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EN SAYO libros Viaje alos confinesde la Historia Reflexiones la Guerra, sobre el Mal y elFindelaHistoria BERNARD- HENAl iEvY Trad. deJosé Manuel Vídal Ediciones Barcelona, B. 2002 396 páginas, euros 1950 REGUNTAS más pregun y tas... Una tras otra. Sin res puestas. No hacen falta. La acidez de aquéllas es suficiente para lo grar el cometido de este libro: ser una crónica que estremezca nues tra selectiva indignación de occi dentales. Para ello Bernard- Henri Lévy narra algunos acontecimien tos, digamos omitidos Y lo hace siguiendo los consejos de Benja mm: sin distinguir entre aconteci mientos grandes y pequeños ya que nada de lo que sucede puede darse por (perdido para la histo ria Y así, uno a uno van planteán dose los interrogantes, deslizán dose con esa ebriedad de la duda de la que hablaba Ungaretti y que, como una pócima maldita, excita la curiosidad para luego socavarla bajo el hartazgo aturdido de quien ya no puede más... Bernard- Henri Lévy nos coloca ante el doloroso espectáculo de un mundo que rezuma desechos y es pectros anónimos, que vomita náu seas que se vierten sobre si, retroa limentándose en un eterno retorno sin historia ni sentido, sin dignidad ni horizonte moral. Las páginas de Reflexiones sobre la Guerra, el Maly el Fin de a Historia vuelven a edil car esa permanente literatura del yo en la que vive instalado el autor desde que se lanzó al oficio de escri bir con apetito divulgador. Esta vez lo hace auxiliado por el magisterio de tres nombres: Benjamin, Nietzs che y Lévinas. Y se nota, se palpa en cada uno de los fragmentos que hilvanan su trabajo. P ¿Piedad Peligrosa... E pie a Bemard- HenrIde Zwelg da ltítulo de la novela Lévy a martillear con pasIón nleztscheana sobre la retórica de quienes abrazan la Ideologíahumana. A estos humanitaristas, demasiado humanitaristas que viven cómodamente instalados en la tentacIón de la denuncia moral y que creen que todo puede resolverse culpando a Occidente de unos males que debe resolver con ayudas y compasión, l. é les acusade una temible tentación pocas veces analizada: la de pretender ser y parecer bueno, pues, cuál es la naturaleza de esa bondad, de esta piedad y de esta compasión? ¿Es realmente una virtud, una pasión, un vicio como los demás o una neurosis? El recuerdo de Gide emerge entonces de los sotanos de la conciencia occidental a través de la figura de una dama caritativa que al comienzo de la GranGuerra chillaba en el edificio de la CruzRojaparislna: iMe prometieron cincuenta heridos para esta mañana! ¡Quiero mis cincuenta heridos! -J. Rl. 1. E. Fotografíay reflexión Gracias a la combinación de la fotografia periodística y la refle xión a contrapelo nos ofrece un cóctel provocador, espeso y amargo, indócil y abrupto, que desciende por la garganta del lector como un sarpullido reptante que a veces ex cita y otras abruma y cansa. Su te sis es que a pesar de la justa conmo ción provocada por el ll- S, su terro rífica polvareda no puede cegar nuestra mirada moral. Sobre todo cuando existen otros acontecimien tos turbadores que transforman a miles de personas en sombras ceni cientas a las que, a diferencia de las fallecidas en Nueva York, se las condena a ser desposeidas de la dig nidad del recuerdo. El autor lo ex plica. Y no con el propósito de alec cionarnos, pues, aunque a veces sus reflexiones son un tanto preci pitadas, con todo, no llegan a incu rrir en esa moralina de salón tan apetecida por algunos. Su denuncia habría que ubicarla en otro te rreno. Es un reproche que trata de evitar que localicemos la geografia simbólica del nihilismo contempo ráneo con el corazón destruido de Manhattan. Hay que ir más allá, nos dice: a los confmes de las tinie blas que ensombrecieron el co mienzo de nuestro siglo con el aten tado del Trade World Center, pues, ¿cómo olvidar esa especie de finis terrae en el que se devoran los sig nificados y las explicaciones al con tener formas de vida in- humanas que padecen seres espectrales a los que no se puede dar nombre porque nacieron sin él? Angola, Sri Lanka. Burundi, Co lombia y Sudán son los escenarios elegidos. Atopías enmudecidas y Lévy noscoloca anteel doloroso espectáculo de un mundoquerezuma desechos espectros y anónimos sin interés para quienes habitarnos las insulas de opulencia que, des pués del shodc neoyorquino, sopor tan el oleaje furioso de un miedo que recuerda bastante aquel que padecían nuestros antepasados bajo la forma bélica de un asedio. Sin embargo, en estos agujeros ne gros del olvido se viven guerras atroces en las que el fin de la histo ria es una realidad, pero una reali dad habitada por ruinas y espectros cuya presencia no puede ser tole rada por quienes siguen creyendo en la historia y su potencialidad li beradora. Por eso, Lévy se envuelve con aire jeremiaco y arremete contra las visiones pacificistas del mundo y proclama que frente al terrorismo de Al Quaeda y sus terminales fa náticas sólo cabe una respuesta: romper con la política del avestruz, señalar al adversario y combatirlo con los medios políticos y militares necesarios. Pero no se queda ahí. La guerra debe plantearse a mayor escala. Debe poner fin a esos esce narios en los que la historia ha ter minado bajo el imperio del vacio, pues, ¿no podría ser que algunos de los excluidos del sentido y de la historicidad, tuviesen la terrible tentación, también ellos- -elterro rismo crea escuela- de llamar a la puerta del recuerdo de los que les condenan, y les seguirán conde nando, al papel de atormentados sin voz? Sentido liberadorde la Historia En fin, debe devolverse a la His toria su sentido liberador para no llevarla a un callejón sin salida. Debe hacerse mediante la guerra a aquellas guerras que extienden el odio y la miseria, que propagan esos agujeros negros en los que las palabras y las buenas intencio nes fracasan. Pero debe hacerse también tentándose la ropa, desde la impostura de quien sabe que las guerras siempre son horribles, es pecialmente cuando tienen sentido ya que hacen posible que se envíe a las buenas gentes al matadero bajo el argumento de que partici pan en una gran aventura Por eso Lévy apela a la guerra sin heroifi carla, pero comprendiendo que, o se acude a ella para poner fin al sin. sentido nihilista que hace que se acumulen más y más cadáveres, o se corre el riesgo de perecer ahoga dos dentro del vómito de nuestra indiferencia. JoséMaría Lassalie 18 BLancoy Negro CuItnI 28- 9- 2002