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PINTURA Arte Me gusta, pero no lo entiendo Imanol Marrodán. El mundo es mi representación Galería Blanca Soto. Madrid. C Alameda, 18. Hasta el 26 de febrero N O es ciertamente el objeto de la crítica de arte el afirmar el gusto subjetivo del crítico, elogiando o condenando aquellas obras con las que se encuentra a su paso, únicamente en función de su puro sentimiento estético. Pues, como con razón señalaba Kant en la Crítica del juicio, a nadie le importa lo que sólo a él le gusta o le disgusta. Lo que interesa de la opinión del crítico, sin embargo, es más bien la justificación o la legitimación de ese juicio de gusto, que nunca se reduce únicamente a una mera valoración estética sensible. En la apreciación de las obras de arte contemporáneo, donde la idea de belleza hace tiempo que experimentó un cierto ocaso, este juicio se ve además forzado a introducir otro tipo de criterios que podríamos denominar extra- estéticos, como son, por ejemplo, la adecuación entre intenciones y resultados en la ejecución de la obra, o los componentes ideológicos, políticos y morales de la misma. A veces, sin embargo, el crítico se ve forzado a enfrentarse con artistas que parecen exigir únicamente una apreciación estética, renunciando a cualesquiera otras pretensiones del valor simbólico de la obra de arte. No es este el caso, en general, de la obra de Imanol Marrodán (Bilbao, 1964) artista polifacético y complejo, con una interesante obra pública y monumental, aunque posiblemente sí lo sea de la presente exposición en la nueva sala de la galería Blanca Soto. Marrodán presenta una serie de Una de las piezas de Marrodán en la exposición pinturas sintéticas, aplicadas con pistola sobre planchas de aluminio, a base de bandas puras de color que interfieren unas con otras, creando ondas visuales. El artista gusta de llamar a este trabajo núcleos de percepción o núcleos de emoción insistiendo mucho en las características estéticas o puramente sensibles de sus cuadros. Pero, si por un lado la presentación de sus obras es impactante, con acabados espectaculares, la justificación de las mismas es caótica y confusa, con argumentos que van desde las nuevas tecnologías, hasta el ying y el yang, y, además, el que estemos dispuestos a dejarnos hechizar o emocionar por sus movimientos ondulatorios de la luz, ya parece más bien cosa nuestra. El crítico se encuentra entonces ante la incertidumbre o el dilema de elegir entre su gusto y la dudosa legitimidad que encuentra para este tipo de trabajos. Si tuviera que decirlo más claramente, aun a riesgo de tener que pasar por tonto, o incluso por el hermano tonto de Miguel Cereceda como un mediocre artista resentido ha dado en llamarme diría que me gusta, pero que no lo entiendo. ¿Cómo se puede no entender unas meras bandas de color en pintura metalizada que además son bonitas? Pues, sencillamente, porque si uno no se deja seducir por la mera apariencia estética, de la que con los años ha aprendido a desconfiar, entonces la justificación teórica que se encuentra es muy endeble. Es cierto que el artista tiene perfecto derecho de expresarse solamente con su obra y ser juzgado por ella. Pero entonces, ¿qué quieren que les diga? ¡Qué bonito! Miguel Cereceda COLECTIVA El eterno femenino Feminae Galería Pepe Cobo. Madrid. C Fortuny, 39. Hasta finales de mes CABAN de ver la luz los resultados del vasto proyecto de investigación crítica en red Desacuerdos. Sobre arte, políticas y esfera pública en el Estado español, impulsado por Arteleku, el MACBA y la Universidad Internacional de Andalucía. Dentro de él resulta muy esclarecedora y a su manera, apasionante la sección dedicada al mercado del arte en España a partir de 1982 (año del primer gobierno socialista y de la primera edición de ARCO) Y queda claro que a partir de entonces se percibe en él una tendencia centralizadora que acaba por concentrar doblemente la parte más sustanciosa de su actividad: en Madrid y en torno a ARCO, con grandes diferencias respecto al resto del Estado. Desde luego, según quién hable de la feria y cómo le vaya en ella, el mercado español parecerá más o menos raquítico. Pero todo el mundo está de acuerdo en encontrarlo algo hidrocefálico. Lo cierto es que el regreso a Madrid del galerista Pepe Cobo y la apertura de su nuevo espacio coincidiendo con los días ARCO es un paso más en esa dirección y puede entenderse como confirmación de lo dicho. Cobo mantuvo abierta hasta ahora su dinamizadora galería en Sevilla e impulsó allí la feria Arte y Hotel como alternativa local a ARCO. Sin embargo, él mismo reconocía en ABC (28 de febrero) que a falta de público, su trabajo allí era casi virtual y que la mayoría de sus clientes están en Madrid La dinámica de los mercados artísticos no escapa a la paradoja gene- A artístico español durante aquellos años. En sus espacios pudo verse el trabajo reciente de Cindy Sherman, Robert Smithson, Sophie Calle, Gerhardt Richter, James Lee Byars y un largo etcétera. No fue sólo una actividad de importación: impulsó la proyección internacional de artistas como Juan Muñoz o Cristina Iglesias, y a él se debe parte del progresivo rescate de Joan Brossa para el público actual, a partir de su retrospectiva en 1991 en el Reina Sofía. Blanco impoluto La puesta a punto del interior de la nueva galería ha corrido a cargo del estudio de arquitectura de los solventes Ábalos y Herreros, que han realizado aquí una versión funcional del aparentemente imbatible modelo white cube. Y ese cubo se llena por primera vez con las obras de una breve pero intensa exposición colectiva, Feminae. Encontramos en ella visiones del eterno femenino de grandes nombres del arte del siglo XX: dos espléndidos retratos de Kiki de Montparnasse del Picabia más neoclásico (de vuelta ya de los experimentos vanguardistas que llegaron a inquietar, según Rosalind Krauss, al mismísimo Picasso) dan la réplica a una pieza de Julião Sarmento; el caos controlado de la pintura de Sigmar Polke y la obra de John Baldessari se arriman a la gélida Marilyn serigrafiada en plata y negro por Warhol. Y sobre todo, una soberbia pieza del mejor Juan Muñoz, una perturbadora enana ante el espejo que no deja de aludir a la tradición del retrato grotesco del Siglo de Oro español. Sarah with Blue Dress (1996) de Juan Muñoz ral. En una época de globalización y disolución de barreras al comercio se acentúa la acumulación de capitales y bienes en centros de transacciones cada vez más distanciados del resto: eso pasa, a nuestra modestísima escala, en Madrid. En 1984, Pepe Cobo abrió en Sevilla su galería La Máquina Española, que contó con un segundo espacio en Madrid desde 1988. Ambas jugaron un papel activo en el desapolillamiento del panorama Javier Montes 32 Blanco y Negro Cultural 19- 2- 2005