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HOCKNEY EN PARÍS: EL TRIUNFO DE DAVID fie -v, úarrowby mil, óleo sobre lienzo de 1988 (biene de la página anterior) Con ese bagaje, Hockney siguió, observó, desfloró y abandonó con sabia desenvoltura varias de las corrientes de superficie del arte más cosmopolita de su tiempo. Para instalarse, definitivamente, por ahora, en una encrucijada que tiene mucho de restauración: retorno a la perspectiva abandonada tras el cubismo, retorno a la composición olvidada tras los cataclismos expresionistas, retorno al croquis de paisaje abandonado desde los viajes de Picasso a Horta del Ebro, restauración de la vieja paleta de colores, enriquecida, hoy, a través de la fotografía y la alquimia de los acrílicos... Desde esa perspectiva restauradora, el legendario A bígger splash (1967) y la serie de las piscinas californianas comienzan a tomar proporciones inesperadas. Podría pensarse que contemplábamos la glorificación sentimental de un espacio íntimo y geográfico: pero también comenzamos a limpiarnos los ojos para aprender a mirar. Volver a aprender a mirar. Acunas vistas afrancesadas como Against the day dans le síyle franfais (1974) o A chair, jardín du Luxembourg (1985) apiuitalan con precisión esta 30 ABC CULTURAL segunda perspectiva: Hockney comienza a liberarse de las anteojeras de una tradición que había desembocado en la destrucción arbitraria del gusto. Sus majestuosas panorámicas del Gran Cañón (de 1982 a 1998) los más recientes paisajes (1997- 98) de su Yorkshire natal, explican e üustran ese camino de Damasco del arte y de mu- Hockney siguió, observó, desfloró y abandonó con sabia desenvoltura varias de las corrientes de superficie del arte más cosmopolita de su tiempo. Para instalarse, definitivamente, por ahora, en una encrucijada que tiene mucho de restauración chos otros artistas contemporáneos: el cuadro, la obra de arte, son una visión interior, pero no hay nada más espiritual que el paisaje de la creación, cuyas formas, líneas y colores también nos hablan de lo más íntimo y turbador que hay en nosotros, y que nosotros descubrimos a través del gran arte. La arqueología de algunas obras presuntamente menores, como, por ejemplo, el Portrait of an artist. Pool with two figures (1972) nos ayuda a comprender los mecanismos más inmediatos de la creación. La instantánea fotográfica roba la sñueta del artista perdido en la gran ciudad. La perspectiva postcubista reinstala esa süueta solitaria en el dédalo de la creación. El brOlo lujurioso de los verdes y azules acrüicos permite confundir el cielo y el agua de ima luminosa piscina, donde el artista, en pie, persigue el luminoso resplandor de una persona amada. La figura humana nos habla de un íntimo tormento y angustia sin consuelo, que la perspectiva y los colores nos ayudan a contemplar a la luz del misterio gozoso de la creación. Juan Pedro Quiñonero 20 de febrero de 199 Í