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DIBUJO Y GRABADO Arte PINTURA FOTOGRAFÍA Ectoplasmas Roberto Mollá. Espaverso Galería Muelle 27. Madrid. C Santa María, 27. Hasta el 5 de febrero C Fragmento de Camino de las estrellas (2004) Dibujo Un buen papel Manuel Ayllón. Camino de las estrellas Tercer Espacio. Madrid. C San Pedro, 1. Hasta el 18 de marzo L O primero que conocí de Manuel Ayllón fueron sus libros de artista. En el reducido y fervoroso territorio de quienes valorábamos tan limítrofe elección como vehículo para determinadas ideas imaginativas, Ayllón era un nombre respetado y sus obras eran atendidas con sensible interés. La última de las ocasiones en que contemplé libros de artista suyos fue en una gran muestra que organizó la galería May Moré, muestra que ese mismo año disfrutó de una especie de anexo en ARCO. En la exposición que ahora presenta Tercer Espacio, he vuelto a admirar esa parcela creadora de Ayllón, formando parte de Camino de las estrellas, entre obras de dibujo, grabado, pintura y escultura. Manuel Ayllón (Madrid, 1945) es un artista versátil que elige los procedimientos, las técnicas y los géneros más adecuados para materializar sus ideas, sentimientos y sensaciones. Su altura técnica y la finura de su estilo le permiten llevar a cabo espléndidas exploraciones y desplazamientos entre unas y otras opciones expresivas, con resultados muy valiosos. No es pues un mero agitador de coctelera, como tantos hoy día, sino un serio creador de despliegues, un autor que traza sus propios senderos y los conecta según lo que el diálogo con la colección que tenga entre manos le vaya diciendo. Estamos pues ante un artista de los que hacen falta, tanto en capacidades, como en obras y actitudes, bien alejadas éstas del divismo y el autobombo. Camino de las estrellas trata un tema tan bello con hermosura formal equivalente, y lo hace con esplendor técnico. Predomina en esta ocasión el grabado, con variadas maneras de ataque y estampación, siempre de una finura innegable. Son magníficos los puentes que traza en determinados momentos, para incluir la pintura directa y firmar obras enriquecidas y nunca traicionadas por un predominio efectista o por el rancio zumo exprimido del limón de la idea. Dibujos, collages, grabados, libro de artista y escultura atención a la escultura, se alegrarán van acompañando al contemplador de esta muestra por un sendero sobre el cual, surgiendo del soporte del papel, los trazos, rumbos, espirales, agrupaciones, distancias, reuniones, resplandores controlados, ensombrecimientos, medidas y parpadeos van haciendo nido en la propia sensibilidad, alegrando la vista y acrecentando la admiración y el respeto por su autor. Siempre con un uso del color que nada tiene que ver con despliegues excesivos ni con ausencias acongojantes, y atento a la armonía en el instante en el cual ésta hace su aparición para decirle al artista que se detenga, que no insista y no la desequilibre, Ayllón nos ofrece, mediante una selección de los cinco últimos años, la posibilidad de renovar nuestro interés, o de descubrirle a quien aún no se haya expuesto a ella, la fascinación que pueden alcanzar sus obras. ARACTERÍZASE el ectoplasma por su inexistencia probada más allá de toda duda razonable, lo cual no impide que cada cual pueda reconocer uno cuando lo ve (por ejemplo, en estas pinturas de Roberto Mollá, en las que tales emanaciones supuestas son singularmente elegantes) pero lo curioso es que, si echamos mano de la igualmente improbable figura del artista- médium, toda obra de arte tendría en cierto modo su origen en una ectoplasmia: Se dice que se forman apariencias de fragmentos orgánicos, seres vivos o cosas rumorea la Academia. Ahora bien, si las formas blandas dalinianas o los sinuosos tótems de Picabia y Granell son ectoplasmas en todos los sentidos, las metaballs (este vocablo, que hallo en uno de los catálogos de Mollá, designa ciertas figuras tridimensionales generadas por ordenador que tienen la propiedad de estirarse y contraerse de un modo muy parecido a como lo hacen los músculos y los ectoplasmas) no serían más que una suerte de protoplasma virtual maleable y difícilmente clasificable (aún) o sea, una metáfora de la red global (suma perfectamente aleatoria de consciencias e inconsciencia) que es, precisamente, la materia de la que se nutre este artista: El mundo que viene ahora a nuestros estudios a hacerse pintar es más electrónico que físico dice parafraseando a Courbet (conviene señalar, sin embargo, que Mollá siente cierta nostalgia de la pelirroja Jo que posó para El origen del mundo sin mostrar su rostro) Luz trémula de la pantalla, pues, allí donde antaño se recostaba la modelo; Japón en la piel: cultura milenaria y efímera subcultura contaminando una única seudoexistencia neurótica; seudomúsica, seudomundo, gestualidad definitivamente codificada; diseño del diseño, máquina (arma) casa- almacén, digestión perfecta de lo indigesto cibernético, deconstrucción de la chatarra, la muñeca, el robot y la carta de ajuste, sobre el fondo reconfortante del programa de modelado virtual: Una estética, mitad manga, mitad onírica y surreal, que se desparrama sobre papel milimetrado. ¡Qué contradicción! ¡pautar los sueños, medir la imaginación! exclamaba de la Torre Amerighi; porque esta obra desconcertante hipnotiza y mueve al entusiasmo, viene a certificar que la pintura aún puede producir formas misteriosas y sorprendentes (sin necesidad de renunciar a la tela, el óleo y el lápiz) universos mudos, imágenes en estado puro: ectoplasmas. Impecable e imprescindible primera individual en Madrid de Roberto Mollá (Valencia, 1966) un fascinante pintor que expone en Japón desde 1994 y sólo de forma esporádica recala en galerías españolas. Sin título (2004) Fotografía Horas sin nadie Lola Gutiérrez. Paisaje cercano. Cádiz Fundación Colegio del Rey (Casa de la Entrevista) Alcalá de Henares (Madrid) C San Juan, 1. Organiza: Ayto. de Alcalá de Henares, Diputación de Cádiz, Universidad de Cádiz y galería Arteara. Hasta el 27 de febrero Javier Rubio Nomblot NTES de que se contemporaneizara y entonteciera, la fotografía podía ser algo muy hermoso y una verdadera educación o afinado de la mirada, un arte de mirar, capaz de mostrarnos a veces lo que nos hubiera pasado desapercibido. Y la fotografía tenía un algo temporal que era su carta de naturaleza, como para contrarrestar la moderna fugacidad de la vida que Baudelaire había detectado en los ojos del flâneur, un señor despistado que, más que mirar, echaba vistazos efímeros sobre las nuevas ciudades nerviosas. Pero el fotógrafo era alguien que, en un allí, había salvado un entonces. Y eso fue el sentido y la emoción de la fotografía. Sin embargo, esto siempre pero siempre desde los tiempos de Talbot ha roto los sesos de las mentes más filosóficas o conceptuosas y el éxito ha sido mayor en mundos más bien prácticos y rectos o directos. Fotografía recta se llamó a la precisión documental de Edward Weston, por ejemplo, y también era eso lo que hizo Atget registrando callejuelas de París. Pero a los surrealistas les gustó Atget por otra cosa, porque todo aquello tenía mucha fantasmagoría que lo abstractizaba. Y entonces, de lo que había nacido menestral y humildemente, quisieron hacer algo abstracto, puramente plástico, artístico de por sí, que era todo lo contrario de lo que había dado a la fotografía el sentido aquel que decíamos. Y en esas, sin sentido alguno, muy artistizados y destemporalizados, estamos más o menos hoy en este hoy en el que, aún así, de vez en cuando salta una chispa de esperanza, que es lo que he creído sentir cuando he visto las fotos de Lola Gutiérrez. Algunos poetas del sur han escrito cosas bonitas sobre estas fotos. José Mateos, por ejemplo, se ha fijado con maravillosa fineza en el misterio que tiene la realidad cuando parece querer desrealizarse, destemporalizarse, que es lo que pasa cuando alguien, que en la imagen es nadie, ha estado en aquel allí y en aquel entonces para traernos ahora el instante de una plaza de Grazalema o de un portón de Jerez o el muro blanco y el árbol solo de la viña, el pinsapar, el cementerio... Son sitios y horas sin nadie, en el silencio de sin nadie, como seres que no es que hayan sido lo que se dice sacados del tiempo, sino que en ese tiempo suyo no parece que vayamos nosotros a poder entrar; y es lo que tiene lo fotografiado de melancólico, por inalcanzable, de próximo y remoto a la vez, de real y de fantasma, de real en sí mismo y de real en no mismo, siempre que se mantenga, claro está, como lo mantiene Lola Gutiérrez, ese equilibrio tan difícil entre las dos cosas. A Carmen Pallarés Kai- Koh (2004) Óleo sobre lienzo Enrique Andrés Ruiz 34 Blanco y Negro Cultural 19- 2- 2005