Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC Cultural I i dad- propia de quienes crean poniendo en juego al máximo sus capacidades de hacer- y el de la maestría- la de quienes ponen en el ejercicio de su arte no sólo su facultad de hacer, sino también su potencia de no hacer. A la maestría, no hace falta añadir, corresponde la contemplación, el corazón es su órgano. Sin embargo, don de la experiencia mística era la dulzura. La aridez, la fría sequedad de la noche en la que todos los autores de las distintas tradiciones concuerdan, va precedida, y seguida, por el más dulce abandono amoroso. En cambio, en nuestro siglo, la ausencia de la ¡dea y sentimiento de Dios ha trastocado de raíz tal experiencia. Igual que en el organismo de la autographa, estigmas respiratorios y corazón no parecen acordarse y confluir. Vivir en la oscuridad pero arder en la luz. Como estigmas, son frecuentes en la obra de Tapies brazos, ojos, bocas, manos, pies: el cuerpo- casi se desearía poder decir lo cuerpo- desmembrado, disgregado, en aquel tiempo cruces, lo expresivo de esa desmembración. Del mismo modo, exentos, los objetos de la Vida diaria: una silla, un cazo, una copa; objetos que con frecuencia se agigantan, ajenos o amenazadores o banales. En la segunda década de este siglo, Wittgenstein acometía actualizándola la misma tarea con la que Kant había alumbrado la modernidad: delimitar el campo de aquello que puede ser pensado, y dicho, con sentido. La obra, el Tractatus, bajo su severo aspecto lógico, pretende esclarecer y delimitar con precisión el pensamiento, opaco y confuso de otro modo. Delimitar desde dentro. Delimitar también el lenguaje, lo que puede ser dicho, y señalar, mostrar los terrenos de lo que no es posible decir nada verificable: lo ético, lo estético, lo místico, sentir el mundo como un todo limitado (y oír cómo resuena esa expresión) no hablar gaseosamente, aunque- y porque- los asuntos centrales de su preocupación sean aquéllos sobre los que calla. No se puede, en un campo de visión, mirar el campo de visión. El campo de visión es el mirar. La obra de Tapies, con el mejor arte de este siglo, arraiga su estética ahí como magnitud de una irredenta nostalgia: indica desde dentro nuestros límites, y muestra el rigor de nuestro mundo. Así, si, por una parte, y pese a las tensiones que organizan los campos de fuerzas en su espacio, la cualidad informe que lo caracteriza señala uno de los límites de nuestro pensar en su necesidad desesperada de apoyarse en las formas, por otra, su contemplación parece abismarnos en los atributos de la noche que nos mostró la mística, sin que se pueda, en tal contemplación, pasar de ahí. Cuando la idea y el sentimiento de Dios desaparecen, sólo de modo negativo cabe expresar su ausencia como pasión y anhelo de lo otro. Arder en un deseo que se sabe obturado. IVlostrar plásticamente los límites de nuestra esperanza mediante las formas de una ilimitada desesperanza. Se ha dicho que cuanto mejor conocemos una obra, tanto más la podemos descifrar en sus aspectos concretos, y, al mismo tiempo, tanto más oscura permanece en su constitutivo carácter enigmático. Quizá convenga concluir con aquellas palabras de Kafka: La oración y el arte son apasionados actos de voluntad. Con ellos se quiere superar y ampliar el alcance y las posibilidades que la voluntad tiene. El arte, como la oración, es una mano tendida en la oscuridad, una mano que quiere hacerse con algo de gracia para convertirse en una mano que da, que dispensa 19 de noviembre de 1998 38