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ABC Cultural Cien libros del siglo Un tronco en un torrente Franz Kafka El médico rural (1919) AMOS OZ I L cuento de Kafka Un médico rural es la historia de un médico rural que, en una noche de viento y nieve, recibe una llamada para acudir junto al lecho de un paciente gravemente enfermo. El médico responde a la llamada, supera una serie de extraños obstáculos y consigue llegar junto al lecho del paciente, pero es incapaz de ayudarle. Al final, se encuentra con un vehículo mundanal, unos caballos sobrenaturales, un viejo como yo, vagando extraviado Al final de la historia, el médico dice: ¡Traicionado! ¡Traicionado! Una vez contestada, una falsa alarma en medio de la noche, no tiene arreglo, jamás Esta frase final hace volver ai lector al principio de la historia, para investigar exactamente dónde cometió el médico el único error que jamás admite rectificación. A primera vista, el final de la historia tiene una cieri: a moraleja. Aparentemente, si el médico hubiera sabido esta moraleja al comenzar la noche, habría podido evitar por completo ei error fatal. Pero, ¿qué ha aprendido realmente el médico al final de la historia? ¿Cuál fue el error y cuál es la moraleja? ¿Cuál es la falsa alarma ¿Podría el médico haber optado por no responder? ¿Podría haber sabido desde el principio que era una falsa alarma? ¿Hay alguna forma (en esta historia y quizá más allá de ella) de distinguir entre una falsa alarma y una verdadera? En última instancia, ¿respondió el médico realmente a la llamada o se vio involuntariamente obligado a ponerse en camino? En realidad, no hay alarma, ni ninguna llamada nocturna al principio de la historia, ni una falsa alarma, ni alarma de ninguna otra ciase. Por otro lado, hay, al principio, un pormenorizado relato de un hecho objetivo y verosímil, en el transcurso del cual se produce un giro de pesadilla en los acontecimientos. En efecto, al lector le costará localizar un momento concreto en el que tiene lugar este giro. Como en muchas de las obras de Kafka, el giro no es un cambio total sino, más bien, una especie de deformación intangible de la realidad misma, una distorsión escurridiza y evasiva de las dimensiones, una metamorfosis durante la cual todo se va viendo envuelto progresivamente en las sombras de una pesadilla. Me invadía una gran perplejidad; tenía que emprender un viaje urgente; un paciente gravemente enfermo me esperaba en un pueblo a unos 16 km de distancia; una espesa tormenta de nieve llenaba los amplios espacios entre él y yo; tenía una calesa, una calesa ligera con grandes ruedas, exactamente la Idónea para nuestras carreteras rurales; enfundado en pieles, con el maletín de instrumentos en la mano, me encontraba en el patio dispuesto para el viaje; pero no había caballo que pudiera utilizar, ningún caballo. El mío había muerto durante la noche, agotado por las fatigas del gélido invierno; mi criada corría por el pueblo intentando pedir prestado un caballo; pero era inútil, lo sabía, y me quedé allí desesperado, mientras la capa de nieve se hacía cada vez más espesa a mi alrededor, cada vez más incapaz de moverme. La muchacha apareció en la puerta, sola, y movió el farol; naturalmente, ¿quién iba a prestar un caballo a estas horas para un viaje como ése? Caminé por el patio una vez más; no veía salida; en mi confusa desazón, di un puntapié a la desvencijada puerta de la pocilga desde hacía mucho tiempo deshabitada. Se abrió y se quedó girando adelante y atrás sobre sus goznes. Por ella salió un vapor y un olor como a caballo. En el interior, se balanceaba un tenue farol de establo que colgaba de una cuerda. Un hombre en cuclillas agazapado en ese reducido espacio dejó ver un rostro con mejilla destacaban en rojo las marcas de dos filas de dientes. Bestia le grité furioso, ¿acaso quieres que te azote? Pero en el mismo momento pensé que el hombre era un extraño; que no sabía de dónde venía y que por su propia voluntad me iba a ayudar a salir cuando todos los demás me habían fallado. Como supiera mis pensamientos, no se sintió ofendido por mi amenaza, sino que, aún ocupado con los caballos, sólo se volvió una vez hacia mí. Suba dijo entonces y, en efecto, todo estaba listo. Un magnífico par de caballos, observé, como jamás habían tirado de mi calesa, y me subí a ella alegremente. Pero yo guiaré. Usted no conoce el camino Desde luego respondió. No voy a acompañarle a ninguna parte. Me quedo con Rose No chilló Rose, entrando despavorida en la casa con un justificado presentimiento de que su destino era inevitable; oí el ruido de la cadena de la puerta cuando el mozo la corrió; oí el giro de la llave en la cerradura; pude ver, además, cómo ella apagaba las luces del vestíbulo y, en su huida, las de todas las habitaciones, para evitar ser descubierta. ¡Usted viene conmigo! le dije al mozo de cuadra, o no me marcharé por muy urgente que sea mi viaje. No estoy pensando en pagarlo entregándole a la chica ¡Arre! exclamó; dio unas palmadas; la calesa empezó a rodar como un tronco en un torrente; sólo pude oír la puerta de mi casa resquebrajándose y reventando cuando ei mozo de cuadra arremetió contra ella y, entonces, quedé ensordecido y cegado por una ráfaga tormentosa que golpeaba incesantemente todos mis sentidos El título de la historia nos presenta al narrador en primera persona incluso antes de que diga una sola palabra: un médico rural. A continuación, presenta todos los datos iniciales en un tono prosaico, casi como si de un informe policial se tratara; como si estuviera testificando ante un gran jurado, como si tuviera que defenderse de unas acusaciones por haber cometido algún delito. Su condición: gran perplejidad. Su problema: un viaje urgente, un paciente gravemente enfermo, un pueblo a unos dieciséis kilómetros de distancia, una tormenta, ningún caballo y ninguna esperanza de conseguir uno. Las medidas que tomó: 1. Envió un criado para que pidiera prestado un caballo, pese a las escasas posibilidades de éxito. 2. Se quedó en el patio, bajo la nieve, dispuesto y esperando la partida, para no perder ni un minuto en caso de que la criada consiguiera un caballo prestado después de todo. 3. Vuelve a caminar por el patio. 4. Incluso da un puntapié a la puerta de ia pocilga abandonada, por si se pudiera encontrar algo allí. 5. Cuando aparecieron ios caballos y el mozo de cuadra, no perdió tiempo preguntándose por el significado de su milagrosa apari 19 de noviembre de 1998 Zush ojos azules bien abiertos. ¿Enyunto? preguntó, saliendo a gatas. No sabía qué decir y me limité a agacharme para ver qué más había en la pocilga. La criada estaba de pie a mi lado. Uno nunca sabe lo que va a encontrar en su propia casa dijo, y ambos nos echamos a reír. ¡Eh, hermano, eh, hermana! exclamó el mozo de cuadra, y dos caballos, unas criaturas enormes con sólidas ijadas, uno detrás de otro, con las patas bien pegadas al cuerpo, con su esbelta cabeza agachada como la de un camello, salieron gracias a la pura fuerza de su grupa por el hueco de la puerta que llenaban por completo. Pero enseguida estaban en pie, con sus largas patas y sus cuerpos despidiendo un espeso vapor. Échale una mano dije y la voluntariosa muchacha se apresuró a ayudar al mozo a enganchar los caballos a la calesa. Sin embargo, apenas se había situado a su lado cuando el mozo la agarró y apretó su cara contra la suya. Ella gritó y corrió a m ¡lado. En su 28