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ABC Cultural la comprensión intelectual. Pero, aparte de los problemas teóricos que esto conlleva, se traicionaría así la más sencilla evidencia: la clase de contacto que con la obra se establece- confrontados al cuadro, se hace imposible aceptar que de ese momento pueda darse cuenta con algún diccionario, aunque sea de símbolos. La fuerza de la pintura es otra. Al hablar de lo que se pone en la obra de Tapies, el término signo no puede usarse en sentido estricto, sino qué sé hace más bien según el uso coloquial, y reconociendo que funcionaría como indicó Peirce al referirse a los contextos artísticos: hay casi siempre un sentimiento que acabamos de interpretar como la prueba de que comprendemos el efecto propio del signo, aunque su fundamento de verdad sea frecuentemente muy poco sólido (4) es decir, la interpretación no lo es, aunque la siga llamando así, pues no se trata de un significado sino de una reacción afectiva. El sentimiento producido por ese objeto- signo desencadena una energía interior, que no tiende a producir conceptos, sino que se queda en sí misma, en pura fuerza. Ese signo no puede ser un verdadero símbolo, exigir un descifrado, integrarse en un código, porque- por mucho que se re- pita- el contacto con él, con esa trama de lo que está y lo que se pone, resulta siempre singular- ese ojo, mano, silla, se muestran en una tensión irrepetible con su materia, y el cuadro es ese mundo único y completo. Así ocurre con los signos de Tapies, que se distinguen por conducir a este lugar a través de un proceso muy característico: lo que parece primero movido por un aliento intelectualizador, se encuentra de pronto transformado en vía abierta hacia la vida inmediata, en agudo conflicto existencial. En último término, lo que así se agita son signos no anegados de literalidad, donde el alma, el espíritu y el cuerpo le arrancan a la luz su corazonada sombría (5) Otro modo de sentido, donde nada se puede declarar, salvo un aliento libre y oscuro. Y nuevas rutas para acercarse a la realidad, que sólo puede experimentarse como resistencia a la voluntad que pone. En vez de recurrir a estrategias para representar el sentimiento amoroso, el artista escribe a menudo en los cuadros la palabra amor, y con ello reconoce que el problema de lo real se dirime en las preguntas acerca del lenguaje: la palabra no trae con ella la experiencia, pero ésta tampoco alcanza a existir en un espacio ajeno al de la palabra. Así quizá, extra- ñamente, con estas letras sin contexto, con estos signos sin código, en vez de alejarse del mundo. Tapies se acerca: el vínculo entre realidad y lenguaje es un vínculo interno, arraigado en la propia naturaleza de ambos, necesario a las condiciones existenciales humanas. Y, de modo paradójico, si así se cumple es, en buena parte, porque esta escritura es una escritura contraria a su ser tal. En una xilografía de 1995, titulada Cal. ligráfic, inscritos como sobre el rayado de una pizarra escolar, a lo largo de renglones superpuestos, se mezclan cruces o aspas, letras legibles e ¡legibles, esquemáticos iconos de bocas, pies, ojos... sugiriendo la equivalencia de todo ello, como si sólo se tratara en los distintos casos de pulsiones caligráficas, de gestos de la mano equiparables entre sí. Y que valieran, al margen de su trazo, como puro gesto; del mismo modo actúa ei que pasa la lista de alguna colectividad y va poniendo aspas y rayas junto a los nombres; o, así también, la selva de cruces de un cementerio que, vacía de religión, sirve para un recuento existencial, lugares individuales de la muerte, nunca numerus clausus. El símbolo se desimboliza en la mano. Ha dicho Tapies: no sigo ningún método, no manejo un código cerrado de 19 de noviembre de 1998 42