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ABC Cultural io que haga falta. Más acá de lo simbólico, que otras veces será político o religioso, el peligro de desteñir con saliva fragmentos ciméntales o insignificantes conduce a parecidos titubeos, a igual indecisión. Por ejemplo, en otro terreno, puede uno detenerse ante cierta estampa, como lo hace Deborah Wye, y anotar de cara al lector: En Sin título, de la serie Caries per a la Teresa, Tapies formula su usual dualidad de forma abstracta y motivo legible con una figura vista despiadadamente por detrás. Las nalgas son el elemento más llamativo; el sexo, indefinido A ese propósito, dándolo por cerrado, ni una palabra más. Pero resulta que, siguiendo esa pista, otro mira la misma figura y ve que, en un primer instante que aún perdura, bien pudo ser brazo velloso sacando bola para no despegarnos de lo popular) con lo cual la rodilla era codo; una intervención posterior ha dejado otras marcas (C y C, tangentes y tumbadas, chorreantes) que, en efecto, configuran la enhiesta palidez del trasero de una persona arrodillada sobre la mínima escritura (puntitos, iniciales) del artista firmante. El sexo, ¿indefinido? Sí, tal vez el asignado a esa figura desmontada y descrita. Porque lo inenarrable es que asoma, por la izquierda de dicho trasero, un as de bastos que ya viene. Un naipe ni hacia arriba ni hacia abajo: horizontal y ascendente. Superpuesto a unos garabatos nerviosos que lo transportan, que lo animan, que lo empujan en pos de aquello considerado aquí indefinido ¿Verá al menos el basto lo que clava? Palo o bastón toscamente labrado, cuyo grueso va en aumento desde la empuñadura hasta el extremo opuesto Asociación urgente, para volver a la pintura y a lo que significa la dificultad de apresarla de cuerpo entero, la que cabría establecer con un dibujo satírico de Johann Heinrich Füssii, mandado por correo, a un amigo en 1778. Allí, hacia la esquina superior izquierda del papel, rumbo a Italia, volando van unos genitales como miembro autosuficiente, cuerpo autónomo y decidido. Y adiós le dicen a quien pretenda que aquel otro, el que ha vuelto a mirar estas cartas, consiguió ver ya todo, ir más lejos. De nuevo, suma y sigue. Para colmo de bienes y máíéé, las Cartes per a la Teresa tienen, juntó a i las muchas cartas barajadas, otra serie de cartas, que se adjuntan, que condicionan la presencia de las primeras y la de aquellas que, con unas y con otras, más añadidos puntuales, van escribiéndose: las dibujadas como tales sobre el papel de carta o la pizarra párvula, abecé de estas cartas, vendada en diagonal. Y se insinúa que no hay objeto a. salvo a la hora de propiciar el hilo del corresponderse, aunque tenga que ser con sangre; de ahí, la hojilla de 19 de noviembre de 1998 afeitar (papel cortante, en buena parte artífice de nuestra pinta) junto a la hoja arrancada (quedan las oquedades de la espiral, del gusano metálico) de una libreta familiar, doméstica, donde Teresa es puesta al corriente de algunos números que cuentan y, entre ellos, podrá también toparse con los nombres de sus tres hijos. Acariciado y violentado, el papel plural de estas cartas va albergando lo que aún no quedó escrito: la embocadura de un posible escenario (el dos de espadas se divide en dos, cada espada va por su lado) etiquetas, surtidores, fuentes, caudales, dedos o pezoncillos de estirpe surrealista, fragmentos trenzar, esperar y temer, cifrar y descifrar, abrir, tapiar... Mare magnum. Todo, de puño y letra, de propio puño, con la pinta de un tapies, obstinado en sentir, saber y ahora poder volcarlo todo, con todos los sentidos, en estas cartas de amor. Nada se acomoda, de golpe y porrazo, al género epistolar al uso, a las reglas del juego. Y, sin embargo, vuelven a sonar las canciones ingenuas, populares. Y, pese a todo, puntos y rayas apuntalan una tonada íntima, compuesta de despojo y alta tensión. No se reviven, ¡aunque cualquiera sabe! aquellas graves evocaciones clásicas; la melancolía, inserta en tibio halo, que envuelve a un personaje sorprendido mientras lee una carta; la ansiedad, dejando claroscuros de esperanza y temor sobre los personajes que, sentados en torno a una mesa, juegan una partida decisiva. Aquí son sólo cartas. Las cartas. Y esa caligrafía, a menudo ligada a la de Twombly (más como es debido a la de Miró (menos furiosa) a la de Tobey (más balbuceo) a la de Opalca (más arreglando cuentas con la memoria) o a la de Motherwell (en especial, la serie Je t aime) menos encarnecida, esa caligrafía, repito, contenida en el puño de Tapies, taja, golpea y recompone todo con ritmo original, acelerando y ralentizando, quedándose en suspenso, pero nunca olvidando que los movimientos de ese fluir son los únicos capaces de darle libertad al decir y al quehacer, suma y sigue, pues saben, quieren y pueden corresponderle a carta cabal. Numerosas obras de Tapies, anteriores y posteriores a estas Cartes per a la Teresa atesoran parecidas presencias (sobres, papeles pautados, secantes, letras, abanicos, garabatos, tampones, números, manuscritos, periódicos, señales, encerados, líneas sin fin, cabellos) pero acaso ninguna contenga tal variedad de ritmos, tal deseo no sólo de decirlo todo, sino de todas las maneras. procedentes del cuerpo humano (labios, orejas, ojos, cabelleras, corazones, manos y pies, humores) papeles sucios y arrugados, nubarrones y pájaros de nadie, relieves, abanicos... (Insistencia de Blake: Enamorada está la Eternidad de los frutos del tiempo Y una criptografía temperamental: tachaduras, equis, cruces, manchas terrosas y celestiales, tartamudeos, atracciones, rechazos, cifras, firmas, borrones, cuentas nuevas, arrepentimientos y subrayados, tatuajes, tildes exentas, palabras entrevistas, fuego y viento, tinta simpática, grafitos, resplandores, jeroglífico y certidumbre, remiendos, cicatrices, motas de polvo, escondrijos talcosos, tiznaduras, guiños y conjuros, taragoteo sutil y brochazo salvaje, tópicos desplazados de su nido, apariciones insolentes sin nombre, tabiques y ventanas, escaleras, trabas, trenzar y des- Hermético en su explícita abundancia de signos con destino (como telón de fondo) y extremadamente armonioso en su conjunto, Cartes pera la Teresa es un epistolario que se adentra en el corazón del diálogo con la veracidad de las presencias habituales que en él confluyen, con un sentido excepcional del ritmo, con enormes cuidados y con la decisión de sostenerlo todo, de propio puño, sobre la imagen del amor que ronda, palpable y compartido: estar donde no se está- -no estar donde se estaría. 35