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NARRATIVA La aventura de la no escritura ENRIQUE VILA- MATAS Bartl yy compañía Anagrama. Barcelona. 2 ÜOfJ. 1i 3 papillas. I. íno po. otas. Barcelona en 1948. Enrique VilaMatas tiene tilia amplía obra narrativa traducida a doce Miomas. Algunos de sus títulos son La asesina ilustrada. Impostura. Historia abremaáa déla literatura portátil. Suicidios ejemplares. Hijos sin hijos. El viaje vertical... eso de la novela y de la literatura, qué función juegan en la vida del hombre y de la sociedad de nuestros días, todo ello envuelto en una prosa tan sencilla como eficaz, tan elegante como desgarrada, con un sentido del humor incomparable, un equilibrio de funambulista desesperado y siempre con la sonrisa en los labios. Su sentido de la sorpresa, de la provocación, del juego permanente, se inscriben además en una vasta panoplia de sabidurías literarias insólitas o poco conocidas, en las que siempre fulguran chispazos tan b r i l l a n t e s como ambiguos, en medio de los cuales el lector avisado se mueve como pez en el agua. Y así, al verse obligados a r e s p i r a r bajo el agua, sus lectores sólo podrán hacerlo provistos de esas especiales branquias que sólo el amor a la literatura proporcionan. Libro a libro, E n r i q u e Vila- Matas ha ido reflexionando sobre la l i t e r a t u r a mientras destrozaba el género novela uniendo relatos más o menos fragmentarios Hijos sin hijos o Suicidios ejemplares) o p a r o d i a b a los discursos críticos en raras conspiraciones (en la tan originalísima Historia abreviada de la literatura portátil) disgregaba o unía las voces narrativas (Una casa para siempre) destrozando la novela de espías (Extraña forma de vida) o la de fugas con regresos (Lejos de Veracruz, la mejor de todas en mi opinión) ginar a Bartleby reunido? Pero todo se pone en marcha, empieza la búsqueda y rastreo de bartlebys por doquier, desde los más grandes- Rimbaud y RuUb, claro, pero también Joubert o Salinger- hasta los más desconocidos- y quizá menos imaginarioscomo el de la amiga del narrador a la que impide escribir la presencia de El Mal sesentayochista por excelencia, el influjo de la vanguardia francesa del i W nouveau román y tel quel. No quiere h a b l a r de los bartlebys suicidas, pero aun así habla de algunos tan grandes como Chamfort (o convierte a Jacques Vaché en suicida, lo que es algo dudoso, pues la leyenda se la inventó Bretón) ni de los fracasados, pero sí de Felipe Alfau, o de locos como Robert Walser o Hólderlin, de falsarios como Hoffmansthal, que sólo renunció a la literatura para escribir su Carta de Lord Chandas para luego volver a ella como el t r i u n f a d o r que era, o Gregorio Martínez Sierra (pues fue su mujer la que le escribía sus obras) o el legendario B. Traven, que no dejó de escribir jamás, sólo se escondió, como Blanchot o Pynchon, pero sin dejar de escribir nunca. Esta invención de los bartlebys hereda la de otro de sus libros anteriores, el de la conspiración de locos, borrachos y alegres shandys en su Historia abreviada de la literatura portátil de los felices años veinte, que así perpetuaban al profeta universal de todas las divagaciones, el Tristam Shandy de Laurence Sterne. Pero todo este deslumbrante chisporroteo de fuegos artificiales, que encabalga sucesos, ensayos, anécdotas divertidas- alguna menos, como la del mal de Teste en una sucesión de meandros todos ellos significativos, nos habla de lo más serio que existe en el mundo de la creación literaria: el diálogo entre la escritura y el silencio, entre el misterio de narrar y el de callarse, pues hablar puede ser una manera de no decir nada, mientras que en el sUencio más pavoroso se puede decir casi todo. Y el hallazgo a lo largo de este libro del mayor bartleby de nuestro tiempo, todavía vivo y entre nosotros, Pepín Bello, el amigo de Lorca, Buñuel, Dalí y tantos otros, pero del que nunca sabremos si hubiera podido escribir o no. De todas formas, el Bartleby de Melvüle era trágico, su silencio era previo y anterior a todo, no escribía, sino que copiaba, y t e r m i n ó en el silencio final, como quizá nos mostró Samuel Beckett, que no dejó de escribir adelgazando su esc r i t u r a h a s t a que le i n t e r r u m p i ó la m u e r t e Menos mal, así no hay bartlebys que valgan. Rafael Conté ABC CULTURAL 9 NRIQUE Vila- Matas (Barcelona, 1948) es un escritor germinal y no tan sólo porque en todos sus libros se parte de una idea previa tan luminosa como insólita, sino también porque en su contrastada originalidad se ha mostrado invulnerable al paso del tiempo, que ya se acumula a sus espaldas con tal ligereza que le permite seguir apareciendo como nuevo sin paran Dieciséis libros a lo largo de veintisiete años configuran ya una carrera total, con la que no hay más remedio que contar, pues además su repercusión es manifiesta tanto dentro como fuera de nuestro país, en el ámbito hispanoamericano- donde quizá es más admirado que aquí- o como en el de la docena de lenguas a las que ya está traducido. Articulista y crítico bastante provocativo, irreverente y marginal, publicó sus primeros breves libros a partir de los veinticinco años, padeciendo primero el influjo del ya residual experimentalismo de los setenta- Mujer en el espejo contemplando el paisaje. La asesina ilustrada, Al sur de los párpados- pero no lograría el eco suficiente hasta que con Impostura quedó finalista del p r i m e r Premio Anagrama en 1984. Para así conseguirlo, dinamitó todas las herencias de las vanguardias a través de un humor corrosivo, del juego continuo con las estructuras narrativas y de la acumulación tumultuosa- y menos desordenada de lo que pudiera parecer- de los restos de la mejor literatura del siglo que acaba de fenecer, lo que le ha convertido en el mejor metanovelista español de nuestros días. Esto quiere decir que si se quiere entrar en sus libros como se debe, no se pueden abordar con las esquemas tradicionales que utilizamos para leer novelas al uso. No cabe hablar de personajes, de historias más o menos coherentes, ni intentar seguir- si no es a saltos- unas lineas de pensamiento razonables y establecidas. Hay que pensar, para bien empezar, que los libros de Vila- Matas t r a t a n sobre todo de cómo escribir a estas alturas, de qué es 4 de marzo de 2000 E EN el Bartleby de Melville encuentra Vila- Matas el punto de arranque para reflexionar sobre uno de los mayores misterios del mundo literario universal, el del escritor que renuncia a escribir o sin ellos (El viaje vertical) Todo es juego, parodia, humor, cultura y desesperación, pero donde una evidente profundidad va desmintiendo siempre también su aparente ligereza. Así las cosas, Bartleby y compañía puede ser leída como una novela- que lo es- como un conjunto de cuentos- q u e t a m b i é n- como u n ensayo- ídem- o como una serie de anécdotas y relatos metaliterarios que desembocan en una reflexión bastante desesperada sobre la escritura y el silencio. El paradigma nos Uega de la célebre figura del personaje de la breve novela de Hermán Melvüle Bartleby, el escri- biente, uno de los textos literarios más comentados de la literatura universal (y a este respecto me permito recomendar la lectura del reciente libro publicado en Pre- Textos, Preferiría no hacerlo, que recoge, con la versión de José Manuel Benítez Ariza del relato de Melville, tres magníficos y dispares ensayos de Gilíes Deleuze, Giorgio Agaraben y uno de nuestros mejores ensayistas, José Luis Pardo, que parece haber sido el artífice de esta edición, al ser también el traductor de los otros dos) Bartleby el oficinista (el escribiente o el copista, ¿y qué son sino copistas de una voz misteriosa y originaria todos los escritores? es algo más que un paradigma, ima especie de mito moderno, el campeón universal del no el hombre que se deja morir rechazando al mundo y a la sociedad que le- nos- rodea. En él encuentra Enrique Vila- Matas el punto de arranque para reflexionar sobre uno de los mayores misterios del mundo literario universal, el del escritor que renuncia a escribir, el que se niega en uno u otro momento de su vida a cultivar ese deber- la escritura- hacia el que su misma llamada interior le ha forzado desde siempre. Un escritor que no escribe es un monstruo decía Kafka, pero los monstruos forman parte consustancial de la literatura de tal manera que hasta podría quizá pensarse que sin ellos no existiría. El punto de arranque del que se sirve el narrador- u n oficinista jorobado y solitario que una vez publicó una mala novela- es magistral, pues un día escucha decir a la telefonista de su oficina: El señor Bartieby no se puede poner, está reimido Es un error auditivo, pues ¿cómo ima-