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ENSAYO La reja del lenguaje ÍÍAURiCEBLAfCHOT LabestíñdeUtsmoc Presentación de José Jiménez, Traducción de Alberto Ruiz de Samaniego. Tecnos, Madrid, 1999. 3 páginas, 1,300 pesetas. O son muchos los autores que han podido hablar de algo tan liviano y escurridizo como la palabra original sin que resbalase su escritura en prototípicas divagaciones esotéricas, algo fácil por poco que se domine el lenguaje de los símbolos adecuados al tema. En tales casos, el acierto- cuando lo hay- se debe generalmente más al poder mismo de estos símbolos, a su resonancia arcana, que a la sabiduría del autor Ni la propia Zambrano, tan adicta a este tema, pudo evitar algún que otro resbalón en esa escala de Jacob que quiso construir con su escritura. Blanchot, aquí, lo está haciendo bien, corto y bien. Salvo que nos detengamos demasiado en las páginas iniciales que dedica a Platón y nos empeñemos en bucear un poco en las páginas del Fedro para comprobar que uno puede ser víctima de su propia intención atribuyéndole a su consagrado referente cosas que él no compartiría. Blanchot nos entrega aquí un N texto hermoso, una poética sostenida por dos autores de indiscutible hondura: Rene Char y Paul Celan. Los versos de ambos poetas, entretejidos en estos comentarios, se revivifican, se nos hacen comprensibles nuevamente o de otro modo en el discurso que, siguiendo una trayectoria pretendida, hace oficio de guía o, simplemente, de traza Blanchot halla en la poesía de Char esa pureza que hace que el poema tenga la fuerza de lo impersonal sin la intolerancia de la palabra oracular, esa que fuerza dice, a aquel que la escucha, a alejarse de su presente para llegar a sí mismo como a lo que todavía no es Salvada la intolerancia, el poema abre un espacio en el que hemos de venir a ser porque nos invita a la íntima comprensión de lo que somos en lo que no somos. ¿Acaso no será ésa la unidad en la que hallamos el gozo del poema recibido? El poema, cuando es poema de verdad, abre ese espacio original, el del uno que somos con el otro. Pero lo hace con una cierta violencia: la que enfrenta la luz con las tinieblas, el afán del saber cierto, el deseo de que la palabra oída diga algo con el decir que remite, sin más, a lo que no ha sido dicho ni podrá decirse, pues la palabra original no dice nada concreto, dice tan sólo la trama, el universo a punto de tejerse. Silencio, pues, un silencio cargado de futuro. ¿Qué es esa libertad a la que apunta Blanchot, esa que, dice, abre el MAURICE Blanchot nos entrega aquí un texto hermoso, una poética sostenida por dos autores de indiscutible hondura: Rene Char y Paul Celan poema? No es sino la posibilidad del tejido en la urdimbre; una libertad más allá del tiempo, libertad que al actuar abrirá el tiempo y, con él, el decir de las cosas con sentido, ese decir que requiere, entonces, una verdad: la que ha de darse en la comunicación, una verdad moral. Y es que el poema, cuando lo es, va de regreso y toca- ese tacto que es goce estético los elementos primeros, la naturaleza en su génesis, y algo de ese fondo común despierta en quien lo escucha- pues la lectura es escucha siempre, cuando no visión del afuera La poética que guía los versos de Celan podría entenderse como un breve tratado de la ceguera. Los ojos siempre conducen a un afuera, fuera del mundo donde cualquier palabra que nombra es palabra de ciego. El poema, dice Celan, busca el afuera. En las cosas siempre estamos preguntando el camino a lo Abierto. Hablar es mantenerse tras la reja. La libertad del afuera: la de la extensión sin nombre. Ojos ciegos al mundo Ojos en las grietas del morir Ojos ojos No leas- ¡mira! No mires ¡vete! El poema es movimiento que conduce a las grietas del morir El afuera de Celan se parece a la abertura- origen de Char, la ceguera de aquél se parece al silencio de éste si no fuera por la estrechez de esas grietas del morir o si no fuesen grietas sino el vacío mismo, inmenso, en el que uno puede deslizarse. Las grietas de Celan son estrecheces del vacío, por eso son el morir, el morir humano, un quedar a medias, aprisionado entre la nada y el universo. Por eso, también, el vivir tal vez sólo sea una breve ceguera: No es, I yo lo sé, verdad, que nosotros hayamos vivido, solamente I pasaba ciego un soplo entre el allá lejos y el no- allá y el a veces... Y sin embargo, a pesar de ello, o tal vez por ello, para que ese soplo se parezca a lo que Llamamos vida, Celan nos conmina: Habla- Aunque no separes el Sí del No Da a tu palabra también el sentido: I dándote la sombra Blanchot propone deslizamos, ¿escaparnos? por el hUo de su propia escritura o saliva como una manera de salvar las grietas, de situarnos en el umbral del afuera con todas las sombras que acuden al habla o quedarse en el aquí, en el dentro con algo de esa in- diferencia del sí y del no pegada a los labios, el sí y el no unidos antes del propósito, antes de la propuesta, antes del decir Ghantal Maillard Un enigma llamado JuKen Green ALVARO DE LA RICA B ¡o más f vñmiodetbosqtw Encuentro. Madrid, 199 S, 144 páginas, UOO pesetas. o se trata de una biografía, pero tampoco es un ensayo. No es propiamente una semblanza ni un relato al margen del personaje elegido. No pertenece a un género híbrido ni se trata de crítica literaria ni tampoco en última instancia de un relato sobre el itinerario espiritual de Julien Green. Pero a nadie se le ocurra imaginar que Alvaro de la Rica toma la pluma para escribir sobre Julien Green y va diciendo lo que buenamente se le ocurre en las ciento cuarenta y cuatro páginas de su libro, que es conciso, muy claro y de propósito muy definido: decirnos quiénes eran los antepasados de Green, hacer hincapié en la personalidad de sus familiares inmediatos, detenerse en la infancia y la juventud del famoso autor de Moira y concluir en el momento en que se lanza a publicar sus obras. Alvaro de la Rica ha contado con poderosos auxiliares que pudieron 22 ABC CULTURAL N convertírsele en enemigos si no Uega a mediar en el encuentro la inteligencia de este catedrático joven de la Universidad de Navarra que no ha naufragado en la abundancia de su material. Ha dispuesto de todos los volúmenes del Journal de Green, de los dos tomos de su Autobiografía, del precioso librito de su amigo (de Green) Saint- Jean, donde aparte la finura de las observaciones y su innegable penetración, en todo momento tiene en cuenta la conexión de vida y obra para esclarecer ésta y aquélla. Y hay algo más: Alvaro de la Rica ha disfrutado de la amistad personal de Green, ha ido a visitarlo a París varias veces, le manifestó su proyecto de escribir sobre él y Green lo aprobó con entusiasmo. Se pueden citar las páginas del Journal en que el profesor De la Rica aparece. Green celebra sus buenas maneras, su inteligencia y su calidad humana. Parece que no hablaron sólo de literatura, sino mucho sobre el más allá, la Trinidad, la persona de Cristo, el porvenir de la Iglesia que Green sintió siempre como nuestra madre hasta que al llegar el Concilio se le apareció como nuestra hija Green fue siempre el novelista que desde los dieciocho años se hizo el firme propósito de ser un sabio. aprendió el hebreo para leer la Biblia y desde muy pronto entró en posesión de la literatura inglesa; pero fue también el hombre llamado a realizar una extraña afirmación de Dios, de su realidad, de su misericordia, de su condición terrible y de su ocultamiento. Se sintió llamado por ese Dios, pero había en él también un tercer personaje: el del muchacho solicitado por la furia de la carne, de vínculo estrecho con el novelista que no puede renunciar a escribir sus libros. Green pensaba que había íntimas relaciones entre la creación del artista y la culpa. ¿Qué ha pretendido Alvaro de la Rica al escribir este libro? Quizá lo mejor del mismo sea que no busca artificialmente las claridades que no existen ni la tesis o la conclusión que puede facilitarnos el sueño. Julien Green es una incógnita, le plantea un problema al crítico literario, al biógrafo y al que quiera avanzar por el mejor de los caminos hacia el más allá. Alvaro de la Rica dice claramente lo que se mueve por la penumbra, nos hace pensar, pone en cuestión nuestro simplismo y nos obliga a un esfuerzo enorme para separar el trigo de la cizaña. Julien Green Mario Parlón 22 de enero de 2000