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ARTE Dos Saura, un Goya en Burdeos Veinticuatro obras, entre esculturas y dibujos, componen la exposición que se dedica en Madrid al escultor Alberto Sánchez (18951962) en la Galería Almirante. Juan Manuel Bonet, autor del Diccionario de las vanguardias españolas subraya en este artículo el valor de la obra de Alberto en el arte español de este siglo. Publicamos asimismo un poema, desconocido en España, que dedicó al artista en 1936 el poeta Raúl González Tuñón Wond an ijil ct (jt- la piritiini Alberto, el vallecano Juan Manuel Bonet LBERTO Sánchez, que por siempre será ya Alberto a secas, como Manolo Hugué será por siempre Manolo es a mi modo de ver uno de los nombres centrales de nuestro arte de vanguardia. Incomprensiblemente, y aunque haya habido iniciativas tan loables como la muestra de sus dibujos organizada en 1997 por el Museo de Bellas Artes de Bilbao, todavía no ha sido objeto de la gran retrospectiva que fije de una vez por todas su capital aportación al desarrollo de nuestra plástica. Si como primer compañero de aventuras artísticas tuvo Alberto, a comienzos de los años diez, a Francisco Mateos, mucho más importante sería para él el encuentro, una década más tarde, con el uruguayo Rafael Barradas, cuyo ejemplo resultaría decisivo para la mayoría de los nuevos pintores y poetas españoles. En el Gran Café Social y de Oriente de la Glorieta de Atocha, en la tertulia barradiana de los alfareros Alberto coincide con Dalí, Enrique Garran, Jarnés, Buñuel y Maroto, entre otros. En 1924, le dedica a aquel local un sintético dibujo a línea, reproducido en Ronsel de Lugo. Al año siguiente participa, como la mayoría de los valores entonces emergentes, en la Exposición de la Sociedad de Artistas Ibéricos del Palacio del Cristal, donde sus esculturas aristadas, entre ultraizantes y déco e inspiradas en tipos populares y en la Historia de España, 27 de noviembre de 1999 A causan auténtica sensación. Se inicia entonces el tránsito albertiano decisivo. De la Glorieta de Atocha, a Vallecas. Del estilo barradiano, a una poética hecha de surrealismo, de abstracción biomórfica a lo Arp, Miró o Tanguy, y también, y sobre todo, de sentimiento de un paisaje, de una geología, de ima flora y una fauna: los que rodean la mencionada localidad madrileña, a la que en torno a 1927, o tal vez algo después, inician sus peregrinaciones Alberto y Benjamín Falencia, que en un humilde monolito de su Cerro Testigo inscriben los nombres de algunos de sus faros Los mejores testimonios al respecto son dos textos preciosos, y casi simultáneos, el que el segundo colocó al frente de la monografía que en 1932 le dedicó la editorial Plutarco, y el que el primero publicó un año después, bajo el título Palabras de un escultor, en el segundo número de la revista Arte. (Jaime Brihuega es quien más sabe de Alberto. En el catálogo de la exposición que motiva estas líneas lo homenajea con un escrito planteado como un paseo literario por los parajes que el escultor amaba. Me habla de una emotiva grabación en la que Alberto, en Moscú, corroído por la nostalgia de España, lee aquellas palabras, que empiezan con aquello, definitivo: Me dicen: la ciudad. Y yo respondo... el campo ABC CULTURAL 31