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Teatro Al hilo de la publicación de Sobre el teatro (Acantilado) un libro de conversaciones con Vittorio Gassman, el actor José María Pou reflexiona sobre su oficio Vittorio Gassman como Hamlet Uno y diverso Patético jinete del rock and roll JESÚS CAMPOS IN- cultura. Madrid, 2002 72 páginas, 4,2 euros S bien conocido que la producción de Jesús Campos se asienta en una notable pluralidad de moldes formales y genéricos: junto a arriesgadas propuestas escénicas (Es mentira, o A ciegas) conviven otras más convencionales (Entrando en calor) y en paralelo, sus obras se nutren de géneros tan dispares como las danzas de la muerte, los autos, el sainete, el absurdo... o el cine comercial. Además, la diversidad temática de sus textos se embarca en orbes emocionales que, a salvo del intelectualismo y la fosilización, se conjugan en un discurso especulativo muy articulado. Algo, sin embargo, permanece inalterable en su poética: la necesidad de escarbar en las raíces de nuestro tiempo en medio de un mundo hostil que atiende a las alas sin considerar su vuelo; que oculta o banaliza los verdaderos dramas: así, la vejez, que Campos aborda en Patético jinete del rock and roll (Premio Tirso de Molina en 2001) Es obra que, ubicada en un futuro indefinido y so pretexto de las desavenencias domésticas entre un padre, longevo y mentalmente senil, y un hijo al borde de la ancianidad, presenta, más allá de la crudeza que impone la decrepitud, un hondo conflicto generacional: el padre pertenece a la generación iconoclasta y utópica de los sesenta sexo, drogas y rock and roll en tanto que el hijo, formado en tiempos de pragmatismo y corrección política ejerce paradójicamente las funciones de un progenitor que reprendiera las díscolas manías de su hijo. En realidad, todas esas manías del padre (la inquina contra el médico, las quiméricas ansias de bailar o comer chocolate) no son sino la versión depauperada de las viejas adicciones, de las antiguas pasiones e ideales cuya caricatura no impide su persistencia como antídoto contra toda idea de ruina. Convertido en un Quijote sin lanza Antes loco que triste dirá, y su nombre, Anselmo, posee resonancias cervantinas) y al lado de su fiel y desvitalizado escudero, la pasión, la obsesión y la lucha (los objetivos son de menor importancia) justifican la existencia y su final porque ennoblecen al hombre en su afán por no claudicar ante la desesperanza. La excelencia del diálogo, cargado de un humor que bebe en múltiples veneros, arropa con holgura la teatralidad del mensaje. E Gassman, pisando fuerte JOSÉ MARÍA POU N realidad, no se sabe nada de un actor, porque el nuestro es un oficio que no deja verdaderas huellas afirma Vittorio Gassman hacia la mitad de este libro maná caído del cielo en el dilatado desierto de las publicaciones teatra- E les y al afirmarlo entra en contradicción consigo mismo, porque la huella de Gassman, como la sombra del ciprés, es alargada y con la fuerza suficiente para llegar a muchos actores de futuras generaciones. Si bien es verdad que el trabajo de creación en escena se difumina y pierde en la memoria con el paso del tiempo, no sucede lo mismo con la actitud, con el ejemplo, con el discurso, con las ideas, con el concepto mismo del oficio de actor, porque éstas son razones que van desgranándose al tiempo dentro y fuera del escenario. Ser actor es, más que un oficio, una manera de entender la vida. Y cuando Gassman habla de teatro con su interlocutor el mismo lector, en lógica pirandelliana está hablando de la vida, de su vida y de su compromiso, y en el entramado de sus respuestas es fácil adivinar todo un tratado no ya de cómo ser actor en escena sino de cómo ser persona siendo actor fuera de ella. Al respecto merece especial atención la parte del libro en que Vittorio recuerda su experiencia del Teatro Popular Italiano, nacido con voluntad de que el teatro fuera accesible a todos, y la indiferencia y hostilidad con que fue recibido por amplios sectores de la vida política y social del momento; o aquella otra en la que reflexiona sobre el fenómeno de la aparición del director- dictador y la parte de culpa que en la creación de esa figura tuvieron y siguen teniendo, añado yo los que él llama actores holgazanes que renuncian a pensar y abandonan en manos de esos directores su responsabilidad en el modo de concebir el personaje y de manifestarlo después en escena. Del actor responsable en el escenario y en la calle: ahí está, para quien quiera encontrarla, la huella de Gassman. v Julio Huélamo Kosma 24 Blanco y Negro Cultural 21- 6- 2003