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JL FONDO DEL VASO NATURALEZA MUERTA CON SEÑORA ANTONIO LOBO ANTUNES ESDE. la muerte de su manido y desda que sus hijos se fueron de casa alquüaba en septiém- bre una planta baja miriúscula en la playa, donde antes había tenido una vivienda enorme. La planta baja quedaba, ahogada, entre dos edificios, frente a la carnicería, en una caUe en la que no se veía el mar Y pasaba las tardes en una silla dé lona, en medio de muebles que no eran suyos, con un cigarro entre los dedos, vuelta hacia la pared frontera, en la que había, colgado de un clavo, un plato de cerámica azul. Dejaba la puerta abierta por causa delhíimo, pero con el movimiento todose estremecia constántementé, la siílade lona, él plato, eüa misma, una vitrina- cqn tazas y vasos de colores, el periódico que, en su regazo, parecía no; leer A la hora de la cena ponía a calentar dos albóndigas y una cucharada de arroz que comía sola, en una mesa con mantel de hule, frente a iás noticias del televisor sin sonido. Después llegaba la humedad de la noche, como siempre en septiembre, y ella de nuevo en la. silla de lona. No encendía la tulipa rosada del techo que teñiría la habitación con un halo; pálido parpadeante: se quedaba, así oyendo las olas b ni- siquiera oyendo las olas, ño oyendo nada. El retrató del niarido mUerto, sobre, una especie de. cómoda, no se interesaba por nadie- Éh lá habitación de al lado, uha cama cas i de niño donde supongo que dormía. ¿Dormi- ría? En la habitación de al lado una cama casi de niño donde me imagino que seguía fumando a la espera de la mañana. A los ochenta años, me pregimtaba yo, ¿qué mañana se espera? Era delgadár. con- él pelo corto peí- nado hacia atrás, la ropa antigua demasiado holgada para su cuerpo. Había tocado el viblonchello, ahora daba clases, durante el invierno, én un piso de la Estrela que me recordaba los pecios de un naufragio. Hablaba poco, no se quejaba nunca. ¿De qué habría de quejarse? A fin de cuentas, la; vida nó había sido tan. mala, ¿no? En septiembre las gaviotas abandonaban la playa y gritaban en los tejados, asustadas con la marea viva derequinoccio. Los veraneantes se marchaban poco a poco, el car ni- cero, sin clientes, se rascaba en el umbral, casi nada se estremecía en la calle. De vez en cuando llovía sobre los restos del verano y los perros aparecían desde los terrenos baldíos y desde las dunas en jaurías 23 de septiembre de 2000 D Ui U. ii,ii: i, tj) ...i silla de lona, seguía fumando. ¿Hasta cuándo? Solía visitarla al hacer una pausa en mi libro. Bajaba de allí arriba, casi í) 1- ic en la Tomadla, golpeaba la puerta iabierta y entraba. Había una segunda sUla frente a la sUla de lona y yo me sentía insatisfecho y desilusionado i i (con mi trabajo. Apoyaba el brazo en el 1 ii. mantel de hule y le sonreía. La son- 1 i risa con la que me respondía se ase- i 1 ijr -Kj- mejaba a una grieta en un. muro i i noso. Un muchacho en bicicleta exhi. y; bía sus habilidades en la acera, un hombre con una bombona dé gas al -íi hombro cruzaba la calle. En la vi- í trina, las tazas y los vasos de colores 1 f i me intrigaban. ¿Quién los utilizaría h en enero, eri marzo, en mayo? Después C- r iiV. me acordaba de una frase mal escrita i TI I rlllí. i t t y me marchaba a corregirla. Era una novela difícU para mí, cuyas palabras. tardaban en llegar No podía hacer más de tres páginas por semana, aun. ip: v i levantándome temprano y dedican- dolé todo el tiempo. Un mirló en el piri- nar, sin duda el mismo de cuándo yo era pequeño, me distraía. Mirló, mirlo. El hombre de la bombona de gas sé paraba a descansar, el mucha. i. cho dé lá bicicleta había desaparecido. i Me daba pena dejarla en la silla de f lona, frente al plato de cerámica azul ífti, v colgado de im clavo. ¿Qué podía. yo ha- -i. ni v i cer? ¿Impedir que llegasen octubre y 1- las gaviotas a gritos en los tejados? ¿Ahuyentar a los perros vagabundos cabizbajas de hambre, niastines sin En la planta baja ahogada entre dos conia escoba de la carnicería? ¿Darle destinó que olisqueaban zanjas. Él edificios, en una eslíe en la que no se, hacia atrás a la manivela y devolverle carnicero los. ahuyentaba con la es- veía el mar, el cigarrülo entre los dé- -Tome coba y, ellos corrían hacia la playa en dos no se consumía nunca. El- ma. la vivienda enorme, con jardín, busca de restos olvidados. Se los po- rido; una presencia cada vez; más d. is- con piscina, con la escultura de márdía ver desde la muralla recono- tante en el retrato. Allí estaba el; con mol- en la entrada? Me apetecía olviciendo cañas, cestos, botas, esas co- corbata, en algo semejante a üri jar- darme de ella y de su puerta abierta sas que; sobran de las olas, Al afarde- dín. Aún joven, de pelo oscuro y con por causa del humo, del periódico cer o en el transcurso de la noche gafas. Le había parecido guapo. que, en su regazo, parecía no leen Ollanzaban aullidos a la sierra, coro- Ahora le daba igual, pero seguía vidar las albóndigas y la cucharada nada por las primeras nubes del guardando la fotografía en la maleta de arroz. Las noticias del televisor otoño. Los; empleadós del Ayunta- y. llevando la fotografía de regresó, la sin sonido, donde un pez con chamiento, ba! rrían septiembre con las ponía en la mesilla de noche, junto al queta abría y cerraba la boca mezmangueras. Ya no llegaban autobu- reloj, cuyas horas no tenían sentido. clado con incendios y ministros. De ses, ya no llegaban automóviles. Lo Trece veinte, siete y doce, ima y diez, manera que decía- Hasta mañana que ocurría escasas veces en octubre. ¿qué diferencia había? Sentada en la y, ya fiíera, me metía lasmanos en los bolsUlos. Me metía lo más posible las manos en los bolsillos, cerradas con tanta fuerza que al coger la estilográfica me daba cuenta de que las articulaciones me dolían. Pero no me hacía daño: las masajeaba examinando mis papeles y al rato me sentía capaz de volver a empezar. Sólo tenía que olvidar la grieta del muro ruinoso de su sonrisa. PerO de eso, gracias a Dios, imo se olvida. ¿O nó? H l J l g ií- i ífl 8; F ABC GULTURAL 15