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ABC Cultural MarkRothkl desde las sombras Museo de Arte Moderno. París Avenue du Presldent Wilson Hasta el 18 de abril y m N UEVA York, París, Londres y Berlín descubren la majestuosa retrospectiva concebida, originalmente, por los legatarios del artista, en la National Gallery de Washington, propietaria de una legendaria i colección, donada por la Mark Rothko Foundation, que controla con mucha pericia los derechos del pintor, evocando, al unísono, una misma y trágica sinfonía: la sombría peripecia de una de las tentaciones más puras y apocalípticas del arte contemporáneo, iluminada de trágica manera desde la lívida madrugada del 25 de febrero de 1970, cuando el artista decidió desnudarse, definitivamente, antes de tomar una fuerte dosis de barbitúricos y cortarse las venas, en una bañera. Que los ojos más sensibles a la emoción artística, en América y Europa, recurran a la misma parábola pedagógica del legado trágico del más puro de los abstractos de la Es; cuela de Nueva York, heredero faústico de Malevitch y Mondrian, tras haberse iniciado y cultivado con mucho arte y devoción en las escuelas expresionistas y surrealistas, quizá nos hable de una nueva ruptura, en curso, con la tradición de las vanguardias proclamada por los más eminentes críticos del expresionismo abstracto. Quienes acompañaron a Rothko durante su visita personal a la gran retrospectiva Turner del IViOMA, en 1966, afirman que las obras que más le interesaron fueron Sombras y Tinieblas, La tarde del Diluvio, El día después del Diluvio... Gran lector del Nietzsche del Origen de la Tragedia, convencido de que su obra sólo podría justificarse, finalmente, como la aventura mística y religiosa que culminaría con la Capilla Rothko de Houston, el artista nos estaba hablando, en ese momento, sin duda, de su propio puesto, agonal, en la historia del arte de nuestro siglo. Rothko comenzó pintando desolados paisajes urbanos, donde la figura humana ya caminaba hacia su exilio definitivo. Siguió pintando interiores urbanos donde las chillonas mercancías colgadas en los escaparates y los grandes almacenes tanto se asemejan a la carne troceada en los mataderos industriales. La influencia transitoria pero capital del onirismo surrealista lo precipitó definitivamente a la abstracción absoluta, hacia 1946, diez años después de la retrospectiva del mismo MOMA que había instaurado administrativamente la 44 Mark Rothko en su estudio, en los años de plenitud de su can era desaparición de la figura humana en la nueva y emergente historia oficial del arte moderno. Con una rapidez vertiginosa, la paleta de Rothko se fue oscureciendo con tonos ocres, marrones, rojos y burdeos, hasta desembocar en el abismo iluminado de la oscuridad final. Los acrílicos en tela del año 1969, meses antes del suicidio, ilustran de manera inquietante El hombre sintió la tentación de Empédocles: suicidarse, para mejor intentar refutar la nadería del mundo... La capilla Rothko de Houston ilustra de manera casi perfecta esa doble encrucijada. Los creyentes en la religión mística del arte moderno son invitados a recogerse en la penumbra de un templo donde la milenaria imaginería pagana y cristiana ha sido sustituida por el espejo negro de la obra de arte, convertida en ídolo e icono abstracto de una mística sin geometría ni figuras. Los creyentes creen contemplar su propia sombra persiguiendo a otras sombras sin rostro conocido. La muerte voluntaria de Rothko confiere a ese legado una dimensión visionaria. No sabemos si esa obra y ese gesto nos anuncian el fin de la obra de arte, el fin del artista, o la más humilde y patética renuncia. El estudioso fervor con que Nueva York, París, Londres y Berlín reciben y revisan ese legado quizá nos hable de la inmensa y turbadora confusión y confesión con que el gesto definitivo de Rothko continúa inquietándonos, de manera tan profunda, porque toca el origen y fundamento mismo de la obra de arte. Él se inmola en sacrificio en la soledad más absoluta y total, diciéndonos algo muy hondo y terrible, que quizá nos hayan ocultado los mercaderes y apóstoles administrativos de las presuntas escuelas que de él sin pudor se reclaman, comerciando con los despojos del crucificado. JUAN PEDRO QUIÑONERO LA muerte voluntaria de Rothko confiere a su legado una dimensión visionaria. No sabemos si esa obra y ese gesto nos anuncian el fin de la obra de arte, el fin del artista, o la más humilde y patética renuncia el ocaso definitivo y sin retorno. El lector de Nietzsche sabía que la vida sólo puede justificarse en tanto que obra y fenómeno artístico. Nacido y educado en una familia judía de la diáspora, su formación y obsesiones estuvieron siempre muy cerca del milenarismo místico. El artista desembocó en el oficio saturnal de la obra de arte que culmina en el silencio. 28 de enero de 1999