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ABC Cultural En el escondite CARLOS ORTEGA STE es el caso de un artista que en algún momento de su proceso de formación hubo de desaprender todo lo que sabía, hubo de llegar a no saber, para poder quedar en disposición de pintar con fluidez obras a partir de un solo gesto espontáneo, trazo sin pausa que ahorraba absolutamente medios y utensilios materiales e intelectuales, lo cual dotó a sus cuadros de la verdad inmediata que tienen los objetos y los seres, que a veces puede ser una verdad deformada o monstruosa, por más fielmente que se los haya copiado. Era un pintor que miraba las cosas en ese espejo negro del no saber, y encontraba en él la apariencia primera de las mismas, pero sin ayuda de artificio, lográndolo como por la gracia de la infancia. De ese modo, sus pinturas y dibujos trasladaban siempre al espectador al primer despertar, al primer nacimiento del mundo. Se repetía en ellas la visión que de las cosas tiene el niño a partir de las sombras en las paredes de su cuarto infantil; su primera meditación sobre las palabras, las letras y los guarismos en la casa de sus padres; su creencia en todo lo que pertenece a ese mundo próximo, y su negación de todo lo que no pertenezca a él; el descubrimiento de todas las cosas a través del cascarón familiar. Nadie percibe las novedades, nadie J siente las cosasriüeyas con mayor in- J tensidad y fueíF á qüe los niños. LOS ÍÍS niños se estremecen ante- eLplor dé- i i una cosa nueva óó nio. -ÍóS íe ftéS: S; í ante las huellas de una preSá fsünóiS: recuerda entonces lá evocaciÓrf ¿éelí: 5: í? pintor, que, siendo hijo de ecfiltflIfE Í debió de tener muchos libros a S l r S cance desde muy tempran B IWe gustaba sentirlos entre mis manos decía: A mí me ha llegadoaSirt résionar muchísimo el olor dé- uffíibfo. Y nos imaginamos la enajénaóión que el niño, futuro pintor, expeamSjfeba en ese momento de oler efltirolrecién impreso, y no sólo el liÍíq sííiíS. cualquier otra cosa nueva. UrtaSezígdcilto, aquella enajenación recibió; p S ííel nombre de inspiración. La inspiración no es más que efiergía creativa que se canaliza a través de una obra: no existe discurso en la inspiración. Es un mero impulso que carece de sentido en sí mismo, una manía de expresarse, un gesto inútil que busca reconocimiento. Introducir por medio la lezna del pensamiento equivale a desbaratar el efecto benéfico que la inspiración tiene. Entre la inspiración y la obra debe haber, pues, una contigüidad absoluta para que así pueda darse también la fluidez necesaria entre la obra y quien la contempla. Toda la virtud de una obra aire preocupado se transmiten a ios demás de arte procede de esa manera de ofrecerse al como una enfermedad, mientras que el humor espectador sin intermediarios, como una expepresenta la cara de un desquite con la vida y riencia natural. de la recuperación de la salud que va asociada Así, en cada obra de este pintor, poco imal contacto con lo divino. Es cierto que quienes porta que pintara el confín de la opacidad al admirábamos su arte no podíamos desprenborde de la infinita luz o dibujara una copa de dernos de una tiesa actitud reverente ante sus cuatro cerezas, que lanzara un interrogante, obras, y no son pocos los cuadros suyos qug; colgando unos papeles de un gancho de alamparecen haber sido calculados de tal forrtiM bre, o compusiera la caricatura infantil del Tío Maragato con un 6 y un 4, lo que siempre veía- ggiye provocaran un sentimiento solemne, dolomos era la secuencia ligada de su mano ejeíStíga Sfqgo o trágico en los espectadores, pero también es verdad que otroa, (T) uctj s alcanzan una atmósfera jiiíii ipifé humoristica. En ese casojfefiiemnidad estaba en nosotro jií iíogsln los cuadros, donde másí; i ¡ifeiiiabía broma, alegna arcana, 0; 4 j a con ironía. En ese caso, e 0 é 0i e contemplarlos se ensombr íeSh el pesado presti- r J gio que, tieh e ifte en Occidente. 5 No és tffiííéf pintor hubiera querido ¡ssíÉi dessm kSir su arte y cometer así un lliiil sacfííeglo, pero sí pensaba poderle 5 P I 4: quitar: á lo que se consideraba, y era, T; Sá aiio su costra severa y el manto m tando ese trazo que no dejaba resquicio a la conciencia, un único trazo. Asombra comprobar que en sus numerosas cruces, huecas o macizas, no se aprecia la unión de los travesanos. La mayoría son cruces de una pieza, pintadas sin levantar la mano, sin detenerse a pensar. Por esa razón sus cuadros nunca podrán ser naturalezas muertas, sino más bien vidas quietas, flujos latentes. Cuando al comienzo de su práctica artística, el pintor afirmó que el arte no es serio en realidad estaba asegurando que lo sagrado, en general, no es serio. Se trata de una idea oriental, según la cual la gravedad, la atención y el 7; sublime de prosopopeya que durante este siglo de apariencia, por lo demás, irreverente se le había echado por encima a todo tipo de expresión artística. El resultado fue que ganó para sus obras elasticidad y ligereza y perdió, si alguna vez la tuvo, vacilación. Sus cuadros iban derechos al corazón del espectador, porque no había en ellos desperdicio de muecas. Había conseguido ahorrarles toda forma de pedantería, toda carga de pesadez argumenta! todo lastre de abstracción. A ello se debe sin duda el que hoy los percibamos como escindidos de toda lógica. A primera vista parecen carentes de sentido, nos desconcierta su carácter fedatario e irreductible. Con ellos nos ocurre lo mismo que con ios enigmas de los cuentos infantiles y populares, que cuanto más inteligibles son, menos comprensibles resultan. Son como el enigma de la j princesa que va matando a todos sus pretendientes; como los enigmas de Salomón y la reina de Saba, o el de la Esfinge de Tebas. En todos esos relatos, no obstante, quienes no resuelven el enigma perecen. En cambio, quien contempla estos cuadros no saldrá de su perplejidad ni aun cuando descubra que resolver el misterio que encierran es comprender que no hay nada que resolver, y que la existencia material posee un poder que las facultades discursivas no pueden dominar, por lo que conviene evitar que éstas salgan de su papel de simples instrumentos exploradores de la inteligencia en su vía de contacto con la realidad bruta. 19 de noviembre de 1998 39