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EL OTRO LADO DEL QUIJOTE Libros Quién se ocultaba tras el seudónimo de Alonso de Avellaneda, autor de la segunda parte apócrifa del Quijote, es uno de los mayores enigmas de la historia literaria. Según José Luis Madrigal se trata de Tirso de Molina José Luis Madrigal: Detrás de Alonso de Avellaneda se esconde Tirso de Molina S I José Luis Madrigal, filólogo y profesor de literatura española en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York, ya provocó un terremoto en el estudio de los clásicos al lanzar la hipótesis de que Cervantes de Salazar era el autor del Lazarillo de Tormes, ahora ha vuelto a desencadenar un tsunami en las aguas de la filología hispánica, al publicar en Voz y letra su ensayo El Quijote de Avellaneda, un crimen literario casi perfecto en el que demuestra que, tras la máscara de Alonso Fernández de Avellaneda, el denostado autor de la segunda parte apócrifa de la mejor novela de todos los tiempos se esconde nada menos que otra de las grandes figuras de la literatura española, Tirso de Molina. Aparte de la propia curiosidad lingüística e historiográfica, ¿por qué necesitamos desenmascarar a Alonso de Avellaneda? Imagino, al menos, dos razones. Por un lado, está la curiosidad, no sé si malsana, de saber quién está detrás del seudónimo. Por otro, debe tenerse en cuenta que la aparición del Quijote apócrifo condiciona la Segunda Parte cervantina. Yo tengo para mí que Cervantes jamás habría terminado la segunda parte del Quijote de no aparecer la continuación apócrifa, tal como pasó con la segunda parte de La Galatea, que no se publicó nunca, pese a que Cervantes prometió su inminente publicación en varias ocasiones. ¿Y quién se esconde tras el seudónimo de Alonso de Avellaneda? A través de mis investigaciones tengo la casi absoluta seguridad de que es Tirso de Molina. Debo aclarar que no soy el primero en defender esta atribución. Blanca de los Ríos, que es la gran tirsiana, ya lo apuntó a finales del XIX, y más recientemente Ramón Díaz- Solís, también la ha defendido. Mi aportación reafirma esta tesis con muchos más datos. ¿Por qué no fueron tenidos en cuenta? Blanca de los Ríos, con un criterio todavía decimonónico, se fijaba demasiado en los modelos vivos y vino con el argumento peregrino de que Sancho Panza era el remedo de Tirso de Molina y don Quijote, Lope de Vega. La hipótesis era disparatada y otros estudiosos la desecharon. La defensa de Díaz- Solís es bastante más sólida. Con un gran conocimiento de los escritores de la época y del mismo Tirso, señala una serie de coincidencias temáticas y verbales que se dan tanto en el Quijote de Avellaneda co- Tengo para mí que Cervantes jamás habría terminado la segunda parte del Quijote de no aparecer la continuación apócrifa mo en la obra del mercedario. Pero no es tan sistemático como mi trabajo. ¿Qué relación tuvo el embozado con Miguel de Cervantes? Si el embozado es Tirso, como pienso, debió ser una relación de rivalidad literaria. A principios del XVII hay una guerra entre escritores y so, bre todo, entre dramaturgos. Cervantes se sintió desplazado con la irrupción de Lope de Vega, que se había alzado con la monarquía de los cómicos, y en la primera parte del Quijote lanza un ataque contra la comedia nueva, a la que viene a equiparar con los libros de caballerías. Este ataque tuvo por fuerza que molestar a Tirso, que era un discípulo muy allegado a Lope. ¿Qué pretendía, qué le llevó a escribir ese apócrifo? En primer lugar un ajuste de cuentas, una venganza por todo lo dicho antes, y también porque en El viaje del Parnaso Cervantes se ríe de Tirso, acusándole de hipócrita y melindroso por escribir con seudónimo. ¿Con seudónimo? El nombre real de Tirso era Gabriel Téllez. Un sacerdote no podía declarar que escribía literatura de entretenimiento. Cervantes se burla de esa contradicción del mercedario. ¿Cómo opera el sistema de cotejo y en qué medida podemos fiarnos de su grado de fiabilidad? Ahora mismo opero con un corpus que incluye cincuenta o sesenta comedias de Tirso, cuarenta comedias de Lope, más de sesenta comedias de Mira de Amescua, otras treinta de Alarcón. Al cotejarlas con el Quijote de Avellaneda me he encontrado que todos los diálogos del Sancho apócrifo se corresponden con los graciosos de Tirso y apenas tienen que ver con las expresiones empleadas por los graciosos de los otros comediógrafos. Desde hace tiempo me interesa observar el idiolecto, que es el repertorio verbal de un hablante a lo largo de su vida. Cuando me puse a cotejar el texto de Avellaneda con todo el corpus teatral de Tirso, me empecé a encontrar con un índice de frecuencia en los paralelismos verdaderamente abrumador. Si además se añade que el perfil que yo había hecho del dramaturgo enmascarado se correspondía en muy buena medida con Tirso (dramaturgo relativamente joven, discípulo de Lope de Vega... me convencí de que había dado con el autor del apócrifo. Quería que abundara en la diferencia entre estilo e idiolecto. ¿Qué le ha llevado a deducir que el idiolecto de Avellaneda encaja como un guante en el de Tirso? El estilo es la suma de características gramaticales que tenemos cada uno al hablar o al escribir. El idiolecto es el repertorio verbal de cualquier persona. Mi propuesta es que uno puede cambiar el estilo, puede imitar estilos; lo que no puede es controlar las combinaciones verbales que ha empleado hace un mes, hace un año o hace tres, y que van a aparecer indefectiblemente de manera inconsciente en el lenguaje. Porque en el lenguaje lo que resulta absolutamente fundamental es la memoria. No hay una sintaxis universal que genere frases ad infinitum. La lengua no es una facultad mental, sino un instrumento que se adquiere, que se aprende; todas las combinaciones verbales que empleamos son variantes de un corpus verbal guardado y archivado en la memoria. Dice que Cervantes comparó a 18 Blanco y Negro Cultural 12- 2- 2005 Corina Arranz