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Silencio interrumpido Incierto destino de Europa JUAN PEDRO QUIÑONERO OY como ayer, el ejemplo y la obra inmensa de Raymond Aron son una encrucijada quizá única en la historia del pensamiento de su tiempo tan semejante al nuestro porque su ambición primera, pensar la historia y la política, en un siglo envenenado por las ideologías, continúa siendo la encrucijada donde está hipotecado el destino de los pueblos europeos. Historiador, sociólogo, filósofo de la historia, analista de la sociedad internacional, pensador de la sociedad industrial y de la guerra, Aron comenzó siendo en su primera juventud un tímido socialista y un apasionado pacifista, muy marcado por su pavoroso descubrimiento de la historia, en el Berlín de entreguerras, donde ya estaban presentes los grandes temas a los que consagrará una vida de estudio: el sonambulismo de un pueblo precipitándose en el infierno de la historia; la descomposición del Estado, víctima de fuerzas endemoniadas; el vampirismo ideológico apoderándose del corazón de las sociedades; el estallido saturnal de la guerra, sembrada en los disturbios callejeros, amenazando con destruir los cimientos de una civilización. El amigo de las libertades IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA H F El filósofo con una de sus hijas (Francia, 1954) ción imperial de la república norteamericana, la pasividad letal de Europa, serían otros tantos terrenos de fecundísimo trabajo, con infinitas ramificaciones, del puesto de Maquiavelo o Clausewitz en la historia del pensamiento al puesto propio en la escena intelectual europea. Aron respetaba el rigor intelectual del joven Kissinguer, historiador eminente de la diplomacia de Metternich y teórico nada convencional del uso limitado de las armas nucleares tácticas. Por el contrario, el mismo Aron sentía un vago horror hacia el intelectual kissingueriano descarriado en la acción política inmediata, obligado a tomar trágicas decisiones militares, como el bombardeo de Vietnam. Esa misma relación ambigua era la que sostuvo con Sartre, su antiguo compañero de colegio: respeto hacia el intelectual consagrado a buscar razones con las que alimentar la ilusión de la esperanza; pero muy escéptico hacia el profeta descarriado en el laberinto de las profecías comunistas. Gran lector de Shakespeare, Aron temía que no sabiendo jamás qué historia están escribiendo, los hombres ignoran las consecuencias de sus actos Y, a la luz de la proliferación del terrorismo, las armas de destrucción masiva y el carácter planetario de la marcha de la historia, insistía en el primero de sus libros póstumos, Les dernières années du siècle (1984) en que, en verdad, lo que está en juego en nuestra época es la supervivencia misma de las instituciones libres Variantes de análisis La marcha trágica de la historia le ofrecería incontables variantes de análisis: El hundimiento fáustico de Francia (1940) le permitiría volver una y otra vez a la condición sonámbula de la historia. La fundación, expansión y vocación planetaria del Imperio soviético, lo obligaría a estudiar, sin cesar comenzando, las relaciones entre las sociedades industriales, la naturaleza de la guerra y las condiciones de expansión y resistencia contra las tiranías militares. La proliferación de milenarismos ideológicos, teologías de la liberación, profecías religiosas (secularizadas) fue para él una espuela permanente, intentando comprender y denunciar los mecanismos de perversión del pensamiento que funcionaron y funcionan como opio de los intelectuales. Las guerras que pusieron fin a la antigua colonización europea, la carrera armamentista entre Washington y Moscú, la colonización industrial del planeta, la vocación imperial de la diplomacia leninista, la ambi- Línea de ruptura Ante tal encrucijada, Europa, hoy como ayer, continúa estando en la primera línea de ruptura. En tiempos de la antigua URSS, Aron comentaba, con infinita melancolía, que a mi modo de ver, Europa sueña con salir de la historia, cuando otros pueblos piafan por entrar por la puerta grande del derramamiento de sangre Aron no pudo contemplar el ocaso del parque de artillería nuclear soviético; pero contempló el amanecer sombrío de una Europa amenazada por la propaganda, el terrorismo y las guerras civiles ideológicas entre los pueblos de la antigua comunidad Atlántica, lo que en otro tiempo se llamó Occidente y nosotros no sabemos si todavía existe o está en crisis. v UERON pocos. Casi podemos recordar sus nombres de carrerilla, como los chicos los de los jugadores de su equipo favorito. Son los pocos intelectuales que no sucumbieron a la mentira totalitaria. Entre los titulares de esta excelente selección internacional se encuentra Raymond Aron, amigo de las libertades, teórico de la sociedad industrial y enemigo de la tiranía. Incluida por supuesto la que casi todos excluían: la tiranía comunista. Mayo del 68 fue para él sólo un inútil grito de irracionalidad. La calificó como la revolución inencontrable y afirmó que no conocía otro período de la historia de Francia que le hubiera producido un sentimiento semejante de que algo irracional estaba sucediendo. En abril de 1963, Aron fue invitado a dictar tres conferencias en la Universidad de California. La versión ampliada y corregida se recoge en su Ensayo sobre las libertades. La primera versó sobre dos de los más grandes pensadores políticos del siglo XIX, Tocqueville y Marx. Uno, si se me permite, quizá el más grande; el otro, el más influyente. Acaso en esto último resida parte de la explicación de las desgracias de nuestro tiempo. Los amigos de las libertades siempre suelen jugar en el equipo del francés y no en el del alemán. La tercera conferencia se ocupó de la supervivencia de la libertad política en el seno de las sociedades desarrolladas. Y la segunda, sobre la clásica distinción entre libertades formales y reales. Aquí se encuentra un buen test para determinar el afecto personal hacia las libertades. El amigo de la libertad puede distinguir entre ellas, mas no ve en su coexistencia hostilidad. El tópico es conocido. No importan las libertades formales o burguesas, ni siguiera las libertades políticas ni la ausencia de coerción. Lo que importa es la libertad real de que puedan gozar las personas, y en situaciones de miseria o explotación, no existen. Cercenar las libertades formales para alcanzar las reales es vieja terapia totalitaria. Hoy sabemos, siguiendo la senda de Aron, entre otros, que las libertades formales son la mejor vía hacia el logro de las reales. Son precisamente las democracias liberales las que más han avanzado hacia el bienestar social. Por lo demás, las libertades formales no dejan de ser tan reales como las reales Las libertades no se pelean entre sí. Pueden forman un sistema armonioso. Sus enemigos, aunque la invoquen en ocasiones, son fácilmente reconocibles. Aron concluye que ni la profecía catastrófica de Marx ni el despotismo tutelar de Tocqueville se han realizado. A pesar de todos los cambios operados en el sistema clásico de libertades, éstas han subsistido. La libertad política ha sobrevivido al integrar en una constitución liberal los derechos sociales inherentes a las reivindicaciones socialistas. Sin embargo, no está asegurado que subsistan para siempre ni que no haya límites a esta asunción de propuestas socialistas en constituciones liberales. Y si la situación llegara a ser insostenible, la solución sólo puede ser una: optar por la libertad. v Cordon Press 17 Blanco y Negro Cultural 12- 3- 2005