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gráficos. De forma equivocada, como C. Lombroso defendía, se convierte el diagnóstico clínico en etiqueta social e, incluso, en insulto. Desde las relaciones edípicas con la madre a las ambivalentes relaciones de la familia inserta en un medio racista, son señaladas. También sus heridas de guerra, sus dificultades con las mujeres, o bien su dudoso biotipo. Se le quiere acusar de histérico, y de psicópata, aquejado de esquizofrenia, o bien paranoia. Quizá se trataría de un síndrome parkinsoniano por una encefalitis, con varias posibles infecciones, desde las infantiles hasta la sifilítica. De ahí enfermedades oculares y otros trastornos de carácter, que sin duda han estudiado los actores, pues su mirada y sus enfados eran feroces. Desde luego, la observación de las formas patológicas es una excelente escuela para sus intérpretes. Desde el vampiro de Düsseldorf hasta el diablo fáustico, las patologías, que se unifican con maldades, han recorrido la expresiva cinematografía alemana. Con una excelente interpretación, la novela de Klaus Mann Mephisto fue llevada a la pantalla. En ella vemos al actor vestido del demonio que tentara a Fausto, en su camino hacia la gloria, aupado por los nazis, que contemplan la obra con placer. Este fecundo y eterno mito de la literatura alemana recorre la Europa ensangrentada de guerras, entre las de religión y la segunda mundial. El gran dictador, de Charles Chaplin Jinetes del dolor Mefistófeles parece erguirse sobre el continente, que domina sembrando muerte, en forma de jinetes del dolor. Un mismo propósito se encierra en Doktor Faustus, la gran obra de su también genial padre. Sífilis, música y locura se trazan allí en paralelo al auge nazi, como reflexión sobre el poder y la guerra, como dolorosa y bella simbología del mal europeo. Sin duda, la enfermedad interviene en la conducta humana tanto individual como social. Las locuras de Fernando VI y Jorge III condicionaron quizá el futuro de los dos grandes imperios, el español y el inglés. De la estructura mental se han hecho derivar grandes acontecimientos, incluso beneficiosos para la humanidad. Los análisis que Sigmund Freud realizó de grandes personajes, artistas y poderosos, así lo señalan. La fijación de la figura paterna determinaría las actividades y enfermedades del presidente Wilson. La energía de su libido se habría encauzado a su acción política, hacia la paz y la Sociedad de Naciones. Hoy en día, la genética habría dado nuevos argumentos a quienes encuentran en la patología la motivación primera de las conductas humanas, en especial las desviadas. La enfermedad es un símbolo de cada época, símbolo porque es su consecuencia, no una desgracia ajena a los seres humanos, que de pronto destruye una andadura normal Las pestes que desbarataron la vida europea y americana en el período moderno no son castigos divinos injustos, pues la enfermedad es hoy entendida como aventura vital de la sociedad, como componente de la cultura humana. Algunos hombres se consideran símbolos de esta pasión, encarnando como Cristo el sufrimiento del hombre, como Fausto el diabólico pecado de orgullo. Así la enfermedad es para el individuo un camino de su fisiología, para la sociedad un símbolo pues en ella se enraízan sus causas. Y también las enfermedades de los grandes hombres. v José Luis Peset es profesor de investigación del CSIC, autor de Genio y desorden (Ed. Cuatro) y director de Historia de la Ciencia y de la técnica en la corona de Castilla, Siglo XVIII (Junta de Castilla y León) Treinta y cinco milímetros de Hitler JOSÉ MARÍA LATORRE E L rostro cinematográfico de Adolf Hitler, incluido el bigote, pertenece al dominio del documental. No sólo el rostro, sino también las ropas militares, los gestos, los saludos con el brazo alzado y los gritos y sonidos guturales que emitía a la hora de arengar a sus tropas y a sus ciudadanos: de formar el espíritu nacional. Sin necesidad del apoyo de la ficción (aunque ésta haya recurrido a él) se ha convertido en una de las presencias ineludibles para conocer la historia del siglo más triste, y en uno de los iconos del siglo XX; sin duda el más despreciable. Quizá sería cuestión de preguntarse por qué el llamado Führer ha dado origen a varios tratamientos cinematográficos grotescos y en cambio, escasean las aproximaciones críticas a su persona. ¿Será porque los cineastas se han dado cuenta de que, como antes decía, su figura pertenece a los documentos filmados que se conservan de su época? ¿O se deberá a que Hitler fue un ser tan terrible que puede parecer frívolo extraerlo del territorio del documental, considerado como herramienta de reflexión histórica, para insertarlo en el de la ficción? Hay, es cierto, algunos filmes importantes sobre Hitler: el cineasta alemán Hans Jurgen Syberberg, tan reputado en los años setenta como injustamente olvidado hoy, entregó en 1977 uno, Hitler ein film aund Deutschland, que fue la culminación de los análisis históricos sobre su país, los cuales incluían miradas sobre Luis II de Baviera, Karl May, Wagner y por su, puesto, la ópera Parsifal. También Fritz Lang, quien había mantenido una relación conflictiva con el poder nazi, lo puso en El hombre atrapado en el punto de mira del fusil de un francotirador que trataba de emular al Pierre Bezukov de Tols- tói en su intento de acabar con la vida de Napoleón Bonaparte, sin lograrlo. Abundan los filmes sobre el nazismo y los jerarcas nazis, pero Hitler permanece a menudo en el fondo de las historias que narran: como un figurante sin frase y con gritos, cuando era el responsable de un vergonzoso genocidio. Filmes grotescos Pero es indudable que el inconsciente colectivo asocia más a Hitler con las parodias, con los filmes grotescos, como corresponde a su forma de hablar, de moverse: si no hubiera sido tan sanguinario, casi podría decirse hoy que él mismo era su propia caricatura. Charles Chaplin, un gran demócrata que nunca tuvo reparo alguno en enfrentarse a quien fuera en el nombre de sus convicciones, ideó una réplica de Hitler en la figura de un modesto barbero judío, y gracias a ello regaló al cine, con la ayuda de un globo terráqueo, uno crítica feroz a la ambición y egolatría del Führer. Jerry Lewis no fue tan lejos como él en ¿Dónde está el frente? pero tanto su doble papel como la propia película merecen ser recordados. Y queda otro título famoso: Ser o no ser, de Ernst Lubitsch, donde el cineasta no sólo llevó la alta comedia al terreno de la política, sino que incluyó en él un capítulo dedicado a la suplantación (de Hitler) que demostraba cómo muchas personas pueden obedecer las consignas de un líder sin hacerse demasiadas preguntas. El horror también puede hacer sonreír. v José María Latorre es escritor y director de Dirigido por. 43 Blanco y Negro Cultural 19- 2- 2005