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PINTURA Arte La carne no es triste Antón Lamazares. Follente Bemil Galería Metta. Madrid. C Villanueva, 36 Hasta principios de enero N medio de tanta ironía (camuflaje de la impotencia, arte del como si) parodia (bricolaje desencantado que comparte el ánimo funerario finisecular) y banalidad (banderín de enganche hegemónico) son pocos los que, como Antón Lamazares, afrontan lo épico sin miedo, rescatando la poesía, con lo que tiene de tremenda y de divertida o, mejor, de diferente. Cuando la pintura parece un ejercicio retórico decorativo, reducto para el citacionismo e incluso para el ingenuismo y la indiferencia, continuar tercamente enfrentándose al desértico espacio del cuadro para intentar que allí germine algo es, no tengo ninguna duda, intempestivo. No apelo a la defensa originaria de lo pictórico que no comparto, sino a la necesidad de salir del grado cero para poner un rumbo que no sea, como parece, a peor. El irreductible franciscanismo de Lamazares consigue sacarme de la indignación que últimamente me domina, llevándome patéticamente a alancear lo que son meras sombras. Cuando en su estudio me presentó más de un centenar de obras que calificó como serie erótica comprendí que estaba, a su manera, construyendo, de acuerdo con mis fines polémicos, una barricada pasional contra el glamour envasado al vacío. Las visiones sublimes y al mismo tiempo, materiales del paisaje habían dado paso a las peripecias de Pol, para desencadenar una orgía en la que propiamente el protagonista es el pene. Siguiendo su costumbre, acaso tomada de los romances de ciego, fue desafiándome a ver lo que había en cada cuadro, y así pasamos de la tarde E Follente Bemil LXX (2003) a lo más profundo de la noche nombrando cipotes de tamaños descomunales, penetraciones memorables, la mano entregada al placer masturbatorio, la erección que no es, parafraseando a Hegel, cosa del pasado. Este maestro, al que admiro como a muy pocos artistas, celebra la carne en un lúcido juego de colores que llevan desde la tierra primordial al rojo sangriento, el anaranjado o el verde que fue crucial en su impresionante obra para el Espacio Doble del CGAC. Lamazares sedimenta su imaginario excesivo, pero al mismo tiempo conscientemente limitado; en última instancia, más que acrobacias sexua- les o nostalgias amatorias, lo que el artista muestra es la urgencia fálica. Pero no es tampoco esta serie una encarnación de la soledad sexual, sino más bien lo contrario, un canto muy hondo a ese deseo que siempre es del otro. Las curvas femeninas y sus genitales hipnóticos doman la brutalidad, ofrecen los placeres de la carne y la dimensión contemplativa del paisaje. Porque Lamazares ha sabido admirablemente conjugar lo erótico con la naturaleza que, como señalaba el pensamiento arcaico, gusta de esconderse. Por todas partes, en los humildes cartones que son característicos de este artista, aparecen zonas punteadas, huellas de gestos obsesivos y minuciosos, elementos que podrían interpretarse como infinidad de semillas, formas primordiales que necesitan del surco, de la humedad, de la verdad atmosférica. Este pintor, calificado acertadamente como medieval es también un presocrático (inconsciente) alguien entregado a la mezcla de lo elemental, poseído por el logos espermático, sabedor de que en el hueco pueden producirse los maridajes de lo diferente. En uno de los mejores cuadros de esta exposición, Follente Bemil LXIX (2003) San Francisco está entregado a sermonear a ellas y ellos; en verdad, lo que vemos es una figura semejante a un espantapájaros, con unos andrajos remendados y los brazos abiertos en cruz confrontado con unas masas carnales que podrían llevar a la imaginación más turbulenta, pero que también, en una deriva diferente, hacen pensar en una especie de ángel despistado, amnésico tras una caída infinita. El franciscanismo pictórico de Lamazares ofrece una prédica pagana. Fija fragmentariamente su memoria del placer. Fernando Castro Flórez DIBUJO Y FOTOGRAFÍA El suburbio llega a Claudio Coello Botto y Bruno Galería Oliva Arauna. Madrid. C Claudio Coello, 10 Hasta el 10 de enero L A estética del suburbio siempre tiene algo de protesta contra el orden social establecido. La consigna del viejo realismo de estropear la complacencia burguesa en su oropel mediante la presentación de lo obsceno reprimido al parecer sigue funcionando. Mientras los medios de comunicación de masas y su publicidad se empeñen en difundir la imagen de un mundo confortable envuelta en celofán, el trabajo social del realismo, al enfrentarnos con una realidad que preferiríamos ignorar, sigue siendo corrosivo. Como artistas, la pareja turinesa Botto y Bruno parecen así herederos de una larga tradición de realismo social que tiene sus fuentes en Dickens, en Zola y en Balzac, en la pintura de Courbet, en el neorrealismo italiano de De Sica y Rossellini o en el más reciente realismo social de Ken Loach, pero que también ha encontrado en la plástica contemporánea algunos referentes interesantes, que en parte tienen que ver también con la estética del rap y del hip- hop la estética, no lo olvidemos, de la protesta de los suburbios neoyorkinos como son, por ejemplo, las obras de Keith Haring o de Jean Michel Basquiat. Botto y Bruno fueron seleccionados en 2001 por Harald Szeemann para participar en la Bienal de Venecia, en donde irrumpieron con una intervención impetuosa en suelos y paredes como un elefante en una cacharrería. A pesar de que les gusta el lenguaje Una de las piezas de esta exposición madrileña de la vieja tradición realista, sus técnicas expresivas no tienen, sin embargo, nada de tradicionales. Es cierto que se sirven por un lado del dibujo y que por otro utilizan también la vieja técnica del collage. Pero ni sus dibujos tienen que ver con los tradicionales procedimientos académicos, sino más bien con la estética del cómic, ni sus collages con los delicados papeles de Braque, de Schwitters o de Picasso. Por el contrario, sus imágenes fotográficas y sus dibujos son amplificados mediante el plotter del ordenador y trasladados a gigantescos papeles pintados o a sorprendentes alfombras de material sintético, que con absoluta libertad se permiten recortar y pegar en estrambóticas disposiciones por suelos y paredes nada que ver, por tanto, como ellos mismos advierten, con el PhotoShop generando así un nuevo collage artesanal, espacial, arquitectónico y constructivo, que se deleita en traernos provocativamente la imagen del suburbio al corazón mismo del barrio de Salamanca. A pesar de gustar de un lenguaje de vieja tradición realista, las técnicas de esta pareja de autores italianos no tienen, sin embargo, nada de tradicionales Miguel Cereceda 28 Blanco y Negro Cultural 13- 12- 2003