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POESÍA Poesía venérea y frailuna FÉLIX MARÍA DE SAMANIEGO Eijardñi de Venus Ed. de Emilio Palacios Fernández. Círculo de Lectores. Barcelona, 2000. 282 páginas, 2.600 pesetas. LGUNOS escritores pertenecen, para muchos de nosotros, al territorio inmisericordemente idealizado de la infancia. Tal pudiera ser el caso de Félix María de Samaniego (1745- 1801) en el recuerdo de aquellos que estudiamos y leíamos en un sistema del que no se habían desterrado formas de potenciar la memoria. En tal ámbito educativo, las fábulas de la cig 2i rra y la hormiga, las moscas y el panal de rica miel, la lechera, el zagal que gritaba ¡qué viene el lobo! el hombre y la desgraciada culebra, la zorra y las uvas, la gallina de los huevos de oro y tantas otras proponían unos ejemplos morales que, tal y como escribiera el poeta de Laguardia, se apoyan en el concepto de la educación como base en que estriba la felicidad pública Samaniego sintetizó y tomó argumentos- tal y como ha estudiado AlSamaniego se entregó, con no mefonso I. Sotelo- de la tradición, de Fedro, nos dedicación que a sus fábulas, a otro de La Fontaine y de John Gay; sus viñe- tipo de poesía que hoy se nos antoja tas poéticas son como ligeras pildoras anacrónico calificar como erótica y de moral prescritas en un contexto ideo- mucho menos pornográfica Dichos lógico yfilosóficoen el que se aspira a la versos solían correr en copias manusconstrucción moral e intelectual del critas para solaz y divertimiento de los hombre. Cuando, atrás ya aquellas cla- propios poetas y algunos cortesanos y ses y lecturas infantiles, uno ha de re- políticos de talante liberal. Emulo Palagresar a la poesía de Samaniego, en- cios Fernández, que ya los había edicuentra incluso en sus fábulas otros ele- tado en un libro hoy inencontrable en mentos que, lejos del frío racionalismo 1976 y que ha estudiado las fuentes de supuesto, advierten de tonos y conteni- imitación o traducción de algunos de dos diversos; recomiendo, en este sen- estos poemas, los reimprime ahora cotido, la lectura de Los navegantes y de rregidos y ordenados bajo el título- en El hombre y la fantasma fábula ésta tre bucólico y galante- de El jardín de que termina con los siguientes versos: Venus. Son un total de setenta y ocho Digo que es un solemne majadero todocomposiciones, agrupadas en dos paraquel que pretende vivir en este mundo tes Cuentos y chistes eróticos y Poe- A sin su duende Pero aparte de su faceta como fabulista, la más conocida, Samaniego también añló versos satíricos, como su poema contra Tomás de Triarte, a cuyas obras vaticina el olvido aun cuando sean prohibidas por la Santa Inquisición lo cual, como ya estudiara en su benemérito ensayo sobre la poesía dieciochesca Joaquín Arce, nos habla de una lírica multiforme en la que conviven la poesía filosófica, la anacreóntica, aquella que trata temas y valores de la época (como la amistad, la ciencia o la virtud) junto a herencias de la poesía barroca y, por último, intuiciones prerrománticas. Por tradición filológica, persecución moral y, a veces, por pereza, han quedado fuera del panorama literario del siglo XVni- o no se han destacado lo suficiente- aquellas obras obras heterodoxas que, como el Arte de las putas de Nicolás Fernández de Moratín o los hoy inocentes Besos de amor de Juan Meléndez Valdés (donde leemos versos como éstos: y yo por alentarla corro con mano quieta de su nevado vientre las partes más secretas también constituyen el mosaico de un tiempo que algunos quisieron frustrado para la poesía. Siustración de Contes de La Fontaine sías lúbricas y galantes que toman al- como violación- el del cura de Dlescas, gunos de sus argumentos de recopila- por ejemplo- diversas escenas relativas ciones clásicas como Cent nouvelles al onanismo y algún que otro asunto esnouvelles o de los Cantes et nouvelles en cabroso como el de la necrofilia o el de vers de La Fontaine. Más que poesía la abnegación del exorcista que para sacar al diablo del cuerpo debe utilizar fuerzas contrarias. El conjunto de poemas está más cerca, para el lector actual, del registro satírico- costumbrista (pues, de lo que no cabe duda es de que se den por sentadas las prácticas de cierto clero) o de lo jocoso que de cualquier perniciosidad que del ejemplo pudiera derivarse. Contrariamente a aquellas fábulas de nuestra infancia, no hay en El jardín de Venus moral ejemplarizante alguna y sí, en cambio, mucho deseo de pura diversión verbal. En algún poefna se utilizan antiquísimas técnicas versales, como el cabo roto, con efectos aturdidores y formas, a veces, totalmente ripiosas: Con vuestros ojos ponéis en prisión los corazones y agarrando los co- géis I con bs dulces eslabones de las redes que tendéis El jardín de Venus es muestra fehaerótica, en cualquiera de las vertientes ciente de una cultura popular, unas que quiera dársele al término, Jios en- prácticas satíricas y un cierto relaticontramos con una colección cuasi go- vismo ante la moral oficial que se maniliardesca en la que campan las metáfo- fiesta en muchos de los que, por otra ras burdas referidas a los órganos se- parte, desde las Sociedades de Amigos xuales, las hipérboles en cuanto a del País, sus tribunas o sus obras filosótamaños ojos tentadores, talle listo, I y ficas trataban de una nueva humaniunas tetas que hicieran caer a Cristo o dad. No es tanto muestra de una doble frecuencias, siendo en este registro lu- moral del ilustrado como testimonio gar común la famosa docena de fraUe de las formas atávicas de la risa, de la que, casi con exclusividad, se atribuía a sátira y del mundo al revés. Aquí, los disfraces, el hacerse pasar por otro, la los Jerónimos. Los poemas, organizados estrófica- oscuridad, las intenciones aviesas y mente en silvas y pareados, con lo que otras añagazas remiten a una palabra: se potencia la narratividad y la memori- la falsedad. Si la sociedad logra mantezación, son continua combinación de ner el equilibrio entre la moral que exunos pocos elementos y personajes: la hibe y la que esconde, los valores humanecesidad física, las mujeres insatisfe- nos serán representación y no verdad. chas y los frailes que van oficiando aquí Ése es el ámbito en el que se instala, y allá como cosa establecida son. los tres como corriente filosófica y como río más habituales de las historias. En algu- subterráneo, gran parte del pensanos casos la sal de las mismas es de cali- miento ilustrado. bre más grueso, y así Samaniego no elude actos sodomistas presentados ilttsé Francisco Ruiz Cssaitova En las estancias la colección supusiera una dificultad añadida para quien revela aquí unos registros a tener en cuenta. Escrito entre 1993 y 1997, De camino a la casa enfoca tres ámbitos de sucesión y movimiento. El primero dice A la fuente y el poeta se figura en la imagen del habitante errante de una AS dificultades inherentes al ofi- casa: por las altas carreteras por la cio y los obstáculos que depara vereda: que me llevaría hasta la zacierta idiosincrasia isleña, han lle- fra, en un bordear de barranquillós revado a Oswaldo Guerra al circuito de pletos de nopales, cañas y zarzamoras las pequeñas y exquisitas colecciones. En el fondo, entre la maleza, una caja Sucedió con Teoría del paisaje (1992) y, de música; en el pozo, el hilo sonoro y de nuevo, con De una tierra extraña desvanecente de un tiempo que renue (1993) De camino a la casa, que es pro- van los tiros del solsticio de verano y piamente su primer libro, aparece que se metamorfosea: Ahora lumbre, como la doceava y última entrega en ascua, tan sólo olor Afuera el seEdiciones La Palma de la colección gundo haz de luz es periplo y pérdida Tierra del Poeta de la que han sido de tierra firme: Aquí me detengo a ver responsables los poetas Eugenio Pa- qué rumorean en el mar, qué me ofrecen dorno y Andrés Sánchez Robayna. Se- a cambio del pasado Se desvanecen, ría, pues, una lástima que el cierre de también, las huellas, las estelas, las f OSWALDO GUERRA SÁNCHEZ jj De camino a la casa Ediciones La Palma. Madrid. 2000. 53 páginas. Eirenas. Por eUo el poeta hace suyo en el tercer foco, En las estancias el concepto heideggeriano del lenguaje como casa del poeta: En la última y más pequeña estancia, tras la cortina de humareda, no descubro la casa toda, sino cuatro paredes de agua, nido de eterno rumor adonde iré la última de las veces Pero tampoco hay nada que esperar en el silencio de la memoria En la casa del poeta, que es móvü y volátü, como la del lenguaje, que sólo es eso, las redes, y luego un trozo inaprensible de espacio, y para seguir sólo es útil la compasión y la resignación del remendador de redes, la polilla o la maresía afecta todo, corrompe los barnices y la materia. Pero el ébano no es el árbol ni la porcelana es la tierra escribe Oswaldo Guerra. Y tal vez leerá el lector: La casa que se edifica, el espacio del poema, sus estancias sus es- tancias sucesivas, es confiada vocación de ruina. Con el recurso del poema en prosa (con el que otros autores canarios están recorriendo el paisaje insular y recreando su imaginario) Oswaldo Guerra ha entrado en las estancias en diálogo con lo exterior. Su labor ha sido la de registrar la melodía de una incandescencia rememorada. Hace falta a partir de aquí que diálogo y monólogo exterior- interior lancen las voces afuera. Ya fuera de las estancias, pero siempre en las estancias. En otro periplo de sucesión y movimiento. Para que lo que aquí son incipientes pronunciaciones de la extrañación se ex- tiendan. No tanto el silencio del lenguaje; la extrañación- le faltó decir a Heidegger- que es la verdadera casa del poeta. José Carlos Cataéio 12 ABC CULTURAL 7 de octubre de 2000