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AVANCE EDITORIAL Libros La próxima semana se pone a la venta Ultimas noticias de nuestro mundo, la novela con la que Alejandro Gándara ha ganado el Premio Herralde de este año. ABC Cultural ofrece un extracto y la crítica del libro, así como una entrevista al autor de, entre otras obras, Ciegas esperanzan y La media distancia Ultimáis noticiáis de nuestro mundo ALEJANDRO GÁNDARA LLOS andaban en todos lados. Uno de cada diez alemanes estaba relacionado con la Stasi. En cada edificio había por lo menos dos familias que trabajaban para la Policía. Escuchaban tras las paredes, miraban quién entraba en tu casa, qué tipo de ropa usabas, si hablabas con extranjeros. Todos queríamos parecernos a todos para escapar de sus ojos. A mí empezaron a mirarme por lo de los paquetes. Un dia me llamaron, en Magdeburg... yo era de Magdeburg- Walter bebió entonces su baltishka del tradicional único trago: notó cómo los pies despegaban del suelo y la cabeza se alejaba a un sueño de sensibilidad aguzada, bajo la m i r a d a de Ploshko- Mi jefe me dijo que tenía un permiso especial para dejar el trab o durante unas horas y asistir a una reunión en un edificio del centro. Yo no conocía ese edificio. Cuando llegué me hicieron atravesar muchas puertas. Hubo un momento en que sentí miedo de no haber contado las puertas. Cada nueva puerta hacía que aumentara el miedo. Al final me dejaron en un cuarto en penumbra, sin ventanas, aunque bonito y bien amueblado. Después de mucho tiempo entraron dos hombres guapos y elegantes. Parecían amistosos, pero sabían demasiado de mi vida: mi vino favorito, mi marca de cigarrillos, las direcciones de mis amigos, mis deportes preferidos, cómo se portaba mi hijo en la guardería, con quién me iba a la cama- Ploshko se había echado al gaznate un par de vasos y murmurando para sí, medio ausente, que si allí hubiera dos rusos como él aquella botella finiquitaba, y Walter quería averiguar qué había sido del niño de la guardería- Me dijeron que siempre me veían bailando, charlando con gente, que socialmente era muy animada y que ese aspecto a ellos les interesaba mucho y podían pagarlo con mucho dinero. Además, era atractiva, los hombres me miraban. Uno de E los policías se inclinó y me susurró, como un amigo que cuenta una confidencia o que da consuelo, que mi vida cambiaría. Se termiocirían las penalidades, tendría un empleo tranquilo y podría permitirme lujos con ios extras. El otro había ido a un rincón. Se quedaron en silencio un buen rato, esperando a que yo hiciera alguna pregunta, pero no hice ninguna. Mucho después, estuvimos tres o cuatro horas allí, el del rincón dijo que por nuestro país pasaban muchos extranjeros, diplomáticos, hombres de negocios, gente que sabia cosas. Yo reunía las condiciones para enamorarles. Era un servicio al Estado socialista, era defender a los- míos, porque los occidentales no J. Boto tendrían piedad con nosotros, esperaban que nos consumiéramos de miseria, esperaban que desapareciéramos de la faz de la tierra con nuestros hijos, nuestras casas, nuestros campos. Un largo discurso, despacio, sin énfasis, como si el tipo hablara para sí mismo. Eran muy buenos actores, casi genios en esa clase de situaciones- Herta había ido bajando del techo hasta un punto de la mesa recogido entre sus brazos y ahora no fumaba, mientras Walter había decidido concentrarse definitivamente en el paradero del niño- Sólo tienes que hacer eso que haces tan bien, dijo el hombre cercano, sólo eso que haces tan bien. No me pidieron ninguna respuesta. Me dejaron marchar. Cuaindo salí no pude encontrar la puerta por la que había entrado en el edificio, El edificio estaba allí, pero no la puerta. Jugaban con la mente, eran diablos para la mente, porque es una cosa frágil, un barco pequeño entre olas. Pensé que debería haberme negado, que debería haber tenido ese valor Y me preguntaba también por qué no habían exigido respuesta. Miró la cara de Walter Bauss como si a c a b a r a de d e s c u b r i r que estaba allí y escuchando. -No necesitaban que les contestase enseguida- terció Ploshko regresando de los lejanos pafees del baltishka- En esa ch- cunstancia la respuesta no valía gran cosa. Sabían que conseguir una aceptación proñmda, sin riesgos, dependía de una crueldad perseverante. -Diu- ante cuatro años no dejaron de acosarme. Una vez me cogieron en la calle con un paquete que había recibido de una amiga que vivía en otra ciudad. Me metieron en un coche con puertas que no se abrían por dentro. Me tuvieron allí dos horas, preguntándome sobre el paquete. No abrieron el paquete, sólo preguntaban sobre el paquete. Les dije que había ropa. Querían saber si estaba segura. Yo les decía que sí y ellos msistían. Qué clase de ropa, por qué me mandaban ropa, todo lo que se les ocurría. Pero no abrían el paquete. Empezaron a interrogarme sobre la amiga que me lo había enviado. Me daba miedo hablar sobre mi amiga y por otro lado tampoco podía mentb -Herta ya no apartaba la vista de Walter, el cuerpo y los brazos protegiendo algo invisible que seguía en la mesa- Las mismas cuestiones muchas veces, su número de teléfono, su dirección, su edad, y muchas otras para volver otra vez sobre las mismas a descubrir un error, a ver si mentía. Otro dia. al salir del trabajo, me llevaron a una casa en un barrio normal, enchufaron el televisor y me obligaron a comentar lo que veía, tenía que hacer un comentario sobre todo, música, noticias, documentales. Ellos no decían nada. De pronto me di cuenta de que había olvidado CDICIONCS que el niño estaba en la guardería y que tenía que recogerlo. ¿Qué es lo que tienen que hacer con una para que olvide cosas así? Me dijeron que al día siguiente lo encontraría otra vez en la guardería, que no le pasaría nada, que no debía preocuparme. Y eso fue verdad. Pasó muchas veces. Fueron cuatro años. Cuatro años sin descanso, mirando los coches, esperando que me agarrasen del brazo y me empujaran. Siempre eran policías distintos, siem- Uno de los policías se inclinó y me susurró, como un amigo que cuenta una confidencia o que da consuelo, que mi vida cambiaría pre hacían cosas distintas. Al final me decían que si ya había tomado una decisión y yo acabé repitiéndoles que no quería ese trabajo, que no quería ser una puta para la Stasi. Pero cada vez que se quedaban con el niño, el niño venía diferente. Poco a poco le estaban enseñando a odiarme. Cuando creció descubrí que lo había aprendido del todo... -Herta aguantó un poco más en el rostro de Walter, pero ya no pronunció palabra. Ploshko dijo entonces: -Quiero enseñarte algo. Ven conmigo. Vamos si quieres, Herta. Se levantaron y salieron de la cocina. Herta no se movió. Atravesaron el pasillo y dos cuartos con las camas en el suelo. Llegaron a otro cuarto, un par de caballetes, cuadros y un icono pequeñorodeadode focos. El artista los encendió. -Restaurar un icono es dejar que trabaje la luz creando intersecciones. Ahí aparecen los contrastes y los defectos, y también si algún barrabás ha metido mano con barnices o toques de su cosecha. Éste es del siglo dieciséis. Es lo último que venderé. Digamos que lo conservo como un altar a la propia gloria en extinción. Supongo que cuando lo restaure por completo no quedará más remedio. El icono representaba una escena tópica: María con el niño. El niño tenía una cara adulta y escéptica y la madre parecía una adolescente timorata Antología Hans- Georg Gadamer Xaiclv. es Í 9 je ¡ado 23 E- 37007 Salomonca ARC Culliiral 24-