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25 AÑOS DE LA MUERTE DE MADARIAGA Libros Recuerdos de don Salvador FELIPE FERNÁNDEZ- ARMESTO ÓLO por el jardín enfatizó, en voz baja, casi con un toque de llanto. Y lo repitió para darle aún más énfasis. ¡Sólo por el jardín! Se me ocurrió la idea de que Don Salvador sentía vergüenza por habitar una casa relativamente modesta. Era una casona bastante fea, de piedra blanda, y podrida, con ocho ventanas, simétricamente dispuestas en los tres pisos de la fachada, y con una puerta pintada de un verde oscuro y metálico. Las ventanas eran mezquinas y achaparradas. La casa de al lado, gemela, se había convertido en panadería, y tenía una vitrina común y corriente situada en la planta baja. Su cubierta de hiedra le otorgaba un aire pictórico no desprovisto de sentimentalismo. Y efectivamente, los alrededores eran bonitos. Headington es una aldea antigua que se ha convertido, poco a poco, en un barrio de las afueras de Oxford, debido al crecimiento de la ciudad. Conserva su núcleo intacto (donde se encontraba la casa de Salvador de Madariaga, a pocos pasos de la iglesia) y su situación saludable por encima de una de las pocas colinas que presenta la topografía urbana. El color de la piedra sombrío, pálido, y con la humedad de la neblina típica del clima de Oxford se vuelve dorado cuando brilla el sol. En general, se tiene por un lugar privilegiado para vivir. S Caricatura de Madariaga realizada por Kapp El ancestro negro de Bolívar l programa intelectual de Salvador de Madariaga tuvo un componente americanista fundamental. La causa de ello fue tanto generacional como biográfica: Madariaga vivió el 98, y mantuvo toda su vida una inquietud por América indisoluble de su amor por España, en la medida en que consideraba lo hispánico un elemento constitucional de la civilización mundial. No es extraño que dedicara obras fundamentales al auge y el ocaso del imperio español, y que escribiera biografías de Colón, Cortés y Bolívar. Ésta fue, sin duda, la más controvertida. Publicada en 1951, desató una violenta polémica. Entre otras cosas, Madariaga insinuaba que la tentación monárquica de Bolívar había sido real, que como militar no fue un genio, que se llevó mal con otros próceres y, peor aún, relataba los pormenores de su vida amorosa, otorgando un lugar supuestamente desmedido a su amante, Manuelita Sáenz. Para colmo Madariaga, en un intento de valorar el mestizaje como virtud hispánica, insinuó que el padre de la patria tenía un ancestro de color (su tatarabuelo paterno tuvo un hijo con una esclava) Como resultado de las injurias el libro fue condenado y Madariaga fue declarado persona non grata en Venezuela. Por eso, resulta paradójico que los chavistas contemplen hoy su Bolívar como el primero que se atrevió a plantear la africanidad del libertador, aunque de paso inventen que fue un enemigo acérrimo de la oligarquía Manuel Lucena Giraldo E El corazón de la casa Desde dentro, la casa parecía demasiado llena, con las habitaciones sin espacio, pero un jardín inmenso se extendía por detrás. Lo del jardín me extrañó, desde luego, porque no me explicaba bien la afición a la jardinería de un intelectual español. En el caso de haber sido inglés, o un campesino ilusionado por su pozo y su huerta, lo hubiera comprendido perfectamente. Y hay que admitir que Don Salvador a los ochenta y tantos años andaba muy rápidamente por el jardín, sin gran muestra de interés, con las manos juntas, enganchadas, como si no se las quisiese ensuciar. Por encima del salón, donde se servía té inglés con sándwiches finos, se encontraba el auténtico corazón de la casa y el centro de la vida del sabio que allí vivía: el archivo, como decía Don Salvador. Se componía de ficheros de madera que cubrían las paredes, a modo de cuarterones. La mesa de trabajo que si me acuerdo bien era una mesa cualquiera a la cual faltaban cajones se encontraba casi en medio del espacio, como un barco en medio de un mar de datos. La cantidad de apuntes que había debía de ser enorme. Sigo preguntándome adónde fueron a parar cuando murió el mago de Headington todos esos recursos misteriosos, el fruto del trabajo intelectual de uno de los grandes genios españoles del siglo XX. Cuando me presenté por primera vez ante él, supongo que sería en el invierno de 1970, me sentía como un peregrino que aparece ante un santo profano. Lo que sabía de Don Salvador procedía de dos fuentes: en primer lugar, por supuesto, sus libros. Ingleses, franceses y españoles sigue siendo uno de mis favoritos. Más que ningún otro estudio, sus Reflexiones sobre el Quijote me ayudaron a entender al personaje cervantino. En su Historia moderna de España, Madariaga tuvo el valor de echar la culpa de la tragedia a ambos bandos de la Guerra Civil, con una franqueza insólitamente audaz en su día. Por lo demás, no me gustaban tanto otros trabajos históricos, por su metodología y enfoque anticuados. La fuente principal de mis prejuicios positivos, que me dejaron inhibido y un tanto reticente ante su presencia, eran los recuerdos de mi madre, que le admiraba profundamente por haberle conocido como integrante de la comunidad de españoles exiliados durante la Segunda Guerra Mundial. Una vez, acudió a casa de mi madre el gran físico Arturo Duperier junto a José Trueta, el famoso cirujano, y el mismo Madariaga: tres genios y nada que ponerles de comer. A Don Salvador le entró el antojo de comer huevos a la cubana. Ese plato, como ya saben, queridos lectores, se hace con huevos, plátanos, y arroz. En el Londres de la guerra no se veían los plátanos, y los huevos se conseguían con gran dificultad, bajo un sistema riguroso de control. Haciendo unos esfuerzos heroicos, mi madre preparó el plato que le habían pedido. Ella lo contaba como si fuera su mayor batalla de la guerra, un triunfo en su lucha personal contra Hitler. Y aquellos españoles del exilio fueron sus compañeros de comando. A Don Salvador también le encantaba contar anécdotas de los españoles que diversas circunstancias hacían recalar en su Oxford. Sus cuentos resultaban decepcionantes. Los contaba con brío esos ojos chispeantes, esa voz entusiasmada pero solían tener pocas novedades si no se trataba de las típicas cosas de Oxford, las preocupaciones incestuosas o hasta autoeróticas de una estrecha comunidad académica. Sólo una vez suscitó un tema que yo desconocía, y hasta el día de hoy ignoro si se trataba de una invención. Trataba de un tal coronel Grillo que por lo visto había estado varios años en Oxford como lector de castellano. A su muerte, dejó un testamento escandaloso con una cláusula que rezó así: A mi college, Exeter College que también era el de Don Salvador, ya que en Oxford las cátedras están vinculadas a colleges concretos, y la de español depende de Exeter College no doy nada, como muestra equilibrada de lo que mi college ha hecho por mí Precocidad excepcional Para desgracia mía, nunca me atreví a preguntar a Don Salvador si pensaba escribir algo más. Hubiera sido una maravilla conocer lo que le quedaba por declarar al mundo. Pero lo que sí conservo son fragmentos de su conversación aguda y absolutamente libre de egoísmo, llena de interés por las personas. Cuando le concedieron un doctorado a la edad de si recuerdo bien 82 años, lo calificó de un caso de precocidad excepcional Lleno de orgullo, lució su capa de doctor espléndidamente bordada, que a su hija, Isabel, le encantaba ponerse para salir de noche. Cuando me marché de Oxford para realizar investigaciones históricas, se despidió de mí con una frase que casi trastornó mi vocación de historiador: Pues por lo menos has elegido una tesis con buen clima v Felipe Fernández- Armesto es catedrático de Queen Mary (Londres) y miembro de la Facultad de Historia Moderna, Oxford. 8 Blanco y Negro Cultural 13- 12- 2003