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Criatura pasantes; 0 El silencio JOSÉMARIA LATORRE Huerga Fierro. Madrid, 2002 221 páginas, euros 11,48 NARRATIVA Grandes convulsiones ALEJANDRO GÁNDARA ICHEL Houellebecq se ha encontrado con un pleito en Francia por llamar estúpida a la religión del Islam, si bien ha matizado que no por eso los musulmanes son estúpidos, con lo que ha establecido una diferencia de buen bw- gués entre lo que uno cree y lo que uno es. También Martin Amis acaba de hacer sus pinitos con el tarado de Stalin, provocando un revuelo inexplicable entre los historiadores: si yo fuera historia dor no me sentiría ofendido por lo que dijera un novelista sobre una figura histórica, a no ser que la figura histórica fuera mi pariente o el novelista demostrara que yo no me ha bía enterado de nada después de pasarme la vida entre legajos. Finalmente- -aunqueesto no termina nunca- la fotografía, publicada en numerosos medios de comunicación, de Günter Grass y el canciller Schrüder, levan tando los brazos entre vítores, ha resultado de lo más chocante y en consecuencia de lo más publicable. Ciertamente, todos estos ejemplos resal tarían triviales si no fuera por el espacio que le dedican algunos periódicos, cuyas góna das parecen haber sido violentamente za randeadas. Del lado del novelista, hay que decir que es una tradición cultural muy eu ropea meterse donde a uno no le llaman, pre cisamente por eso, porque a uno no le lla man. Vaya por delante que no estamos ante la vieja polémica del compromiso político del artista, toda vez que quedó demostrado que es mucho más fácil comprometerse pali ticamente que actuar honestamente con la propia obra, O sea, que es mucho más fácil hacerse de Izquierda Unida o de la Funda ción del PP que dejar de escribir como en el siglo XIXo de satisfacer las miserias intelec tuales y sexuales del lector. Ya no estamos ante eso, pues. Estamos ante que Houellebecq, por lo visto, se tomó unas copas y le dio pletórica, y luego con la que se montó ya casi mejor que se quedaba donde estaba. Ante que Martin Amis ha vuelto a escribir una biografía de su padre (a la anterior la llamó Autobiografía) con el que aún no ha resuelto casi nada, psicoaná lisis incluido. Y con que Grass es un maniá tico de Alemania, más que un patriota o un hombre de Estado: cuando se enfada con ella, se va a la India y vuelve más socialde mócrata de lo que se fue. Es decir, silos ejemplos son triviales en sus contenidos, no lo son menos en sus motivos. Ahora bien, elevar lo trivial a la categoría de visión del mundo es mucho más fácil que ver el mundo como algo trivial. De ese modo, I- louellebecq pasa por un fogoso antimusulmán, Amis por un historiador iconoclasta y Grass por un artista comprometido con la causa. Por su puesto, resultaría más complicado hacer confesar a I- Ioueflebecq su mal vino, reco mendar a Amis una terapia conductista y nombrar a Grass, de una vez por todas, pre sidente honorario de Alemania. Pero eso pondria al mundo en mal lugar Parecería habitado por tontos. Ya ves. Vida muertaperono vencida T ODO esta narración en tiende al tono crepuscular. como si al abrigo de las adverten cias de Montaigne el autor se co bijase. Me viene, así, a bote pronto esa cita de Lucrecio donde al autor francés, en su Apología de Raimundo Sabunde, dice que separado del cuerpo, arrancado de sus raíces, el ojo ya no puede ver ningún objeto, para, más taÑe constatar que, en realidad, arrastramos todo con nosotros porque sólo así el hombre puede conjurar la muerte mediante la memoria. Elegía a la memoria Esta atmósfera que mezcla la rebeldia ante lo inevitable con la aceptación sabia de la misma tiene su colofón genial en el Sha kespeare que nos ofrece la única vía digna que pretende lo poético, dar nombre y música a la nada evanescente Una salida airosa típica del Barroco del que aún hoy dependemos. Por eso no es de extrañar que en esta novela el au tor haya pretendido, de la manera en que sólo se es capaz de hacerlo ahora, erigir una suerte de elegía a la memoria de una muerta a la que la vida le ha sido arrebatada en un atentado terrorista, que vendría a corresponder en su sentido de imprevisible a lo que sería una fulminante enferme dad en otros tiempos, y que se en cuentra con que esa recupera ción de tonofantasmal sólo puede hacerse cabal destruyendo cualdor un juego de corresponden cias que sólo tiene como fin una difusa idea de recuperar lo per dido. Primero el lugar que debe corresponder a la persistencia de los Himnos a fi noche, de Novalis, como sí (lapoesía llamare a la ex tinción obra en la que el narra dor gustaba de obsesionarse cuando le llegó la noticia; luego, un recorrido bastante alucinante por una Roma donde se mezclan los chaperos de la Piazza della Re pubblica, las recientes restaure ciones pictóricas, guiño cruel a cierta atmósfera lúgubre que a él le hubiera gustado encontrar en la ciudad, y las disquisiciones de su amigo Alfredo Montal que le lleva a conocer a Arrigo, un escri tor que vive a las afueras entre gatos y una soledad atemperada por un vago misticismo. Aceptación de la nada De vuelta a Barcelona, el reco rrido se hace aun más intenso e interminable: desde el contacto con una asociación de víctimas del terrorismo cuya misión es justamente no perdonar ni olvi dar, hasta sesiones de espiritismo y psicofantes, remedos de lo abso luto, hasta concluir, finalmente, en la aceptación de esa nada. Re creación notable de uno de los as pectos en que puede ser tomada la fábula de Orfeo bajando a los infiernos, esta novela de José Ma ría Latorre es una inteligente re flexión sobre lo literario y sus lí mites. De ahi que, para acabar, sea pertinente citar a Ríllce, mas hasta en el silencio nació un nuevo comienzo, seña y transfor mación) De esta esperanza nace la novela. M quier seña de identidad de la misma, respetando el anónimo polvo en que se ha convertido. Pero lo dicho es el colofón a una historia que comienza cuando el narrador. novelista que acaricia con voluptuosidad la idea del fra caso, esta escribiendo un cuento donde trata de un compositor que decide suicidarse porque su arte le parece ya detestable, y es en ese momento cuando recibe la noti cia de que su esposa, Marta, ha muerto víctima de un atentado terrorista. Es en ese momento cuando comienza para el narra JuanAngol Jurlsto Del cuento dominicano presentada (la expresión del ho rror bajo la dictadura de Trujillo, la visión de la realidad desde la infancia y la presencia del hu VARIOS AIJ 1 DRES mor) lo primero que cabe desta Siruela. Madrid, 2002 Género proteico car de esta antología es la plurali 264 páginas, euros 16,50 Los cuentos dominicanos re dad de las composicionesque pre cogidos en esta antología dan senta. Manuel Uibre apuesta por prueba de esa literatura viva que la búsqueda de las posibilidades L cuento nos devuelvesiem transmite este género proteico formales, José Alcántara la fric pre el eterno arte de narrar. capaz de concitar una sola anéc ción entre el relato y el cine, Indefinible como género nada es dota (No hice por maldad de Angel Hernández o Luis Martín lo tan difícil de alcanzar como el co Ligia Minaya) o inultiplicarlas desembarazar al relato de retó razón de lafábula, como suscribi hasta conformar un pequeño rica para que su creación tenga la ría Augusto Monterrosso. Acaso cosmos (oLos muchachos del difícil apariencia de la esponta en esa dificultad resida la esencia Menphis de Pedro Peix) o apro neidad. Danilo Manera ha lo de lo artístico; y quizá también ximar el relato a una forma de grado una excelente antología y merced a esa indefinición ha narración simbólica con afinida nos acerca a autores a los que blaba Cortázar de los alrededores des kafkianas (Elboicot de Aa -hasta ahora era prácticamente del cuento, el único territorio que mando Almánzar) Si pueden imposible leer en España. nos es posible explicar El cuento, apuntarse algunas direcciones en tan antiguo como el hombre, de- la narrativa dominicana aqui reArturo GarcíaRamos Cuentos dominicanos (una antología) cía Borges, también podemos de cir, tan vivocomo el hombre, por que en su vitalidad se mide la li teratura presente. E o Blunio y gro Culüiral 28- 9- 2002 1