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LAS OBSESIONES DE MIRÓ Arte nente neurótico que parece ser un ingrediente inevitable del genio artístico. Con esto no quiero decir que los ensayos del catálogo escritos por Carmen Escudero, Teresa Montaner y M. J. Balsach para Desfile de obsesiones no sean estudios de primera clase sobre la Historia del Arte. Sin lugar a dudas, contribuyen a aumentar nuestro conocimiento sobre las preocupaciones y las fuentes de Miró. La insinuación de que se vio influido por el arte visionario de William Blake es particularmente intrigante. Sin embargo, ignoran la descodificación más significativa de la imaginería de Miró, que fue publicada por William Rubin cuando era director de pintiu- a y escultiu- a del Museo de Arte Moderno de Nueva York. Rubin persuadió milagrosamente a Miró para que tradujera el significado concreto de las imágenes de El campesino catalán, una obra maestra en la colección del citado museo. La publicación de la traducción de Miró de sus imágenes deja considerablemente claro que su intención era inventar un lenguaje de imágenes pictográficas que pudiera leerse si se conocia su vocabulario. Lo que revela no es una obsesión, sino la decisión bastante consciente de crear un paralelismo con la lengua catalana, que durante la mayor parte de su vida como adulto sólo podía hablarse de forma clandestina y en secreto. A diferencia de Picasso, Miró vivió lo suficiente como para ver cómo la dictadura de Franco, que prohibió el uso del catalán, era sustituida por una democracia que permitió que esta lengua volviera a ser oficial, con una literatura y cultura propias. Del espíritu y el cosmos Hay muchas otras cosas que distinguían a Miró de Picasso, quien prefería la ilustración de mitos paganos a cualquier otro tipo de imaginería trascendental relacionada con el arte paleolítico o el medieval, que son precisamente las dos fuentes principales del vocabulario de orientación espiritual de señales y símbolos cósmicos de Miró. La formación académica de Picasso y su talento para el dibujo lineal le inclinaron inevitablemente hacia el arte clásico, que a finales del siglo XIX se convirtió en caricatura o en pintura académica. Por otra parte, Miró, al igual que Matisse, no se fijó en los paganos de la Antigüedad, ni del Renacimiento, sino en las convenciones de la üiuninación y la pintura mural catalanas del Románico. Es una coincidencia muy conocida que tanto Miró como Matisse se vieron influidos por el brillante color y los espacios planos del manuscrito del Apocalipsis de San Juan ilustrado por el Beato de Liébana. Además, como dejan bien claro la actual exposición de Barcelona y su catálogo. Miró estuvo influido por símbolos concretos, como los ojos flotantes extraídos directamente de las pinturas al fresco que vio de niño en Barcelona, y que ahora se encuentran en el Museo Nacional de Arte de Cataluña. De nuevo, a diferencia de Picasso, Miró no amontonó sus pinturas. Antes de su muerte creó la fundación que lleva su nombre. Como señala en el catálogo actual Rosa María Malet, directora de la Fundación Miró, el artista donó gran parte de su obra, no para vanagloriarse, sino para crear una fundación para la promoción y exposición de las obras de artistas más jóvenes. Lamentablemente, no hay en la actualidad ningún artista vivo que alcance las exaltadas cimas de Miró, ni que pueda rivalizar con su capacidad de innovar en todos los medios. Aunque sólo fuera por este motivo, todas las oportunidades que tenemos de ver las obras del maestro son una inspiración y un ejemplo de la capacidad del individuo para alterar radicalmente la dirección de la Historia del arte, por no decir de la propia conciencia humana. Porque, al fin y al cabo, no fueron ni Picasso, ni Duchamp quienes abonaron el terreno para los duraderos logros del siglo XX, sino que fueron Miró, durante toda su vida, y su colega francés Matisse, en sus primeras y últimas 18 ABCCiiIlural 18- B- 21 H: H