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ABC Cultural Escaparate Juan Ángel Vela del Campo Música, imagínense. Una década de periodismo musical Simancas. Madrid, 1998. 340 páginas, 2.500 pesetas. Michael Waish Siempre nos quedará París Plaza Janes. Barcelona, 1998. 330 páginas, 2.500 pesetas. L A recopilación en forma de libro de artículos publicados en la prensa diarla, con ei fin de darles segunda y más perdurable vida, tiene una larga tradición. En esa línea, Juan Ángel Vela del Campo ve su labor de diez años, realizada en el diario El País, compilada en lo que constituye el segundo título musical publicado por Ediciones Simancas. Los franceses han llevado al lenguaje coloquial el concepto de sinergia, es decir, cuando la suma de las partes es más que el todo. Éste es el concepto que mejor le cuadra a este libro. A través de 115 artículos. Vela del Campo traza un retrato de su visión musical, i i- siempre preocupado por engarzar la práctica musical clásica en f- j 3 un contexto cultural coherente y con no pocas incursiones en la- música más actual, como un visionario artículo sobre Zayin, de Guerrero, a la que trata de obra maestra, dando al desaparecido músico quizá su última gran satisfacción. J. FERNÁNDEZ GUERRA H v a Mitch Aibom Martes con mi viejo profesor Traducción de Alejandro Pareja. Maeva. Madrid, 1998. 216 páginas, 2.350 pesetas. AY pecados que hasta un santo querría cometer; pecados contra la carne inmaculada de la memoria o del mito; pecados como el que ha cometido Michael WaIsh, crítico musical de la revista Times: continuar la historia de Casablanca justo a partir de la memorable frase que cerraba la película: ...esto es el comienzo de una hermosa amistad Este tal WaIsh ha decidido titular sus lucubraciones novelescas sobre tos personajes ideados por Hal B. Wallis, Julius y Philip Epstein y por Michael Curtiz, con el título de la célebre canción compuesta por Hermán Hupfield y tocada por Sam: As Time Goes By, aunque aquí se haya optado por un bonito a la par que funcional Siempre nos quedará París, igualmente inconfundible para los lectores. Aunque se hace evidente que los lectores no son, en esencia, los últimos destinatarios de esta historia, sino que serán los espectadores de cine o de televisión. Por esto, no hay que descerrajarle un tiro entre ceja y ceja a Michael Walsh, quien sólo usa literatura vulgar para la narración de una peripecia destinada a morir de inanición en una pantalla y en el pellejo de cualquiera que no serán, en ningún caso, ni Bogart ni Bergman ni Rains. La novela toma, en el momento que parte la avioneta del aeropuerto de Casablanca con lisa Lund y Víctor Laszlo, dos rumbos: hacia adelante y hacia atrás. Reúne a los personajes en un lugar y los hace vivir nuevas peripecias bélicas y románticas, con un pie puesto en James Bond y el otro en Indiana Jones; pero también se dirige hacia atrás (el bucle melancólico) y se inventa el pasado de cada uno de ellos y lo va entrometiendo entre la acción. Lo cual que, al término de Siempre nos quedará París, lo que no nos queda, en cambio, es ni el más mínimo detalle por saber acerca de ellos: Rick Blaine se llamaba en realidad Yitzik Baline y fue un judío mafioso del Hariem, y ya había vivido su gran amor cuando conoció en París a lisa Lund, incluso había vivido el tócala otra vez, Sam con otra: Lois Horowitz, la hija del rey de la cerveza y tal y tal y tal. Todo ello, en realidad, se lo arrebata Michael Walsh a la obra de teatro original que dio pie al guión de la película; se llamaba Everybody comes to Rick s y la escribieron Murray Burnett y Joan Alisen. En fin, cometido el pecado sólo queda purgar la penitenc i a- E. RODRÍGUEZ MARCHANTE E U son las siglas de una brutal y despiadada enfermedad del sistema neurológico: la esclerosis lateral amiotrófica, que padece Morrie Han pasado dieciséis años desde que uno de sus mejores alumnos, Mitch Albom, se graduó y abandonó la UniveríiV: wdASvm: sidad norteamericana de Brandéis, pero ahora la enfermedad vuelve a reunirios: cada martes por la mañana, después del desayuno, el joven acudirá junto al lecho de su viejo profesor para continuar su aprendizaje. Así, mientras el tiempo corre, implacable, y su salud se deteriora, el catedrático irá desgranando sus últimas reflexiones. El resultado, cargado de humanidad, es este tratado sobre el ls í v? v; g 5; r sentido de la existencia, que aborda cuestiones tan dispares como el miedo a la vejez, la autocompasión, el amor, el arrepentimiento y el perdón. Un libro, en suma, para reconciliarse con la vida... y con la muerte. -ANTONIO FONTANA J. J. Winckelmann Reflexiones sobre la imitación del arte griego en la pintura y la escultura Traducción de Vicente Jarque. Península. Barcelona, 1998. 168 páginas, 1.400 pesetas. L A historia del arte como disciplina moderna, entendida como historia de los estilos artísticos y no como una mera compilación de vidas de artistas, nació con estas Reflexiones de Winckelmann en 1755. Su influjo fue enorme, pero contribuyeron a difundir una falsa imagen del clasicismo, de la que aún no nos hemos recuperado. Todavía Hegel, fino conocedor de la cultura griega y estudioso de la historia del arte, se dejó influir por la convicción winckelmannlana de que el arte griego expresaba de modo insuperable el ideal de noble sencillez y se- rena grandeza A pesar de las protestas de Lessing en su Laocoonte, hubo que esperar hasta el Nacimiento de la tragedia de Nietzsche, para que la cultura europea tomase conciencia de que el arte griego no era únicamente ese ideal apolíneo de belleza y armonía que había difundido Winckelmann. -M. CERECEDA 26 19 de noviembre de 1998