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ENSAYO Libros La seducción de Siracusa PENSADORES TEMERARIOS. LOS INTELECTUALES EN LA POLÍTICA Mark Lilla Prólogo de Enrique Krauze Traducción de Nora Catelli Debate. Barcelona, 2004 190 páginas, 18,50 euros Jacques Derrida Walter Benjamín, Alexandre Kojève, Michel Foucault y Jacques Derrida. Seis personajes prominentes en sus áreas de saber que han creado, cuando no escuela, sí una destacable corriente de simpatizantes. También ellos tuvieron sus ídolos y fetiches, casi sin excepción alentadores de extremismos de izquierda o de derecha, paladines de la tiranía y la dominación. Bajo su sombra afilaban los lápices, y no es raro verlos oscilar caprichosamente de un lado al otro del arco ideológico, deambulando desde los espectros de Marx a las iluminaciones de cualquier otro faro visionario o quimérico. Berlin y la libertad LA TRAICIÓN DE LA LIBERTAD. SEIS ENEMIGOS DE LA LIBERTAD HUMANA Isaiah Berlin Trad. de María Antonia Neirea Bigorra FCE. México, 2004 233 páginas, 19 euros ODRÍA hablarse sin exageración de la pujanza en la historia de las ideas, la metafilosofía y la sociología del conocimiento de una especie de género, o subgénero, temático ocupado del controvertido asunto conocido como compromiso de los intelectuales o de por qué los escritores, pensadores y artistas han tenido desde antiguo la funesta manía de pretender cambiar el mundo en lugar de limitarse a comprenderlo, de aspirar a influir poderosa y visiblemente en la siempre voluble opinión pública, de dictaminar sobre aquello que ni sienten verdadera vocación ni demuestran suficiente capacidad. De meterse, en fin, allí donde nadie les ha llamado: en la política. Sea por exceso o por defecto, la irrupción de los maestros, los oradores y los bardos en la res publica parece no haber encontrado nunca su ejercicio idóneo, y el balance de su reflexión, acción u omisión invitan más a la decepción, cuando no al espanto, que a la satisfacción y a la complacencia. P Las dos orillas del Rin Repárese bien en la selección de autores: todos europeos y procuradores del eje franco- alemán o, en palabras del autor, ejemplos de las dos orillas del Rin Cada uno con sus particulares demonios interiores y obsesiones personales, sus biografías y bibliografías, sus vacilaciones, conversiones y fluctuaciones, pero todos participando de una misma ofuscación esclarecedora de la naturaleza de la filotiranía que los cegó, a saber, un antiliberalismo contumaz forjado en un contexto propenso al desafuero: La tradición filosófica europea hace difícil pensar en la tolerancia, por ejemplo, salvo en los términos antiliberales de la teoría del espíritu nacional del romanticismo de Herder o el rígido modelo francés de ciudadanía republicana uniforme o, actualmente, el idiosincrásico mesianismo de la deconstrucción de Jacques Derrida ¿Qué profunda fuerza mental excita la atracción intelectual hacia la tiranía? En el epílogo del ensayo, Lilla compone un inteligente esbozo de respuesta a este interrogante definido como la seducción de Siracusa en referencia a los tres desplazamientos de Platón a la isla regida por el tirano Dionisio a fin de hacer que entrara en razón y adoptara la perspectiva justa del Filósofo. O sea: el sueño de Platón y de Dión. Es sabido que ambos fracasaron, pero no menos que los filotiránicos europeos del siglo XX. A unos más que a otros, a todos les perdió la falta de autoconocimiento, la vanidad, el ansia por realizar la Idea, la pulsión interior de proyectar hacia fuera sus propias miserias, su arrogancia y su irresponsabilidad. A menudo, el célebre compromiso intelectual, la filantropía y la utopía conducen a estas cosas. Aunque, también existen otros ejemplos de actuación contenida y responsable en política que con demasiada ligereza, cuando no confabulación académica y mediática, son simplemente ignorados u omitidos, y que Enrique Krauze hace bien consignándolos en la introducción del libro. Se trata de la menos ruidosa, pero mucho más fructuosa, trayectoria fijada por creadores de diseños e ideas como Bertrand Russell, Ortega y Gasset, George Orwell, Isaiah Berlin, Karl Popper, Octavio Paz. Influencia de los intelectuales Julien Benda escribía a finales de los años veinte del siglo XX de la trahison des clercs, cuando aún no podía prever plenamente el impacto en Europa de una sección considerable de la intelligentsia a favor de posiciones totalitarias, sea el comunismo, el fascismo y el nazismo, sean las variadas modalidades del nacionalismo. El fenómeno de la influencia de los intelectuales en la sociedad fue ganando en importancia a medida que ésta iba amalgamándose, como consecuencia de su continua transformación en sociedad de masas, y creciendo en vulnerabilidad perceptiva, como efecto de su conversión en sociedad de la comunicación y de la información (a menudo, mal tildada del conocimiento como si fuesen conceptos sinónimos) Más al tanto de la situación y con mayor noticia de cómo avanzaba la función, Robert Nozick, a mediados de los años ochenta, define la casta de los intelectuales en términos de anomalía por cuanto constituye una congregación, que a diferencia de la moderación y compensación presentes en los demás grupos socioeconómicos, exhibe una desinhibida oposición al capitalismo, rayana en la obsesión paranoica, desde una sospechosa fraternidad corporativa. Para tratarse de un colectivo privilegiado llamado a aportar luz y saber al resto de los mortales, no son pocos los misterios, artificios y estafas que tienden a progresar en su seno, hasta que tarde o temprano salen finalmente a la superficie. A finales de los años noventa, Alan So- Decidida indagación sobre la tentación política que impulsa a tantos pensadores a abrazar esa perversión moral y mental que Mark Lilla denomina filotiranía kal y Jean Bricmont publican un ensayo ejemplar, Imposturas intelectuales, que pone al descubierto la pícara astucia de la antirrazón postmoderna, pero también la blanca palidez de muchas encendidas figuras públicas. Hoy seguimos hablando de otra clase de miserias intelectuales. O acaso de las mismas. En el libro Pensadores temerarios, el profesor de Pensamiento Social de la Universidad de Chicago Mark Lilla ofrece un sugerente trabajo que, en la línea ya señalada del desvelamiento de la auténtica médula de los intelectuales, significa una decidida indagación sobre la tentación política que impulsa a tantos pensadores a abrazar esa perversión moral y mental que denomina filotiranía esto es: la fascinación por los despotismos y totalitarismos políticos, así como la seducción por los personajes que los acaudillan y guían. Por esta galería de retratos pasan seis estampas representativas, las cuales tras su correspondiente semblanza se tornan casos a tomar en serio: Martin Heidegger, Carl N 1952 Isaiah Berlin (Riga, 1909- Londres, 1997) improvisó seis conferencias para la BBC, centradas en varios pensadores que se desenvolvieron entre la segunda mitad del XVIII y primer tercio del XIX, es decir, que tienen por eje la Revolución Francesa: Helvétius, Rousseau, Fichte, Hegel, Saint- Simon y Maistre. Son admirables no sólo por la fina cultura e inteligencia de su autor, sino también por la lucidez y valor moral. Si se piensa en los errores y horrores ideológicos que se iban a perpetrar desde las renovadas lecturas de Carl a las compulsivas apuestas de Foucault (como muestra un buen discípulo de Berlin, Mark Lilla) su interés crece. El gran maestro ruso no pierde nunca de vista al individuo al revisar a los autores citados. Todos ellos, salvo Maistre, estuvieron a favor de la libertad, e incluso apasionadamente, pero de algunos de ellos se deriva (Helvétius) una especie de tiranía tecnocrática, o la sumisión de la libertad y la moral al superego conceptuado por Fichte. No menos peligroso políticamente fue el concepto de historia y de racionalidad en Hegel: la exaltación de la historia con un fin supraindividual que pone a las pasiones a trabajar para ella (la famosa astucia de la razón En Hegel, el Estado y la Historia están concebidos por una suerte de personalización, pero en cambio la persona sólo existe para cumplir sus fines. En todos o en casi todos, la premisa general, que contagió a todo el pensamiento del siglo XVIII (rebatida, en parte, por los románticos) reza así: la naturaleza es armoniosa, y de ahí que lo que yo deseo no pueda chocar contra lo que otro desea. Si se produce tal choque, mi deseo no es verdadero. Es la noción que fundamenta toda utopía y que tarde o temprano desemboca en el sometimiento de los individuos (de la libertad civil, tan raramente defendida) y que, digo por mi cuenta, sigue alimentando a los enemigos de la democracia ante la imposibilidad de aceptar la dimensión trágica de la libertad. Por eso fue fascinante un terrible enemigo de la libertad, Maistre un doctor medieval nacido fuera de la época por haber contemplado el lado oscuro de las cosas y la fragilidad del optimismo. E Fernando Rodríguez Genovés Juan Malpartida 18 Blanco y Negro Cultural 4- 12- 2004