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NARRATIVA libros Una casa frente a l Tajo Eljardín sin límites LÍDIA JORGE Traducción de Eduardo Naval Alfaguara. Madrid, 2001 470 páginas, 2.950 pesetas El fugitivo que dibujaba pájaros LÍDIA JORGE Traducción de Eduardo Naval Seix Barra! Barcelona, 2001 223 páginas, 2.600 pesetas P OCAS literaturas actuales, y I más si pertenecen al espectro minoritario europeo, están dotadas de un espíritu de exigencia, de ese aliento de altura, poético, épico, filosófico y temático, propio de una enorme ambición y pasión por la escritura, como está dotada la literatura portuguesa de nuestros días. Una literatura que aunque enclavada fuertemente en su tiempo se ha mantenido firme, al resguardo de todo, y en especial de esa única salida aparentemente posible a la que se han entregado masivamente otros muchos. Es decir: debilidad y fugacidad de los mensajes, una fácU e inmediata legibilidad, ausencia total de aspiraciones en materia de lenguaje, junto a temas digeribles, no traumáticos y mediáticamente reconocibles. La literatura portuguesa en lo que va de siglo ha vivido en im estado de ex cepción y de calidad que no por azar, en las últimas generaciones, ha logrado reunir, en años sucesivos, a nombres como Agustina Bessa Luis, José Saramago, Vergüio Ferreira, Antonio Lobo Antunes, Almeida Faria, Mario de CarvaUío, Lidia Jorge, Luisa Costa Gomes y los fallecidos Miguel Torga y Cardoso Pires, por no hablar de grandes poetas como Eugenio de Andrade, Herberto Helder y Sophia de Mello Breyner Andresen, o ensayistas de la categoría de Eduardo de Lourenco. Una literatura espléndida y periférica que haUó su mejor símbolo en Fernando Pessoa. revelaría en 1980 con una primera novela, O Dia dos Prodigios, que supuso un importante acontecimiento literario e inició una nueva etapa de la literatiura portuguesa reciente. Poseedora de un elaborado estilo poético y simbólico, modulado a través de un rico conjunto de resonancias lingüísticas, metafóricas, gestuales, sensuales y psicológicas, traídas a la narración por im variado conjimto de voces, interpretaciones y ecos diversos, la literatura de Lidia Jorge no es ima literatura fácü ni complaciente con las evasiones, ensoñaciones y vaciedades habituales que muchos lectores buscan en eso que cada vez es más discutible calificar como libro. Lidia Joi e es de las autoras que ponen a los lectores a trabajar y a la vez los convierten inmediatamente en cómplices de sus brillantes y lucidísimas creaciones. J. Pagóla Un baúi como iierencia En Lidia Joi e su amor por la literatura y la lectura tiene algo de heroico, de legendario. Nieta de campesinos del Algarve, heredaría de un bisabuelo suyo un baúl de libros que serían su compañía durante la infancia. A la muerte de este antepasado, su mujer ya había preparado todos los libros para ser quemados, pero sería la abuela de Lidia, aún una niña, y que había aprendido a leer gracias a su padre, la que los salvaría. Cincuenta años después Lidia los heredaba. En su pueblo, del que la mayoría de los hombres habían emigrado, cada día, Lidia Joi e, de pequeña, les leía en voz alta a un grupo de mujeres que se reimían en casa de su abuela. de la individualidad, de la falta de lealtades y del fin del compromiso con ima sociedad a la que se cree no pertenecer Lisboa es aquí un paisaje metropolitano e indistinguible, en el que conviven influencias de todo tipo, lenguas mestizas- un inglés sin cesar infiltrado en el portugués- y donde se difuminan identidades y fronteras, formando tan sólo una geografía marginal, aparte, aislada, artificial, habitante del caos y desorden de im sueño o quizá vma obra que alguien está escribiendo y provocando. Serial killer autóctonos, de inspiración americana, se mezclarán con el cercano incendio del Chiado que un joven ci- tar todo movimiento y pensamiento para no distraerse. Como contrapimto irónico e histórico a esta banal parálisis, Lidia Jorge opondrá la figura de un antiguo antisalazarista, uno de aquéllos que años atrás habían hecho de estatua en los calabozos de la policía, se había quedado horas y horas sufriendo, de pie, con los brazos extendidos como cristos, agonizando por los altos objetivos de la himianidad iVIundo en descomposición Por su parte. El fugitivo que dibujaba pájaros es el bellísimo fresco que Lidia Jor e ha compuesto para simbolizar y representar poéticamente la lenta descomposición de im mundo, el mimdo rural portugués, a lo largo de cincuenta años, de los años treinta a los ochenta. De forma paralela a esta deserción y abandono, el abandono del campo, convertido cada vez más en im pedregal estéril e improductivo; Lidia Jorge edifica la creación de im mito himiano y literario: el mito de im padre que no lo es, que sólo crea hijos bastardos y confusos lazos familiares, y que está continuamente huyendo, alejándose, evadiendo contestar a sus misterios y secretos. Como todos los mitos, sólo conoceremos de forma indirecta, a través de otros testimonios, voces y verdades de motes creados especialmente para él- el trotamimdos, el soldado, el viajero, el indeseado del que se teme siempre su vuelta, preludio de posibles tragedias- a este personaje, Walter Días, oveja negra de una estirpe que se ha ido difuminando por el mundo, desraizándose a través de la emigración a lugares más prósperos: Estados Unidos, Canadá, Suramérica. Su hija será la encargada de narrarlo, de custodiar sus lugares, su enigma, los pocos objetos sagrados que ha dejado en herencia y que lo explican. Un emocionante poema crepuscular. POSEEDORA de un elaborado estilo poético y simbólico, la literatura de Lidia Jorge no es fácil ni complaciente. La autora portuguesa pone a los lectores a trabajar y a la vez los convierte en. cómplices de sus brillantes y lucidísimas creaciones Espléndidas traducciones De ahí la importancia de que autores fundamentales, como es el caso de Lidia Jorge, tengan en nuestro país larepresentación y difusión que merecen a través de traducciones (en este caso, espléndidas, de imo de los mejores conocedores y difusores de esa literatura, Eduardo Naval) como las dos simultáneas que han aparecido ahora de dos de sus novelas más conocidas: El fugitivo que dibujaba pájaros (Premio Dom Diniz, el BordaUo, el Pen Club Portugués, el Máxima y el Jean Monnet de Literatura) y Eljardín sin límites (Premio Bordallo) Anteriormente, se habían publicado en nuestra lengua sus novelas La costa de los murmullos (Alfaguara, 1989) y Noticia de la ciudad silvestre (Alfaguara, 1990) Nacida en 1946 en un pequeño pueblo del sur de Portugal, Lidia Jorge se De ahí ese ritmo magnífico, ese tono de oralidad y palabras medidas, calibradas, potentes, que tiene toda su literatura. Novela o crónica de una generación, El jardín sin límites está ambientado en un Portugal reciente, de finales de los años 80. Se trata de un mundo cercano, que es el nuestro, el común a todos, pero que está habitado a la vez por unos sombríos pronósticos de anulación y descomposición. Anulación de identidades, de unos valores generales e individuales ya inexistentes, y anulación de un paiSEÚe y una cultura en la que poder reconocerse. Es el mundo del anonimato que busca un imposible protagonismo; xui mimdo supuestamente libre de ataduras, cuyo absiurdo y vacío más total está habitado únicamente por sueños continuamente frustrados. Es el mundo del egoísmo. neasta que está rodando vma película desprecia por falto de interés Metáfora de un Portugal reciente, un grupo de jóvenes convive en una pensión, casi im barco a la deriva, cuya fachada da al Tajo. Habitantes liorrosos de un mundo de sombras, ninguno de ellos es él mismo, cada uno responde a un parecido cinematográfico que les otorga una identidad, ima imagen reconocible está el que se parece a Burt Lancaster, el ahijado de Orson WeUes la mirada de Al Pacino, Dustin HofEmarm, el Robert de Niro de Taxi Driver, María de Medeiros. De repente, todos encuentran una tarea común en la que volcarse: que Static Man, símbolo o fetiche de todo el grupo, el hombre cuya ocupación diaria es permanecer inmóvü durante horas, en plena caUe, consiga batir el récord Guinness de la inmovilidad, esa inmovilidad que debe evi- Mercedes Monmany ABC Cultural 21- 7- 2001