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ABC Cultural Ensayo Los filósofos ante Dios M. Álvarez Gómez (ed. Lenguajes sobre Dios Sociedad Castellano- Leonesa de Filosofía. Salamanca, 1998. 198 páginas. c I en un buen libro sobre caza el lector tiene que oír ladrar perros, en un buen libro sobre Dios, ¿qué tendrá que oír? Pero este volumen, en el que escribe una docena de filósofos, no habla sobre Dios como un objeto definido del que se pudiera pensar, escribir y razonar de una manera bien definida, como se habla de un objeto cualquiera, como se fija un concepto o se despeja un problema matemático. Si Dios es Dios no puede ser concepto al no admitir por su propia índole una fijación, definición y reducción a su horizonte y demarcación por parte del hombre. Pero éste se encuentra con algo primordial: tiene la palabra Dios y el hecho de que nunca se ha guardado silencio absoluto sobre él, porque, aún en tiempos del llamado silencio de Dios éste resonó con más fuerza apelativa que en anteriores palabras. Este libro refleja la historia del pensamiento occidental en su triple expresión: preocupación por el ser, por la conciencia, por el lenguaje. No se habla aquí de Dios como realidad, ni de la conciencia que los hombres pueden tener de él sino de nuestros lenguajes sobre Dios. Es como una retirada al extremo límite: pensar sobre Dios a la luz del nombre con que le nombramos, del habla como hemos hablado de él en la no confesada convicción de que ser, conciencia y palabra son coextensivos, de forma que cada uno de ellos lleva de la mano al otro. La reflexión parte de un hecho: hace ya mucho tiempo que la filosofía no habla de Dios ni positiva ni negativamente. Sorprende comprobar que hay tiempos en que hablan de Dios primordialmente los filósofos, como si fueran los supremos o únicos competentes para nombrarte, pensarlo, justificario o desterrarle del universo real o lingüístico. Otras, por el contrario, son los teólogos los que toman la palabra y se atreven a pensarlo, dar razón y cuenta de él. A partir del siglo XVII Dios es ante todo un capítulo de la filosofía, para negario o para afirmarlo, para poner en cuestión su realidad o la posibilidad de demostrarlo. Ése es el tramo de Descartes a Kant y Leibniz, hasta quedar remitido al universo moral. Hegel reclama a Dios como primer quehacer del filósofo y, ya que los teólogos no lo hacen, se decide él a pensar la historia, el ser y el futuro de Dios. En el último medio siglo, por el contrario, los filósofos han guardado silencio, mientras que una pléyade de teólogos han vuelto a su menester originario: tener una palabra sobre Dios a partir de la palabra que él ha dado y dicho de sí mismo. Ellos dan por supuesta la pregunta por Dios, propia del filósofo, la oración a Dios, propia del creyente, y la revelación de Dios, tal como la piensan las religiones proféticas instituidas. Y a partir de esa pregunta, oración y acogimiento de la revelación piensan, hablan, construyen realidad. Barth, Buitmann, Rahner, Balthasar, Pannenberg, Jüngel, Lafont, Revira Belloso, Brito, Lubac y otros muchos han pensado y escrito como teólogos. Abre y preside este libro una idea clara: romper ese silencio sobre Dios. ¿Por qué? Porque el silencio que embarga al hombre en determinadas etapas del pensamiento no equivale a que haya enmudecido definitivamente, como si la cosa misma, en este caso la cuestión sobre Dios, hubiera dejado de tener sentido y vigencia. Significa sólo que es preciso tomarse tiempo para pensar de nuevo o más exactamente, para pensar en verdad dejando hablar y prestando voz a lo que se anuncia desde la ausencia y desde la lejanía Desde esta perspectiva los autores vuelven la mirada a la historia preguntando por las diversas formas de lenguaje que han existido sobre Dios (el lenguaje bíblico: F. García López; la Grecia antigua: A. López Eyre; san Agustín: A. Jiménez Manzanas; Heidegger: P. Redondo; el pensamiento débil de Vattimo: J. Esteban) a la vez que para diferenciar formas de lenguaje referidas a Dios: en la vida moral, en la reflexión filosófica, en la retórica del poder o de la perplejidad, cuando Dios deja de ser cuestión apasionada y misterio acogido como hogar albergador, para convertirse en problema. Llama la atención que no se haya dedicado un capítulo a la pregunta fundamental: ¿cuál es el lenguaje apropiado para hablar de Dios? ¿Se puede hablar de Dios en cualquier situación, desde cualquier actitud, con cualquier método? Pascal, con la lucidez característica, respondió tajante: Dios habla bien de Dios Implícitamente está diciendo: sólo Dios habla bien de Dios y quien en silencio espera su palabra, y en el silencio le da audiencia y obediencia ob- audire) Machado llevó la afirmación al límite: Sólo los orantes y los poetas tienen una palabra verdadera: Poetas sólo Dios habla Heidegger afirmó que en tiempos de inclemencia son palabras válidas aquellas en las que el decir (dichten) agradecer (danken) y pensar (denken) van unidas. Entonces la palabra creadora es recibida como don de una divina medida: Los humanos cantores son entonces los que toman su medida Mass- Nehmenden) de una celeste mensura Los tiempos de silencio ante Dios, como suprema forma de espera y de fe, sustrayéndonos a la omnipotencia engañosa de nuestro deseo, crean noche y gracia. Ésta, desnudando al hombre de su endiosamiento, lo reduce a la nada, deja aparecer al Dios divino y reduce a cenizas al dios humano, instrumento y trampolín que él se había creado para la propia divinización. Que los filósofos levanten acta de que los hombres hemos hablado, seguimos hablando y esperamos tener un lenguaje más verdadero sobre Dios es una buena noticia. OLEGARIO GONZÁLEZ DE CARDEDAL i É í Juan Tose MÜlás i í f U r d i o! ltal, to Uii relato extraordinaiio que destila un humor de la estirpe del absurdo del lonesco y una desarraigada extrañeza a la m a n e r a de Borges. Cristina Patino, La Voz de Galicia 22 19 de noviembre de 1998