el rastro de sus amigos gitanos, que lo llamaban Gualterio, Eustaquio, Antonio Ojo de Cabra y cosas quizá peores (de ese viaje salió su extraordinario Don Gitano) Después de la Guerra Civil fue nombrado director del Instituto Británico en Madrid y escribió en castellano algunos de sus libros, como La España de Cisneros. En sus últimos años quería retirarse a vivir en Sitges, y una vez cuenta Jesús Pardo en sus memorias se le perdió la biblioteca durante un traslado. Mi biblioteca gemía Starkie lo que más quiero en este mundo, más que a mi mujer, que es lo que más quiero en este mundo Starkie murió en Madrid, en 1976, a los 82 años, no sabemos si recuperado de la pérdida de su biblioteca. Walter Starkie es uno de los mejores escritores de viajes que he leído nunca. Por alguna razón incomprensible, sus libros están descatalogados. Alguien debería remeditar El camino de Santiago (1958) Don Gitano (reeditado en 1985 por la Universidad de Granada con un gran prólogo de Antonio Muñoz Molina, aunque ahora ya sea inencontrable) o su maravilloso Raggle- Taggle (su relato del viaje a Hungría y Transilvania) que no ha sido traducido todavía, que yo sepa. Al lado de Starkie, la mayoría de escritores de viajes actuales yo el primero no somos más que una pandilla de atolondrados principiantes. v Demasiado estrecho ¿Cuento moral y filosófico? ¿Antología de momentos históricos? ¿Autobiografía espacial posdanubiana y posSebald? ¿Ensayo metafísico sobre qué es Europa y hasta dónde qué punto geográfico se comparte plenamente la europeidad y, por tanto, es legítimo llamarse europeos? Desde luego, se trata de una obra sumamente atractiva, fascinante, a la que, como sucede con muchos libros de nuestros días, el etiquetado puro y simple de ensayo le queda demasiado estrecho. Con más poesía o prosa, en ocasiones; con más humor y autobiografía (Andrujovich) o reflexión y escepticismo (Stasiuk) con testimonios acerca de la incongruencia histórica y del sufrimiento civil de los pueblos, a merced de las grandes potencias; en cualquiera de los casos, su lectura nunca deja indiferente. Sus autores, un espléndido Yuri Andrujovich (Ivano- Frankivsk, Ucrania, 1960) famoso en varios países por su novela Moskoviada, aún sin traducir, y el ya introducido en nuestra lengua Andrzej Stasiuk (Varsovia, 1960) autor de El mundo detrás de Dukla y Nueve (Acantilado) son dos de los más dinámicos y fulgurantes nuevos valores de esa literatura centroeuropea durante años vedada, e ignorada por tanto, para los lectores occidentales. Nacidos ambos en tierras largamente disputadas, hoy convertidas por fin en países independientes. Uno, en Polonia, integrante de la Unión Europea, y otro, en Ucrania, a las puertas y en fase de expectativa. Ambos, históricamente, han tenido las mismas amenazas y enemigos. Enemigos de piñón fijo, al acecho y hachazo en ocasiones de un mismo y unísono golpe, como sería el caso de Hitler y Stalin. diezmadas por las tiranías, de fronteras mentales, más que nada, que han hecho mirarse muchas veces a un indefinible Occidente y a un no mucho más sintetizable Oriente con desconfianza. El polaco Stasiuk dirá: He aquí lo que significa ser un centroeuropeo: vivir entre el Este, que nunca ha existido, y Occidente, que ha existido demasiado. He aquí lo que significa estar en medio Esclavos de una idea que los supera, el peso cultural compartido es demasiado grande, en ocasiones, para hacerse un hueco en los clichés del imaginario común europeo. Un peso cultural, un laboratorio experimental demasiado mastodóntico a veces para ser esquivado por jóvenes y ahítos herederos que ya poco tienen que ver con él salvo a través de legendarios relatos de sus abuelos. También el heroísmo es otro peso que hay que sobrellevar como se pueda sobre los escuálidos, desencantados mi EuroCity de mañana viajará de ninguna parte a ninguna parte y zarandeados hombros. Excusad la palabra Por otro lado, ambos escritores, de los más indispensables ya de todo nuestro panorama europeo actual, provienen o están instalados por propia decisión en tierras de fuerte carga simbólica, dramática y cultural, como es el caso de Galitzia excusad la palabra: Polonia Menor oriental dirá Stasiuk) Ambos, hijos de las fronteras, como ellos mismos dicen, seguirán huyendo durante mucho tiempo de fronteras invisibles, de fronteras impuestas, de fronteras Mercedes Monmany J. Boto UROPA Occidental y la llamada genéricamente Europa Central no siempre estuvieron alejadas como satélites que no se visitan entre sí y por tanto, no sienten necesidad alguna de devolver cortesías inexistentes. Según nos recuerda el escritor ucraniano (o ucranio) Yuri Andrujovich en su libro Mi Europa, escrito en colaboración con el polaco Andrzej Stasiuk, hubo un tiempo en que un tren llevaba ¡de Lvov (capital de la antigua Galitzia, hoy fantasmagórico y bello vestigio del pasado) a Venecia! Un trayecto pasaba por Viena y otro, como es de imaginar, por respeto a la bicefalia, por Budapest... Mi Europa es un libro delicioso, lleno de toques de humor y de melancolía y pesar histórico compartido tantas veces en ambas partes de Europa, con desigual suerte y resultados. Un libro aconsejable para ser leído por todo aquel que siempre dio por sentado que Europa llegaba más allá de Bélgica y de los Países Bajos, e incluso más allá del más remoto punto oriental de la fenecida RDA. E E 11 Blanco y Negro Cultural 24- 3- 2005