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ABC Cultural y largos (espadas, bastos) Y, por añadidura, como si no bastara con una sola baraja, se sacan de la manga unos cuantos naipes de póquer con el Mago en cabeza. Asimismo, aparece la carta- portadilla de la baraja española (detalle plástico o gentileza de la casa Fournier) carente de valor si es colocada sobre el tapete, sobre el papel que desempeña la baraja en la mesa. Y en otra parte se despliega el estuche, la tapa del tesoro en potencia, el que contuvo esas mismas cartas, ahora ya barajadas, cortadas, recortadas, rotas, expectantes en forma de abanico (de posibilidades) echadas a derechas y al revés, borrosas o recién estrenadas. Copas de oro, bastos triunfales, trébol en soledad y espadas altas entre ceja y ceja. Entre la espada y la pared, ¿qué empezar a escribir acerca de esas cartas caídas en el lugar de las otras cartas? O de su brillo, de su lisa textura y de su rigidez en relieve. O de su natural predisposición- tú sales -a cada ronda, en el constante afán de adivinar: sombra que se proyecta sobre aquél que se asome a tal abismo en pleno sobresalto de la jugada. Se dice del caballo: hace pinturas o, si llega el momento, que anda del pie a la mano Alguna pirueta de esa especie sería necesaria vendría bien algún atajo gráfico y transparente. El problema radica en que, por suerte, la copiosidad de lo que se descubre y de lo: que no se destapa, entrelazados a muerte, imposibilita el pronóstico verlas venir el desarrollo lógico y la rememoración personal, aquí encauzada ésta por el accidentado mapa de una tirante intimidad, que se plantea, con los mayores riesgos posibles, saliéndose de lo trillado, cómo jugarse el todo por el todo, cómo expresar las ganas. Porque todo cuanto se dice, tan de verdad, con absoluta fluidez, puede prestarse a engaño, transpintarnos. Y porque todo pasa por ser eso que es y no consigue ser, por eso que no puede dejar de ser así, de estarse ahí, inclemente y estoico suma y sigue estar donde no se está- -no estar donde se estaría) murmurando lo mismo que luego, en un cuadro de 1992, No- Dual, proclamará el pintor a los cuatro vientos: que el amor, resumen de todo, espiritual y carnal, cuando se pinta y cuando se escribe, se descubre y se prueba, se rescata y se olvida, tiene que ser materia de todos los sentidos, desde todos los ángulos, desde la pérdida y desde la ganancia, con bondades y con maldades. Todo vale: no por mera indolencia (aunque también) o argucia de tahúr (aunque también) sino porque todo va adhiriéndose al corazón irresistible del sinsentidd, que late medio a ciegas y que perdido anda, enredado en un número infinito de cosas- -al lado del azar mercurial y del trastorno de los intercambios- -que, con esperanza y temor, reclaman día y noche su atención, se le brindan de manera espontánea para unirse a la ofrenda. Abolición de la dualidad venenosa Tolvanera con la pinta i vi V fi iL. i: de un tapies. Por multiplicidad: señal de cada naipe en sus extremos, mancha, gota, medida, parecido, acción: pinta. El amor. La pintura. Y el reconocimiento súbito. Y la tarareable persistencia de la evidencia y del misterio. Y el tac- tac que se olvida de contar los tantos. Cartas sobre cartas. Para ver, pasar, querer, cantar, fallar, renunciar, brujulear, reservarse o echar el resto. Necesidad y vicio. Transformismo. Relaciones en juego. Pero, antes que relaciones, presencias: el naipe boca abajo, que así se queda, inmovilizado por medio de una cinta adhesiva, que, a su vez, está manchada de carmín; rectángulo de carta insinuada con sólo cuatro puntos a lápiz; un caballo sin palo preciso, invertido y cubierto, más allá de las patas, por ondulante bandeau bleu en el que se dibujan señas serpenteantes, rizos, preguntas no a las claras; cinco naipes del mismo palo (oros) en torno a una diana, y la monstruosidad y el portento contra natura) de que al cuatro de oros le haya salido en su Interior una espada; as de espadas (amor, resolución turbación, obstáculo) en la punta del dedo índice de una mano, la misma, la derecha, en la que del meñique sobresale una uña que es llama; dos de oros, casi de ojos (dificultad habilidad) ambos techados con una sola ceja compartible, enteriza; cartas al buen tuntún, en escalera o esquinadas; un trébol solitario, encuadrado debajo de las dos iniciales de rigor, fundidas (la T y la A, la A y la T: atadura y tea) tres de espadas (pesar separación) sobre la frente, en retrato de media cabeza que se acaba con los ojos cerrados; cartas intactas, tiznadas o pintarrajeadas, quién sabe si domadas por cada turbia franja de papel encolado; as de copas (perfección, alegría, fertilidad) asentado en un remolino; cartas con rayajos, tachaduras, despedazamientos... y, en la contrapartida, el caballo de copas ileso; el as de oros, invertido, epicentro de un violento debate, de algo que es asediado y defendido; esa manera muda de sostener, en vilo, que tres (no vistas) y dos (de corazones) son cinco, como quien saca- -para dejarnos idos, entre paréntesis- -una pareja de palpitantes visceras del interior escaso de un pañuelo agitado en el aire: ese relámpago, ese manar, ese suspiro y ese caer en ia pausa, en mitad de lo oscuro; sota, caballo y rey, abanico muy fiel de la insistencia; el círculo veloz que le hace un hueco a los pedazos de la cartulina; cartas con salpicaduras y cartas totalmente ensangrentadas; sota de oros, invertida, mojada por la lluvia, caída con la lluvia, suspendida en el acto de estar cayendo; o aquella carta en blanco, geométrico fantasma, de la que puede haberse desprendido ¿o soñará con darle alcance? una menguante espada desnuda. Totum revolutum. Se desatan presencias, recuérdese, para mostrar con toda la crudeza la gran dificultad que entrañaría darle un significado concreto- -legible, reductor- -a cada una de ellas. Por ejemplo, puede recordarnos el Mago a Mermes, bufonesco y resolutivo, y su jovialidad maliciosa a la del terciador, pero se necesita que también entre en juego su papel primordial en la partida: el de actuar de comodín, el de valer por lo que falta y para todo 19 de noviembre de 1998 34