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Eduardo González Calleja es científico titular del CSIC y autor entre otros títulos, de Políticas del miedo (Biblioteca Nueva)
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Blanco y Negro Cultural 20- 3- 2004
Selección de Félix Romeo
rico y la dificultosa consolidación del movimiento obrero reformista dejaron obsoleto el regicidio. Sin embargo, la aparición de la doctrina de la propaganda por el hecho en torno al nihilismo y al populismo ruso motivó la aparición del terrorismo contemporáneo en Occidente. El X Congreso de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT, de tendencia anarquista) celebrado en Londres en junio de 1881, alentó el empleo de la violencia ciega como único medio de regeneración social. De este modo, como en otras partes de Europa, se inició en España a partir de 1884 una primera oleada terrorista cuya manifestación inicial fue una serie de bombas en Barcelona. Su momento culminante fue el quinquenio 1893- 97, cuando los atentados fueron más graves, pero dentro de una cierta discriminación en función del carácter simbólico de las víctimas escogidas: el Ejército (atentado contra el general Martínez Campos el 24 de septiembre de 1893) la alta burguesía (bombas en el Liceo el 7 de noviembre de ese año) las autoridades civiles (agresión al gobernador Ramón Larroca el 25 de enero de 1894) y la Iglesia (ataque contra la procesión del Corpus en la calle Cambios Nuevos el 7 de junio de 1896) El asesinato de Cánovas el 8 de agosto de 1897 clausuró esta primera etapa de violencia anarquista centrada en el atentado individual. La segunda oleada de explosiones anónimas, desplegada entre 1904 y 1909 al hilo del auge del sindicalismo revolucionario de acción directa se solapó con el recrudecimiento de los complots anarco- republicanos con designio magnicida, que comenzaron con la agresión a Maura en Barcelona el 12 de abril de 1904 y culminaron en los sucesivos intentos de asesinato de Alfonso XIII en París el 31 de mayo de 1905 y en Madrid el día de su enlace, un año después. Aunque esta ofensiva desestabilizadora se zanjó tras la gran rebelión urbana de la Semana Trágica sus secuelas se extendieron hasta la víspera de la Primera Guerra Mundial, con hitos como el asesinato del presidente Canalejas el 12 de noviembre de 1912 y el intento de regicidio perpetrado por el ácrata Rafael Sancho Alegre el 13 de abril de 1913. El conflicto europeo trajo transformaciones económicas, sociales y culturales que tuvieron como secuela una intensificación de la lucha política. El fracaso de la asonada revolucionaria de 1917 produjo el enconamiento de otras formas de violencia política, como las rebeliones campesinas del trienio bolchevique (1918- 20) o las relacionadas con la conflictividad sociolaboral en las grandes ciudades, especialmente en Barcelona. Los años 1918- 23 fueron el reino del atentado con pistola y explosivo. Aunque no faltaron magnicidios (como los perpetrados por grupos de acción anarquistas contra Dato el 8 de marzo de 1921 o el arzobispo de Zaragoza Juan Soldevilla el 4 de junio de 1923, como represalia por la muerte del líder cenetista Salvador Seguí) la mayor parte de la violencia afectó a los actores menores del drama pistoleril, en una mezcolanza de provocaciones policiales (con aplicación de la ley de fugas y parapoliciales (con abundante implicación patronal) que incidieron en una deriva delictiva de las relaciones laborales reflejada en las agresiones mutuas entre los grupos de acción de la CNT y del Sindicato Libre. El balance luctuoso de esos años (261 muertos y 551 heridos en Barcelona entre 1918 y 1923, a los que habría que añadir más de un centenar de muertos y más de 400 heridos en el resto de España) abrió el camino a una Dictadura que se presentó como solución, pero que no pudo
evitar que ciertos sectores de la oposición política especialmente anarquistas y catalanistas expresasen su disidencia en forma de intentonas magnicidas, como las sufridas por el Rey el 31 de mayo de 1925 y el 26 de junio de 1926, y por Primo de Rivera el 31 de julio de ese último año. El enconamiento de la violencia en el período republicano se tradujo en la proliferación de atentados de tipo social y político. Mientras que en el primer bienio (1931- 33) estas acciones estuvieron vinculadas a las grandes reformas sociolaborales que produjeron significativos cambios en la balanza de poder a escala local, a partir de 1934, y sobre todo desde la primavera de 1936, buena parte de los atentados tuvieron una dimensión partidista, vinculada en buena parte a la querella fascismo antifascismo que deterioró la situación hasta desembocar en el golpe militar de julio.
Estrategias desestabilizadoras
En el contexto represivo del franquismo, la resistencia armada frente a la dictadura, animada sobre todo por el Partido Comunista, ensayó estrategias desestabilizadoras que fueron desde la ofensiva guerrillera de 1942- 52 a diversos episodios de guerrilla urbana contra centros oficiales. Activistas libertarios como José Luis Facerías y Quico Sabaté fueron, a fines de los cincuenta, los exponentes postreros de una violencia resistencial que fue superada una década más tarde por la nueva oleada de lucha armada que brotó del entorno de la nueva izquierda europea, frustrada por las limitadas consecuencias de la movilización de mayo del 68 y fascinada por los procesos de descolonización en el Tercer Mundo. Ése no fue sólo el contexto en el que surgieron grupos comunistas disidentes como el FRAP o el GRAPO, sino que constituyó el caldo de cultivo para la aparición de ETA en 1959. La lucha revolucionaria por la liberación nacional según esquemas tercermundistas dejó paso a otras estrategias donde los atentados mortales tuvieron un peso creciente: desde la desestabilización política ensayada con el asesinato del almirante Carrero el 20 de diciembre de 1973 la acción más trascendente de la banda a la búsqueda de una respuesta estatal desproporcionada que contribuyera a reforzar el apoyo popular a ETA, como se persiguió con el atentado de la calle Correo de Madrid el 13 de septiembre de 1974, que provocó 14 muertos. Descartada la victoria militar atentados indiscriminados como el perpetrado en Hipercor de Barcelona el 19 de junio de 1987, que se saldó con 21 muertos, trataron de forzar una improbable negociación política a costa de acumular muertos sobre la mesa Desde junio de 1968 hasta la actualidad, los atentados de ETA han provocado la muerte de 817 personas. Faltaba sin embargo que, al hilo de su reintegración en los avatares de la escena internacional, España entrase también en la era del terror globalizado. El atentado perpetrado el 13 de abril de 1985 en el restaurante El Descanso, con un balance de 18 muertos, fue la primera ocasión en que una matanza indiscriminada fue atribuida en nuestro país a grupos islamistas radicales. Un inquietante precedente de los atentados del 11 de marzo de 2004, cuyas repercusiones sociales, morales y políticas apenas comenzamos a vislumbrar. v