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VIAJES Una épica menor TIM SEVERIN Bvi deSImbad Traducción de Delia Mateovich. Prefacio de Javier Reverte. Eds. del Bronce. Barcelona, 2000. 308 páginas, 2.500 pesetas. N la presentación que Javier Reverte, director de la colección, hace del autor del libro, habla de la travesía que, en una embarcación fabricada con pieles de buey, realizó Tim Severin siguiendo la ruta de unos monjes irlandeses que supuestamente llegaron a las costas americanas mucho antes que Cristóbal Colón. A esa aventura siguieron otras en las que Severin volvía a colocarse en la estela de algún viajero mitico: la de Jasón y los argonautas en busca de Vellocino de Oro, la de Ulises en su vagabundeo por el Mediterráneo tras la caída de Troya, la de los guerreros que con la Primera Cruzada llegaron a Jerusalén, la de Marco Polo por tierras de Mongolia... Sobre cada uno de esos viajes escribía después un libro en el que recogía sus impresiones y experiencias. El que hoy nos ocupa es el relato que, hace ya dieciocho años, publicó sobre la travesía en la que había tratado de recrear los viajes de Simbad el Marino por los Siete Mares. Vaya por delante el escaso aprecio que me inspiran estos aventureros modernos, con ese tufillo a ropa de Coronel Tapioca y ese bronceado estilo Camel Trophy El auténtico aventurero lo es por destino o necesidad, no por capricho ni por vocación, y convertir la aventura en un juego de riesgos calculados tiene algo de teatral, como los antiguos duelos a primera sangre, y de innecesario, como NARRATIVA E escribir la Biblia en un palillo. En esta simulación de la aventura sobrevive, eso si, la epopeya de la lucha contra la adversidad, la del encuentro con los imponderables y el afán de superación. Sobrevive también la exaltación del ser humano reintegrado a la naturaleza, devuelto a cierta indefensión elemental, a un estado casi primordial y puro, de esa época, anterior a los grandes avances tecnológicos, en la que el hombre dependía de la fuerza de sus músculos y la habilidad de sus manos. Y sobrevive, por supuesto, el exotismo que siempre ha acompañado a las aventuras clásicas. Pero todo ello sobrevive en forma de épica menor, como una novela de aventuras que en el fondo nunca llegas a creerte. En este sentido, el relato de las experiencias de Severin, por reales que éstas sean, se nos presenta paradójicamente más falso y artificioso que cualquiera de esas obras de ficción a las que parece querer emular, y este Viaje de Simbad es a sus modelos más directos (no a las historias de Las mil y una noches sino a las novelas de Conrad o de London) lo que Disneylandia al paraíso terrenal: un sucedáneo vulgar y equivocado. Dicho esto, tampoco puedo negar que el libro está bien escrito y acaba resultando interesante. Narra Severin todas las fases de la aventura, incluidas las fases previas: desde el diseño de una embarcación a semejanza de ciertos veleros árabes medievales y los arduos esfuerzos por localizar la madera adecuada hasta el reclutamiento de tripulación y técnicos y su traslado al puerto de Omán en el que el Sohar ha de ser construido. Comienza fmalmente el viaje y aunque en él no van a faltar algunos episodios más que previsibles Gos inevitables temporales y períodos de calma chicha, el también Inevitable peligro de encallar en unos bajíos, los no menos inevitables accidentes a bordo, sustos con tiburones y encuentros con ballenas y delfmes) la siempre despierta curiosidad del capitán y narrador acertará a descubrirnos no pocos detalles insólitos de la geografía que atraviesa. Conoceremos, por ejemplo, la anti gua organización social de las islas Laquedivas, en las que el delito prácticamente no existía. Sentiremos la opresiva atmósfera de los puertos indios y descubriremos las extrañas costumbres matrimoniales de los indios de religión musulmana. Visitaremos Sri Lanka, con sus legendarios cementerios de elefantes y su no menos legendaria producción de piedras preciosas. De Sumatra nos serán mostradas sus tradiciones guerreras, de Malaca su pintoresco mercado a orillas del río y de Singapur sus imponentes rascacielos. Éstas son las principales escalas que el Sohar realiza antes de adentrarse en el mar de la China Meridional que, con la amenaza siempre constante de un tifón, le llevará a su destino último, en Cantón. A mi el libro de Tim Severin me ha recordado sobre todo a esos documentales de la segunda cadena en los que ves grullas o garzas en plena época de apareamiento, hombres con turbante reali- zando no se sabe qué extrañas ofrendas, intrépidos submarinistas rebuscando entre arrecifes coralinos, osos polares lanzándose a pescar desde su iceberg, caravanas de hormigas trasladando alimentos varias veces más pesados que ellas mismas, y de hecho creo que el púbUco al que Severin se dirige no es muy diferente del que disfruta de esos documentales desde su sofá dominical o pasa por el kiosco a recoger el ejemplar de National Geographic que le tienen reservado. De todos los episodios más o menos singulares que el autor recrea, los que a mí más me han interesado son aquéllos en los que se percibe cierto sentido del humor, que curiosamente coinciden con los protagonizados por los únicos personajes divertidos y esfrafalarios de la h ¿toria: Shanby, cocinero de a bordo que sólo sabe cocinar (y mal) un único plato y que tiene la costumbre de utilizar las cazuelas para lavarse los pies, y Richard Greenfield, fotógrafo y responsable de algunos desastrosos inventos más propios del profesor Tornasol. Acaso la historia habría salido ganando si Severin hubiera renunciado a encontrar el lado épico en los gestos y actitudes del resto de la tripulación. Más que nada porque, como ya he dicho, la épica de esta aventura suya se nos antoja menor y casi de pacotilla. ¿Qué aventura es ésta en la que en ningún instante se presiente un peligro verdaderamente serio? Son muchos los que ahora dedican sus vacaciones a practicar el llamado turismo de aventura. Si todos ellos hicieran como Severin y publicaran el librito consiguiente, no habría sitio para tantos volúmenes ni en la mismísima Biblioteca del Congreso. Ignacio Martínez de Pisón El taller de la ficción JORDI MOLLA Agua estancada Muchnik. Barcelona, 2000, 166 páginas, 1.600 pesetas. L excelente actor Jordi Molla (Barcelona, 1968) ensaya por segunda vez sus dotes de novelista. El texto, y lo nombro así a propósito, pues le falta definición argumental para que sea una novela, posee cualidades dignas de elogio, siendo la más destacada el cuidado de la escritura, el que su prosa no sólo fluye bien y resulta expresiva, sino que dice de forma directa. Esto es importante cuando se trata de una novela corta sobre el sinuoso arte de escribir una ficción. Diría que la obra es como una sesión de escritura similar al momento que precede a cuando los músicos afinan I sus instrumentos antes de un conS cierto. Aquí Molla redacta una histo 8 ABC CULTURAL E ria sobre un escritor y su editor, en que el tema puede ser la pérdida de un amor, de EUa, que quizás sufre él mismo. Comienza el novelista de la obra con tm nombre, y lo demás de su obra son páginas en blanco, que el recuerdo irá llenando. La palabra corresponde al nombre de una ciudad, Chadal, en Rumania, el lugar donde conoció a la amada al borde de unas aguas estancadas. Aguas que parecen un símU de la creación, aunque de ellas no surge una bella y refulgente sirena. Aparecen los recuerdos de cuando los amantes se miraban en ellas y se hablaban con palabras en un idioma desconocido para el. otro. Al final sabemos que el narrador, el que redacta las memorias, ya no existe. Parece como si se dijera que la creación proviene de elaborar recuerdos, en los que se cruzan el tiempo y los lugares, el ayer y el presente, y que en ese estanque es donde el escritor acude a buscar la imagen de la vida que será su novela. Incluso el otro yo que narra desapa- rece, porque el autor adopta una nueva personalidad. Insisto en que la obra es un ejercicio, un intento por parte de Molla de clarificar su trayectoria. Testimonia el deseo de explorar los límites de la ficción, por ello fragmenta el argumento, la historia se corta, se rehace, se recompone de diversas maneras. Los personajes son como actores que desempeñan diversos papeles y que no se identifican con ninguno aunque en todos ellos hay algo de sí mismos. La obra es, pues, una especie de pieza de escritura libre, en que de vez en cuando leemos retazos de una historia- la muerte de Ella hace tres años, el escritor que acude a unos estudios de televisión a promocionar su último libro, y así- pero enseguida se cruzan otras historias, variaciones de las anteriores. E! texto sabe a ficción, rezuma invención, pero la narración queda en una firme promesa. Bermán GuÜón 19 de agosto de 2000