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NARRATIVA Extraña forma de vida Enríque Vila- Matas. Elvi e vertical Anagrama. Barcelona, 1998. 247 páginas, 1.950 pesetas. M I sabemos si a un escritor tan literaI H rio como Enrique Vila- Matas (Barcelona, 1948) le gustarán las películas de Jerry Lewis: aquellas comedias hilarantes en apariencia en las que al mover, con mano inocente, un bote en unos grandes almacenes de inmediato sobrevenía el cataclismo. O el caos del orden burgués. Sospechamos que le gustarán porque Vila- Matas también es un humorista: siempre se ha reconocido en Gómez de la Serna y en Salvador Dalí, aimque a la hora de las afinidades él ha creado para sí mismo una galaxia de escritores shandys en Historia abreviada de la literatura portátil. Aquí, desde el principio nos Ueva por im camino semejante. El desastre asoma no sólo cuando a Federico Mayol lo abandona su esposa, justo el día que celebran las bodas de oro- aprende entonces que a una mujer sólo la conoces de verdad cuando la tienes en con tra sino que al ir a ver a sus hijos para que intercedan por él en esa situación absurda y cómica (el humor verdadero nace de la tragedia) descubre que su hija es adúltera con un hombre mayor, que su primogénito, Ramón, indigno del imperio económico Seguros Mayol en que trabaja, se aburre de todo y es profundamente infeliz. ¿Y qué decir de Julián, el vastago más joven, que se cree un genio y sueña con un cuadro o con xai mundo. Puerto Metafísico, que nunca logrará pintar? Con esa capacidad increíble que tiene el escritor para retratar conductas un tanto extrañas por inquietantes o enfermizas, nos enteramos de que teme a los peces muertos y de que piensa que en otra época vivió en la Atlántida. Su padre lo desprecia por pedante, porque ha podido acceder a la cultura en vano y quizá porque en el fondo no son tan distintos: es una criatura escindida y a la postre impotente, y entiéndase esto como ausencia de talento. Sin hurgar demasiado, Mayol colige que el abatimiento y el fracaso son estigmas familiares. Federico Mayol- nacionalista catalán, creyente, jubilado que recuerda al actor suicida George Sanders- es, a partir de ese instante, im hombre fuera de lugar acuciado por la necesidad urgente de ser otro Al principio quiere ser un jugador de póquer profesional, como debió serlo su admirado Antonio Geli, el Francés, pero lo cierto es que un desasosegado alrededor de sí mismo que nos va animciando su personalidad mientras deambula por Barcelona como im alma errante, como un hombre sin atributos, preocupado como si fuese un adolescente de ser alguien en la vida. O tal vez con una angustiosa certeza: Después de todo, lo único definitivo es el dolor Enrique Vila- Matas se demora en presen 20 de febrero de 1999 tarnos el personaje y sus frustraciones, incluso si este libro tuviese alguna caída de ritmo estaría ahí, en la exposición tan minuciosa y demorada del conflicto, que lleva al protagonista a emprender un viaje a Oporto primero, luego a Lisboa y Madeira, donde culmina la novela. Y a partir de entonces pone en marcha algo esencial en el volumen, y en toda la narrativa de Vila- Matas: el azar, el presagio, la alucinación y los sueños. Y su afición a las simetrías, que en El viaje vertical abundan y además convergen. Comienza a tejer im laberinto de hechos y personajes donde todo engarza: descubrimos que esa voz omnisciente que nos habla y que parecía neutral no lo es tanto; que el sobrino de Mayol, heredero de una cadena de lavanderías, borracho como el espectro de Fernando Pessoa, cree atisbar la sombra de su tío en Oporto, al que hace 30 años que no ve; su hijo Julián le había hablado de islas paradisíacas, de la Atlántida y de Puerto Metafísico, y en Madeira, en el tramo final de su odisea, se encuentra con un ciclo de conferencias sobre islas desconocidas y extraordinarias que acaso le modifiquen la existencia. Rizando el rizo del azar, hasta los elementos juegan a favor del destino: enciende el tele- visor en el momento en que el Barcelona y el Oporto disputan el campeonato europeo de hockey sobre patines; Mayol viajará algo después con los derrotados, sabrá que existe un jugador Uamado Vitor Hugo y algo que constituye una de las claves de la novela: detrás del drama personal más obvio y visible (de los jugadores, de sí mismo, de su sobrino Pablo Setvalls, abandonado por Rita, que ha optado por un amante más joven) se oculta un drama muy superior. Y en otro instante, el septuagenario a la deriva descubrirá que echan una película de El fugitivo. ¿Y qué es él, si no un fugitivo, xm solitario Ueno de recuerdos inventados que se ha ido lejos de Barcelona para cambiar de vida? En la confrontación de los espejismo, Vña- Matas es un consumado maestro: parece llevarnos por Lisboa casi de la mano del Diario de a bordo de José Cardóse Pires y de repente nos enfrenta con un taxista lenguaraz que se llama Cardóse y que conducirá a Mayol hacia Boca de Infierno, donde se arrojan al mar los suicidas. El humor es finísimo, paradójico y a veces desternillante. Enrique Vña- Matas ha escrito un libro personalísimo y ambicioso, ahora más grave que nunca, acerca del aprendizaje a la inversa, en plena vejez, de la identidad y del viaje, con una maestría indiscutible que se revela en la planificación de encuentros y desencuentros, la graduación de las situaciones, la capacidad de observación de lo minúsculo, el aliento constante y creciente de fabulación, el disparate surrealista (como ese perro que es la encarnación de im santo) y, por supuesto, los numerosos homenajes a los escritores que ama, ensartados con naturalidad en una ficción de sugestivo y raro desenlace: desde Marguerite Duras a Kafka (comienza un capítulo como La metamorfosis) desde Gustave Meyrink hasta Flaubert, en esa deliciosa invención de dos personajes como Bouvard y Pecucher que mantienen un diálogo tan enigmático como abstruso y se marchan en globo. Y todo eUo al servicio de una de sus más complejas y acertadas criaturas: Federico Mayol, quien, ávido de cultura, es capaz de entender que el camino del arte es el de la impostura, lo cual le permite fingir que conoce a Claudio Magris, inventar un escritor inexistente o contar el relato de sus fugas para una futura novela que bien podría ser la que estamos leyendo. El camino de la vida resulta mucho más desconcertante y terrible, de ahí que la travesía del nacionalista catalán- y en buena parte El viaje vertical- pudiera resumirse con esta frase de Joseph Roth: Lo que me atormenta es que sencillamente no sé vivir Antón Castro ABC CULTURAL 19