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Biografía ficticia, autobiografía fugaz JORGE EDWARDS C OMO no estaba destinado por ningún motivo y por ningún poder de este mundo a ser escritor, la vocación se presentó en forma solapada, clandestina, misteriosa. Lo primero fue el gusto por la palabra escrita, la fascinación frente a la belleza verbal, y me parece que de ahí derivó todo el resto. Me puse a leer de niño todo lo que encontraba, diccionarios, historias, mitología, y a partir de entonces, ya no recuerdo cómo, en plena adolescencia, pasé a escribir. La germinación de El inútil de la familia comienza ahí. Es decir, comienza con el descubrimiento sorpresivo, inesperado, de la vocación literaria. Después vinieron las amonestaciones, las alarmas, el coro de las advertencias familiares, pero ya era tarde. A todo esto, yo no sabía, o apenas sabía, de Joaquín Edwards Bello, hijo del mayor de mis tíos abuelos, primo hermano de mi padre. Lo de escritor le viene por lo Bello, por la herencia de don Andrés, decían, y era una manera de disculparlo a él, y de paso, de exonerar a la rama nuestra de toda culpa. A menudo agregaban: el inútil, el tarambana, el tahúr (taure, pronunciaban) de Joaquín. La nariz más grande Uno de los parientes era una tía abuela conspiradora, insidiosa, que miraba el escenario con ojos divertidos y que tenía la nariz más grande de toda la ciudad, la tía Elisa. Y la tía Elisa, un día memorable, en la casa de mi abuelo paterno, en la Alameda abajo, me llamó a un rincón en penumbra, junto a las argollas de una pesada cortina, y me mostró un par de libros. Me acuerdo de una tapa azul, En el viejo Almendral. ¿No sabías que tienes un tío escritor? No lo sabía, o no lo había registrado, y tampoco sabía en qué consistía eso de ser escritor. Pero me quedé con la impresión de que ella, la conspiradora narigona, baja de estatura, de ojos penetrantes, adivinaba algo. Algo en mí, se entiende, y que yo todavía no captaba. Muchas décadas más tarde me encontré con una crónica en la que Joaquín hablaba de una tía suya lectora, música, puesto que tocaba el arpa en conciertos de beneficencia, y con nariz de tucán. Era ella. Es decir, ella, la tía Elisa, no era un simple sueño infantil: había existido, y existía Joaquín, y mi entrada todavía inconsciente en la literatura había estado relacionada con ellos dos, con esos dos fantasmas de carne y hueso. Empecé a recibir otras noticias de Joaquín algo más tarde y desde los ángulos más diversos: mi padre que se encogía de hombros, un jesuita que enseñaba literatura en el San Ignacio y nos hablaba de La chica del Paleta (1985) de Tony Cragg Crillón, Pancho Coloane entre el humo y el bullicio del café Bosco, brindando a su salud y riéndose a carcajadas de sus historias, la tía Delfina, Pina, en su casa del Impasse de la Visitation, en un curioso comedor octogonal diseñado por su marido, evocativa y distraída, ojos azules, cara de muñeca, extrañada de que le preguntara tanto por Joaquín y nada por el resto de sus hermanos. Después supe de la jornada fatal en el Hi- pódromo Chile, conocí detalles de la pistola Colt y de la mañana de su muerte, recorrí la antigua calle del Teatro, hoy de Salvador Donoso, en Valparaíso, y la plaza de la Victoria con sus alegorías británicas, examiné metro a metro la calle Borja del barrio de la Estación Central de Santiago, donde el tiempo arrasó con todo, amén de la calle madrileña de la Aduana, de la calle de la Encomienda, de algunos tugurios de los alrededores del Rastro. La germinación de El inútil de la familia comienza con el descubrimiento sorpresivo, inesperado, de la vocación literaria Madame Bovary c est moi Cuando los novelistas escriben sobre otros novelistas, reales o ficticios, practican, practicamos, debería decir, a medias, el género del autorretrato. Aparte de que toda novela, en alguna medida, es autobiográfica. Joaquín soy yo, así como Pedro Plaza, Pedro Williams y hasta Teresa Iturrigorriaba, la del Crillón, eran Joaquín y, para resumirlo todo, Madame Bovary c est moi, aun cuando Gustavo Flaubert nunca lo haya dicho. Creo que El inútil de la familia es mi novela más experimental, a pesar de su apariencia ordenada, y eso explica que el personaje principal, que hace algunos años existió, y el narrador, que todavía existe, sean, a pesar de haber existido, construcciones eminentemente ficticias. Y es por eso que el Azafrán, personaje de El chileno en Madrid, hijo de Pedro Wallace, otro invento, entra a la casa del narrador, idéntica a la mía, en los últimos capítulos. Como entra don Alvaro Tarfe, el de Avellaneda, a una taberna de Cervantes, dicho sea de paso, ya que aquí, entre otras cosas, y sin soñar siquiera con la moda de los centenarios, hice un guiño a un puñado de amigos lecores. Aparece, pues, el Azafrán y me vende la pistola Colt en una página de pura ficción, ya que no he visto la dichosa y lamentable pistola en mi vida. En mi puta vida, estuve a punto de escribir, pero me arrepentí a tiempo. v Jorge Edwards (Santiago de Chile, 1931) es escritor. El próximo miércoles Alfaguara publicará su última novela, El inútil de la familia. 7 Blanco y Negro Cultural 8- 1- 2005