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Un acre de hierba EL LIBRO DE LA FERIA MEMORIAS CIENCIA Trenes invisibles de Danilo Kis EDUARDO JORDÁ ANILO Kis escribió uno de los mejores relatos del siglo XX, La enciclopedia de los muertos, pero por alguna razón sigue siendo un escritor poco conocido entre nosotros. La obra de Kis, igual que su vida, es una prodigiosa combinación de elegía y humor, de dolor y de sarcasmo. Kis nació en 1935, en una ciudad del norte de Yugoslavia. Su padre era un judío húngaro que no creía en el Dios de los hebreos. Su madre era una mujer de sangre montenegrina y de tibia fe ortodoxa. Entre sus antepasados por el lado materno había un héroe legendario de Montenegro que aprendió a leer y escribir a los cincuenta años. A los veinte años, la madre de Kis empezó a sufrir un proceso inverso al de Don Quijote: de pronto dio en creer que todas las novelas eran invenciones y patrañas y se negó a leer una sola novela más en su vida. En su momento, su hijo escritor también empezó a creer que la ficción tenía que contener una parte de verdad si no quería caer en el disparate. Ya mayor, Kis recordaba el puñado de impresiones que definieron su infancia: la vista de un cuartel y de un cementerio; el sabor del aceite de hígado de bacalao; el líquido de engrasar la máquina de coser de su madre y sobre todo, el sonido de los cánticos en una iglesia ortodoxa, porque aquellos cánticos le salvaron la vida. En 1941, los nazis invadieron Yugoslavia. Un día, su madre empezó a coser dos estrellas amarillas. Una era para su padre, la otra para Mira por dónde MIRA POR DÓNDE. AUTOBIOGRAFÍA RAZONADA, de Fernando Savater. Taurus. Madrid, 2003. 391 páginas, 23,50 euros D C Carácter festivo En aquel texto de 1990 Savater ya mostraba los orígenes de su carácter festivo apoyándolos en haber crecido en una familia feliz. Lejos pues la intención de ajustar cuentas con su pasado, en los primeros capítulos el filósofo dedica elogios a sus padres y a la dulzura cotidiana en que transcurrieron sus primeros años: Ya otras veces he tenido ocasión de repetir la confesión de Merleau- Ponty que suscribo: Nunca me repondré de mi incomparable infancia Otra persona menos inteligente hubiera podido quedar atrapada en la ratonera de la dicha infantil transformando el ser adulto en un intento de (imposible) prolongación de aquella felicidad perdida. Hay muchos ejemplos y algunos resultan especialmente patéticos. Al autor de Ética para Amador, sin embargo, aquello el ejemplo de sus padres, la armonía familiar, el apoyo incondicional le sirvió de estímulo para en- Su padre se salvó por los pelos de una matanza de judíos en las orillas del Danubio La depresión LA DEPRESIÓN, de Philippe Pignarre. Trad. René Palacios Moré. Debate. Madrid, 2003. 154 páginas, 14,50 euros él. Por suerte, el niño no tuvo que llevarla porque su padre había tomado la precaución de bautizarlo en la fe ortodoxa. En enero de 1942 llegaron lo que Kis llamaba los días del frío Su padre se salvó por los pelos de una matanza de judíos en las orillas del Danubio. Y en 1944, el padre de Kis partió en un vagón de ganado rumbo a los campos de exterminio. Kis publicó La buhardilla en 1962, cuando tenía 27 años. Esta novela paródica e inclasificable se inicia con una frase que augura el estilo de toda su obra posterior: Escuchaba llorar, en la noche, trenes invisibles El llanto de esos trenes invisibles resonó en todos sus libros. En 1978, después de una campaña de calumnias y acusaciones en la Prensa nacionalista serbia, Kis se fue a vivir a Francia. Para molestar a sus críticos, Kis insistía en que su exilio fue elegido, igual que el de Joyce A finales de 1989, enfermo de cáncer, Kis decidió poner fin a su vida. Por fortuna, no vio la desintegración de su país, ni la guerra que iniciaron con sus patrañas los mismos que le habían obligado a marcharse de casa. v L La buhardilla. Danilo Kis. Traducción de Gani Jakupi. Ópera Prima. Madrid, 2003. 119 páginas, 12 euros A depresión no es pecado. Los melancólicos no deberían sentirse culpables, aun cuando la tradición les asignara el sambenito de ser gente caprichosa, malcriada o pusilánime. Tampoco se trata de un destino, una especie de peaje a la entrada del estado de bienestar y casi en la salida del túnel de la evolución. Así al menos lo explicó E. Wurtzel en su Nación Prozac, una obra que alentaba a los consumidores norteamericanos del ansiolítico (la droga de la felicidad, hito de la nueva cosmética psicofarmacológica) a no considerar la depresión como un especie de estado natural entre los humanos. Ni siquiera estamos hablando de un malestar antiguo. David Healy (The Anti- Depressant Era) ha explicado que en 1952 los laboratorios Geigy renunciaron a desarrollar la clopromacina, el pri- mer psicotrópico eficaz porque dudaban de que fuera negocio. Desde entonces el cambio es de vértigo, pues en 1994 el Prozac ya era el segundo medicamento más vendido del mundo. Los casos diagnosticados de enfermedad mental se han multiplicado por 200 en cuatro décadas. De hecho la OMS prevé que la depresión será la segunda causa mundial de enfermedad. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué en España hay ya 4 millones de deprimidos y por qué el 75 por ciento de los ansiolíticos van para las mujeres, el sexo drogado? Para buscar respuestas y según confiesa, salvarse de la depresión, Pignarre ha escrito un libro rotundo, que quiere enseñarnos nuevas perspectivas. Detesta las explicaciones sociológicas y se discute con empeño la tesis de Ehrenberg que hace coincidir un cambio de valores sociales con el incremento de la ansiedad, el insomnio o la anorexia. El rápido tránsito desde una sociedad muy jerárquica a otra obsesionada con la autonomía y excelencia individual conduce al hartazgo de Detalle de Paciencia mecánica (1999) de Ana Soler UANDO Maria Charles recogió en En el nombre del hijo las confesiones de un grupo de escritores entre los que se contaba Fernando Savater, quedaba claro que su memoria era la de un hombre vitalista, inteligente y libre. No son mimbres habituales y por ello cabía esperar el mejor resultado el día que Savater se decidiera a explicar su andadura biográfica allí, y en otros libros, sólo apuntada. Lo ha hecho por fin y en un momento de madurez intelectual nació en 1947 de forma que el ejercicio de retrospección mantiene en su caso puentes tendidos al futuro. carar la vida con un talante positivo y rebelde. Savater rememora los febriles años del final de la dictadura, su detención política, el magisterio de García Calvo y Sánchez Ferlosio, sus primeros libros, los amigos de la Universidad, su alergia al gremio profesoral sin una palabra de ánimo cualquier día los universitarios acabaremos en la cloaca corriendo un púdico velo sobre su vida amorosa que dice no saber cómo tratar: Me sería imposible abordar la cuestión sin parecer ante mis propios ojos timorato o provocador o reticente o jactancioso o resentido o ufano o víctima o verdugo, pero siempre falso Cualquier lector aficionado sabe, en efecto, que no es un escollo fácil aunque cuando el autor acierta... la experiencia es enorme, que diría Pla. Los últimos capítulos de Mira por dónde se concentran en la valiente disidencia de Savater ante el nacionalismo excluyente del País Vasco: ¿Por qué tenemos que aceptar la jefatura del miedo? dice Mowgli a sus amigos de la selva temerosos de Shere Kahn. Savater ha sabido enfrentarse a su miedo, ha descubierto la manera de hacerlo, de la misma forma que algún día descubrió como aceptar el mundo. Su autobiografía razonada no decepciona, se espere lo que se espere de él. Anna Caballé uno mismo y produce la angustia de no estar nunca a la altura de nuestras propias expectativas. Investigar la causa Pignarre culpa a la petite biologie. Una práctica de los laboratorios que consiste en identificar para cada psicotrópico al grupo de enfermos que tras los tests responde al tratamiento. Pero no es así como debe hacerse. En biología se procede al contrario, primero se investiga la causa y luego se experimentan los remedios posibles. En el laboratorio entonces, y con un mismo gesto, se está descubriendo el mal, la causa y el grupo social de aplicación. No es, como decían Douglas o Illich, que cada sociedad construya sus enfermedades sino que son las corporaciones las que fabrican el malestar. Ésa es la razón de que crecieran los enfermos al ritmo demandado por los psicofármacos y de que, como dice Sloterdijk, la principal tarea política sea renunciar al confort de este inmenso hospital, salir del estado melancólico. Antonio Lafuente 22 Blanco y Negro Cultural 31- 5- 2003