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ENTREVISTA MEMORIAS Libros Jaime Salinas (Argelia, 1925) es uno de los más destacados editores españoles (Seix Barral, Alianza, Aguilar) Tusquets publica su primer libro, Travesías, en el que cuenta su apasionada y viajera vida Jaime Salinas: Mi vida ha sido, algunas veces, una novela de aventuras N Travesías ha pasado usted de editor a escritor. Después de una jubilación forzosa, por mis problemas del corazón, me di cuenta de que no tenía qué hacer. No era un gran lector, y Julia Escobar me animó a escribir. Empezó a grabarme. Tuvimos una sesión, que la transcribió... pero no sonaba a mí. Me puse a corregir y pasé a la escritura. Me costó porque mi español es muy pobre. Pero fue saliendo. Me entusiasmaba, porque mi vida ha sido, algunas veces, una novela de aventuras. Es un título muy apropiado; ha pasado la vida viajando. Se lo debo a Enric Bou, y define esa constante viajera. El primer viaje, poco después de nacer, de Argelia a Alicante. El viaje fue accidentado y mi familia se empeñó en desembarcar en Denia. De allí, fuimos a la finca Lo Cruz e inmediatamente a la casa de mi abuela en Madrid, que estaba muy malita y cuando me vio dijo: Dadme al niño que me va a dar la vida Luego a Sevilla, donde había nacido mi hermana Solita. En Madrid nos instalamos en Príncipe de Vergara y empecé a ir a la Escuela Internacional. La proclamación de la República la recuerda muy bien. Estaba feliz sin saber exactamente lo que implicaba. Era un niño. Pero cuando vi a los guardias de la porra cantando La Marsellesa ellos, el símbolo del orden se desbordó mi alegría. Mi madre era una mujer tranquila y silenciosa. A los niños nos tenían escondidos. Toda mi formación política se hizo en el cuarto de la plancha con las muchachas y por eso he sido de izquierdas desde pequeñito. El temblor de sus manos se produjo en casa de Juan Ramón. Fue una humillación que no he olvidado. Mi madre le tenía una gran simpatía a Zenobia, que debía tener una paciencia de santa. Zenobia organizó una merienda con niños. Me pusieron un tazón de chocolate y al cogerlo se me escurrió y cayó sobre Juan Ramón. Su reacción fue monstruosa: se levantó dando un grito. ¿A qué otros amigos de su padre recuerda? El más simpático era Lorca, eso es indiscutible. Alberti también lo era y también Altolaguirre. Guillén, por supuesto, era como de la familia. ¿Y Unamuno? Unamuno, cuando comía, hacía bolitas de pan. Me puse a hacer bolitas de pan y mi padre me echó una bronca. Le dije: ¿Por qué no puedo hacer bolitas de pan si Unamuno las hace? Y mi padre dijo: Cuando seas Unamuno podrás hacer bolitas de pan -E Unamuno, cuando comía, hacía bolitas de pan. Me puse a hacer bolitas de pan y mi padre me echó una bronca. Cuando seas Unamuno podrás hacer bolitas de pan dijo Viaje fundamental es la salida a Francia en la Guerra Civil. Ese viaje era una maravilla. Eso demuestra la habilidad que tienen los críos para aislarse de una situación trágica. No éramos franceses, pero yo había nacido en Argelia, así que estábamos en un camarote muy bueno. La guerra estaba allí pero no me di cuenta de la tragedia hasta que nos empezaron a meter con la otra gente. Poco más tarde, a EE. UU. Fue una travesía feliz porque mi madre y mi hermana estuvieron mareadas y yo era el dueño de mí mismo. Al llegar, nos llenamos de inquietud. Las autoridades de inmigración eran bárbaras. Antes de darnos el visado nos sometieron a mil exámenes. La primera impresión fue de miedo. Incluso Nueva York me asustó. Los dos primeros años fueron muy tranquilos. Más tarde, en Baltimore, fui a la escuela de los cuáqueros. Allí empezó la problemática por mi deseo de integración. La casa de mis padres representaba un mundo que no tenía nada que ver con el de mis compañeros. Parece buscar siempre unos padres adoptivos. Es verdad, pero no he sido consciente hasta ahora. Como no había escrito nunca, han aparecido cosas inconscientes. Hasta que mi padre no falleció no había leído sus poemas. Hay que comprenderlo, al margen de la parte freudiana. Mi padre era un profesor de español. Sabía que escribía poesía, pero como diversión. La gran sorpresa al volver a España fue que parecía que era un poeta muy bueno y una persona muy importante. ¿Y su madre? Cuento en el libro cómo intentó suicidarse. No me enteré hasta mucho más tarde, poco antes de que acabara de escribir estas memorias. Siempre supe que algo pasaba. Mi madre no decía nada ni nos hizo sentir nada, pero había unas reacciones de mi padre poco frecuentes. La devoción de mi madre por mi padre era total. Participó en la II Guerra Mundial. Le hice un chantaje espantoso a mi padre. Lo que no quería era matar. Mi padre todo el día decía No Pero llegó la carta para incorporarme al ejército francés y allí estaba mi salvación: podía incorporarme al cuerpo de ambulancias. Fue la vuelta a un continente que había olvidado. Sus padres marcharon a Puerto Rico y usted se quedó en EE. UU. Lo que quería era vivir con mi amigo Billy pero otras circunstancias lo impidieron. Fue un periodo muy importante. Descubrí la vida americana por dentro. Y contra ella reaccioné violentamente. No sabían dónde estaba España, ni nada de la Guerra Civil. El día de graduación el día que desembarcaban los aliados en Normandía yo esperaba que el rector hiciera alguna referencia, pero no la hizo. Y me pregunté ¿qué sucede? Entonces descubre el exilio. Hay un momento en que lo asumo. Me doy cuenta de que no hay posibilidad de volver a España: cuando el gobierno en el exilio pasa por Nueva York camino de París por si los americanos entraban en España. Le dije a mi padre: No quiero ser un ruso blanco Hacía esfuerzos por integrarme, pero Europa me llamaba. 20 Blanco y Negro Cultural 15- 11- 2003 Gonzalo Cruz