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v V A SIMÚN MARCH IN FIZ 4 L año 1925 representa un hito la consolidación de nuestra tradición de lo nuevo. Entre otros eventos reseñables, en jimio de celebra en Madrid la exposición de la Sociedad de Artistas Ibéricos, una iniciativa que aglutina a la incipiente vanguardia española, mientras a finales de septiembre un autor bien conocido, en un ensayo de gran fortuna, intenta comprender sin ira ni enstusiasmo los rasgos más acusados del arte nuevo Me refiero a José Ortega y Gasset, quien ya había terciado en dicha exposición reflexionando sobre El arte presente y en pretérito en unos tonos cuyos ecos se prolongarán, desde una perspectiva más europea y universal, en La deshumanización del arte. En esta obra no nos ofrece im panorama de los ismos, como casi al mismo tiempo hacía Guillermo de Torre en Literaturas europeas de vanguardia, ni se entrega a emitir juicios puntuales a la manera del crítico; incluso, ni nos habla de las obras. Su pretensión es captar los rasgos de una nueva sensibilidad artística en ciernes, ese fondo común del que brotan sus manifestaciones parciales desde el impresionismo, el cubismo que se Inicia en Cézanne, o los cruces del mismo con el expresionismo y el surrealismo, si es que no las bromas dadaístas, así como la música de Debussy o la poesía desde Mallarmé; vislimibrar ese nueva voluntad artística que sintoniza con la solidaridad compacta de todas sus manifestaciones espirituales: arte, ciencia ofilosofía, en consonancia con el espíritu de la época Tal vez lo más llamativo sea que, aun cuando sus gustos personales son bastante convencionales, a lo simio los de un moderno atemperado, se alinea con el arte nuevo convencido de que, lejos de ser un capricho momentáneo, es el resultado inevitable como reacción a lo que le antecede. A una historia anterior como la que relataba su admirado J. Meier- Graefe en La evolución del arte moderno y sobre la que venía reparando él mismo desde una agresividad manifiesta al abogar por una ruptura con todo el arte del pasado y una apertura hacia el porvenir Ruptura y apertura que, asumiendo el imperativo de estar a la altura de los tiempos, cultivaba un actualismo, en la acepción de Stendhal y Baudelaire, que no se limitaba al arte nuevo, sino que se expandía a la negación de los viejo, del tradicionalismo, en los más diversos ámbitos de la sociedad española. No sé si es consciente o no de ello, Ortega, comparte tesis centrales en la ortodoxia moderna, ya sea la concepción lineal de la historia artística, la ideología de la ruptura radical o el instinto futurista que impide una vuelta atrás. Cual vanguardista de convicción, que no de gustos artísti 11 de noviembre de 2000 Ortega (a la derecha) en Aravaca (Madrid) con Ramán Gómez de la Serna (1929) eos ni sociales deja los predios del pasados para traspasar los umbrales de territorios apenas oteados. No en vano, oscilante entre la inmadurez del nuevo estüo en las obras concretas, lo vislumbra tan sólo como aspiración. cometido o ensayo de laboratorio; incluso, más en las teorías y programas- poéticas- que en sus plasmaciones, en las intenciones que en las realizaciones. ¿Concibe a las vanguardias como proyectos insatisfechos? ¿Se ex- plican así sus silencios sobre los nombres o las obras? Otra de las notas más originales de su ensayo estriba en que Ortega parece contemplar la escena artística como un espectador sensible, adelantándose por tanto a la posterior estética de la recepción. Una estética cifrada en la impopularidad como destino esencial del arte nuevo y brecha infranqueable que se abre entre los que lo entienden y no lo entienden. Desde semejante intuición en la que sería oportuno matizar sus extrapolaciones biológicas, sociológicas o políticas, da en la diana de las relaciones problemáticas entre el arte de élite o de minorías y el arte de masas o de mayoría, y, aunque él mismo se sitúa en el bando de la nobleza de nervios, de la aristocracia instintiva qué duda cabe, se anticipa a los debates suscitados desde los años cincuenta, sobre la cultura de masas y la imagen popular. Posiblemente, uno de los nudos más incisivos de su argumentación sea que se centra en la impopularidad, cuya base es la diferenciación entre la actitud estética y las restantes actividades del espíritu, la incompatibilidad- más de índole pragmática que biológicaentre la percepción de la forma y la de la realidad viviente, ya que la mayoría de la gente es incapaz de acomodar su atención al vidrio y transparencia que es la obra de arte; en vez de esto, pasa a través de ella sin fijarse y va a revolcarse apasionadamente en la realidad humana que en la obra está aludida En otras palabras, el arte nuevo, en cuanto arte artístico se centra ante todo en los valores formales. Por eso, lo que más desconcertaba y todavía desconcierta en él es el abandono, la quiebra de la representación y su correlato: la eliminación o el debilitamiento de los contenidos entendidos al uso tradicional. Sobre esta quiebra se alza precisamente la deshumanización, el triunfo sobre lo humano, a través de unos dispositivos tan contrarios al sentido común, a la visión cotidiana o la racionalidad imperante, a los supuestos y convenciones realistas, como el estallido de los referenciaÍes, la estilización, la aspiración a la pureza, la ironía, la inversión de la percepción y de la metáfora o de cualquier otro dispositivo que hasta nuestros días ha celebrado la negatividad estética. Y es que, bastante antes que Theodor W Adorno, Ortega se percata de que en el orden artístico todo se ha vuelto problemático: nuestra relación estética con el pasado, el presente y el porvenir. Solo así legitimó lo moderno. 9 Simón Marchan Fiz es catedrático de Estética en la Universidad Nacional de Educación a Distancia. ABC CULTUJUL 19