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DICCIONARIO MEMORIAS El manuscrito encontrado Anónimo. Diccionario aragonés Edición de Chiesús Bernal y Franchio Nagore Laín. Rolde Conselio da fabia aragonesa. Zaragoza, 1999. 143 páginas, 2.500 pesetas. A en 1901, Benito CoU y Altabas, autor de un vocabulario sobre la comarca de La Litera (Huesca) dijo que Aragón tuvo un lengua diferente a la que se hablaba en CastUla En plena Guerra Civü, al publicar su Nuevo diccionario etimológico aragonés (Zaragoza, 1938) José Pardo Asso aludía a nuestro tesoro filológico regional Llovía sobre mojado. Aragón contaba con varios diccionarios propios: En 1836, Mariano Peralta publicaba el suyo con 810 voces; 23 años después, Jerónimo Borao presentaba otro con 2.513 voces, y Francisco Otín y Duaso incluyó el suyo de 318 entradas en su Discurso leído ante la Real Academia Española de Arqueología y Geografía del Príncipe Alfonso, datado en 1868. Siempre se había creído que estos eran los primeros, pero un descubrimiento reciente viene a probar que antes existió otro. Un redactor anónimo, culto, buen conocedor de su pequeño país, especialmente del mundo agrario del Alto Aragón, frecuentador de gramáticas, léxicos y de idiomas extranjeros, escribió un Diccionario Aragonés, subtitulado Voces provinciales de Aragón, entre 1803, fecha en que apareció la cuarta edición del DRAE, en 1815. El texto consta de 51 páginas y lo adquirió en una libería de viejo de Barcelona el profesor Joan Sola; de la compra se enteró Cruz Barrio, bibliotecaria del Centro Aragonés, y de ahí pasó a las manos de sus estudiosos: los profesores Chesús Bernal y Francho Nagore. Ambos han realizado un trabajo muy riguroso, donde nada ha sido dejado al azar: manejan la bibliografía con autoridad, incorporan unas notas suculentas y lo mismo recurren a los textos del siglo XIX que a los posteriores estudios de María Moliner o Rafael Andolz, por citar dos fuentes específicas, con lo cual convierten lo que podría haber sido un texto lexicográfico menor en fuente de obligada consulta. ¿Cuáles son las aportaciones de este hallazgo? En primer lugar no es baladí que sea el primer diccionario aragonés que se conoce. Y que además sea un empeño fundamentado. También es hontanar de la memoria de un pueblo. El anónimo redactor introdujo aquí algo que luego se haría muy frecuente: explica los usos y de dónde proceden las palabras. Se percibe que era un experto en léxico montañés, 81 expresiones tienen ese origen, de ahí que afirme que Petarruego es una estrella fija de primera magnitud en la constelación Bootes, de la cual se hace mención en el libro de Job o que pudor, monte arriba, es sinónimo de hedor No duda en enmendar al DRAE y confiesa que no ha oído tal o cual palabra. Incluso se permite atrevimientos que ñustran su don de lenguas y acaso su sensatez. Anota lo siguiente: No cosa: Nada. En inglés se dice nothing, que traducido literalmente es no cosa El eco francés también puede encontrarse en una palabra como xamborlier, camarero. Parentescos al margen, la fUiación aragonesa de las palabras es indudable, y algunas son bien hermosas y sugestivas en sí mismas y por su significación: verguer o berguelo es un alguacil de vara, a la par que corredor es pregonero; ababol es amapola; mélico es ombligo; pigre es negligente, peruerso, el peor de la escuela; y dorondón es niebla. He aquí un documento importante e insólito que tiene casi dos siglos y que ahora ve la luz en una impecable edición con reproducción en facsímü del amarillento manuscrito hallado en Barcelona. Han puesto tanto cuidado en sus notas Bernal y Nagore que el volumen puede seguirse casi como una novela policiaca. Antón Castro 18 ABC CULTURAL Y Atalaya diplomática Juan Durán- Loriga. Memorias diplomáticas Siddharth Mehta. Madrid, 1999. 410 páginas, 2.500 pesetas. ESE a revestir una enorme e indudable importancia, la tarea de los diplomáticos no sólo no resulta siempre conocida y reconocida como debiera, sino que, incluso, existen ciertas tergiversaciones y leyendas, alimentadas en ocasiones por la literatura y el cine, que prácticamente nada tienen que ver con la verdadera labor que desarrollan imos hombres y mujeres guiados por la vocación de servir a su país. Por eUo, ante todo, es obligado resaltar la oportunidad de la iniciativa de Juan Durán- Loriga y Rodrigáñez (Madrid, 1926) de escribir y publicar esta obra. Las Memorias diplomáticas del embajador Durán- Loriga- elaboradas desde la serena atalaya de su jubilación- encierran así un doble interés y merecen la atención tanto de los historiadores y de todo aquel atraído por profundizar en la reciente historia española como de quienes deseen conocer, de primera mano, los auténticos cometidos de una carrera diplomática. Porque, y esto es también una de las virtudes de la obra, su autor no se pierde en presentar im mero anecdotario- aunque a veces se incluyan anécdotas- ni una simple colección de comentarios sobre personas o hechos. El libro, sin abandonar, como es lógico en el género memorialístico, la perspectiva de su protagonista, está presidido por el rigor y la intención de ofrecer unas memorias básicamente profesionales: No son- señala el propio autor- unas memorias íntimas. Poco diré de las personas, algunas, ni de los libros, muchos, que me dejaron huella. Tampoco pretendo colarme P furtivamente en el reducto de los historiadores. A lo que podemos aspirar los memorialistas es a servirles de fuente auxiliar cuando vivencias, o palpitos, puedan ser más expresivos o más orientadores que los documentos Ahora bien, el rigor no es aquí en ningún momento sinónimo de aridez o de estilo plúmbeo. Muy al contrario, Durán- Loriga muestra cualidades de buen narrador y emplea la ironía con singular sutileza, lo que al interés de lo que se cuenta, se añade que la lectura de la obra sea grata y amena. Dividido en veintitrés capítulos, que siguen en general un orden cronológico, el libro comienza con un sucinto repaso de los orígenes familiares y de los años de formación de su autor Luego, va dando cuenta de los distintos cargos que desempeñó a lo largo de una trayectoria tan fructífera como apasionante, pues Juan Durán- Loriga vivió, desde puestos de responsabilidad, momentos complejos de nuestra cercana historia en el ámbito de la política exterior como el proceso de descolonización de Guinea- tratado en uno de los capítulos más extensos e interesantes- o las negociaciones para la entrada de España en la OTAN. Destaca también lo relativo al contencioso hispano- británico sobre Gibraltar, sobre el que, además de los recuerdos y apreciaciones del diplomático, se incluye cuatro documentos. En definitiva, estas Memorias diplomáticas son una mirada lúcida que nos aporta claves del pasado para comprender mejor el presente. Carmen Rodríguez Santos 10 dejuliodel 999