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EPISTOLARIO Dos amigos que escriben ROBERTLOUfSSTEVENSON Traducción de Maria Cóndor. RonrüT f. oi: v ft -r- NiíON B ií i ii ¡ii nÍÍftíey ÍÍIS! Í f lililí (le tina aíiiisfad i) (fíw I JíCÍJlJ 1 iÍdta ettii tféíitSilltl ISilléSsiílrBí n I f E la misma manera que hay L razones que la razón no entiende, existen afinidades que tienen poco de afín. Este fue el caso de dos grandes escritores que congeniaron sorprendentemente hasta llegar a ser íntimos amigos. Uno era un escocés inquieto y errabundo, bohemio, dado a escribir poesía y novelas de aventuras; el otro un norteamericano circunspecto y sutil, educadísimo y con un aire muy inglés, autor de prosas exquisitas e indirectas. Casi de la misma edad (James era siete años mayor) y los dos locos por la literatura, aunque de formas muy distintas: para uno, algo así como un sacerdocio ejercido entre la buena sociedad, para el otro- enfermo incurable- una segunda vida fantástica. Stevenson, escritor de aire libre, de intemperie, aventurero y casado arriesgadamente con su amada Fanny; James, hombre de lugares cerrados, con cortinajes y alfombras, y desde luego solterón. Tan diferentes en todo, en cómo vivían y cómo escribían ¿podemos imaginar a James inventando una novela de piratas? que su trato casi parece inconcebible. Leerse el uno al otro, sí, incluso admirarse recíprocamente, pero ser amigos... Se sabe que el caballero y el trotamundos se vieron por vez primera en setiembre de 1879, y James comunicó sus impresiones agridulces en una carta: Es un tipo agradable pero también un bohemio despechugado, y aunque de modo inofensivo, un poseur Cuando James recurre al francés suele ser con segundas y recónditas intenciones; pero el hecho es que en 1884, cuando en un artículo titulado El arte de la flccíón da la réplica a un tal Besant, que debía de ser bastante tonto, habla de la narrativa como de un oficio sagrado y cita de pasada muy elogiosamente La isla del tesoro. A las pocas semanas, Stevenson (que vivía en Bournemouth, en la costa sur, escribiendo en la cama a causa de sus pulmones siempre CULTURAL 20 ABC malheridos) le contesta con gratitud, admiración y algún que otro matiz de no poco relieve. Fue el comienzo de una serie de cartas amables, intercambiando piropos literarios; Stevenson le dice que al lado de James él es un patán y un zarrapastroso su corresponsal, como de costumbre, derrocha finura y circunloquios, sin abandonar completamente el aire de maestro que sabe mejor que nadie lo que se trae entre manos. Pero la personalidad y la aguda inteligencia del escocés le fascinan, y no iban a tardar en verse muy a menudo. En la primavera del 85, James, que está escribiendo La princesa Casamassimá, se instala en Bournemouth y va mucho por Skerryvore, la casa de Stevenson (dos plantas, ladrillo amarillo, tejado azul y abundante hiedra) quien la llama así en memoria de un faro que construyeron sus antepasados. Allí acaban reservando al norteamericano su sillón favorito, y él les regala un espejo veneciano que toma voz en un poema de Stevenson. Allí estaban, en el salón azul intimando insospechadamente, James un poco paternal, Stevenson efusivo, hablador, Fanny respetuosa y algo intimidada por aquellas visitas. Ante el príncipe de los hombres como se llama a James en un poema stevensoniano, el anfitrión lucía su chaqueta de terciopelo, o si hacía frío, envuelto en un chai a la manera de poncho, liando cigarrillos y retorciéndose los largos bigotes. El maestro cordial y con una pizca de reserva, Stevenson locuaz, apasionado, eufórico, quizás excéntrico, en cualquier caso charming, comenta su amigo, es decir, simpático, encantador. Aunque tanibién dice en una de sus cartas que está más o menos muriéndose en lo cual se equivoca, porque iba a vivir diez años más, Stevenson se pasó la vida muriéndose. Los dos se hacen dulces reproches: para James, Stevenson es un niño perenne, que carece de la mirada adulta y no exenta de sofisticación, que es tan suya. El escocés echa en falta en el otro un poco más de brío, de vitalidad, de sueños desatados. Ambos tienen un culto común a las palabras y a las historias, se entienden muy bien, pero uno es el artista y el otro el narrador Tiene usted una alegría sistemática dice James a su amigo, envidiándole tal vez, y Stevenson, en medio del tropel de alabanzas a la perfección jamésiana, dice bien claro que no en todas sus obras hay gente de carne y hueso Los Stevenson se van a América, luego a los mares del Sur, Honolulú, Samoa, la correspondencia se hace más afectuosa y melancólica: Está usted demasiado lejos se lamenta uno desde Londres, regrese, no se vuelva demasiado tenue el otro desde Vailima, se recrea en la vida salvaje y caprichosa (los adjetivos son del archicivilizado James) y se confiesa: Nunca me han entusiasmado las ciudades, las casas, la sociedad, la civilización Ambos cariñosísimos, aunque en los encabezamientos de las cartas hay curiosos matices: Mi querido Louis dicen unas, pero mi querido James o mi querido Henry James Stevenson siempre evitando la fami- CASI de la misma edad, y los dos locos por la literatura, aunque de formas muy distintas: para uno, algo así como un sacerdocio ejercido entre la buena sociedad, para el otro, una segunda vida fantástica. Stevenson, escritor de aire ubre, de intemperie, aventurero y casado arriesgadamente con su amada Fanny; James, hombre de lugares cerrados, con cortinajes y alfombras, y desde luego solterón liaridad de limitarse al nombre de pila. De los dos, el más triste, añorante y solitario es el londinense cada vez más falto de compañía en mi vejez, cada vez más encerrado en la soledad Cosas que dependen de las opciones vitales más que de la geografía. Son los primeros años noventa, se maravillan mutuamente de lo que escriben, se hacen eco de las novedades, el Joven Kipling que es el pequeño monstruo le hacen asco a Zola, dicen pestes de la crítica, se meten con Hardy, les encanta, por algo son hijos de su tiempo, Anatole France y Bourget. Libros van y vienen entre Europa y los antípodas, los de Stevenson a caño libre, los de James, también numerosos, pero afiligranados, selectísimos como los regalos que había hecho a la familia de Skerryvore: un espejo antiguo y champán. Su lugar en mi afecto no ha sido usurpado por otro Cuando Stevenson murió de repente en 1894, la carta de Henry James a la viuda, Fanny, es sincera y desolada, y rubrica esta amistad tan poco común como la inteligencia y el sentido humano de los que, aunque dedicándose a escribir, también saben poner el corazón un poco más lejos. Garlos Piúol 29 de abril de 2000