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ABC Cultural que encontrarse con el ejército de Parma o el que estuviera mandada por un almirante incapaz- no altera la evidencia de que, aun admitidos estos supuestos contratacíuales, el futuro de la realidad histórica no hubiera cambiado mucho. Y no porque uno crea en fuerzas deterministas más allá de los hombres, sino porque las condiciones esü ucturales- sin necesidad de apelar a destinos a lo ü- agedia griega- convierten en juegos de prestidigitación histórica las especulaciones circunstanciales. I a vis de Parker del reinado de Felipe II me parece demasiado tecnocrática. empresa- ial. cooio si la estrategia en e! XVI implicase una capacidad de escoger entre varias opciones, con la frialdad managaiana del broker. El constante afán ccxnparativo con situaciones del siglo XX dota de expresividad al libro pero me parece distasionador. Porque la dialéctica de la razón (la pura y la práctica) del sigb XVI y del siglo XX tienen que ver muy poco. El elemento simbólico tenía una trascendencia que Parker desprecia. Pero sobre todo me ha saprendido el absoluto desinterés de Parker pa la secuencia coyuntura! del reinado. El Felipe principe es distinto al rey de 1568. éste al de 1580 y al de 1598. Su estrategia no puede ser la misma porque las coyunturas históricas sen diferentes, y los giiipos de presiítfi que influyen en esa estrategia tanbién son diferentes. Este ahondamiento, la identificación de los distintos ld) b ¡es que se van sucediendo a lo largo del reinado es lo que ha hecho y muy bien J. Martínez Millán ccffi varios discípulos suyos en el libro que se ha editado con el título: La configuración de la monarquía hispana y que acompaña a la citada edición de la obra de Cabrera de Córdoba. -Si Parker deposita toda la responsabilidad de lo bueno y de lo malo de su reinado en el propio rey, Martínez Millán disuelve esa responsabilidad en un puzzle de personajes alineados en tomo a dos coirientes políticas que a lo largo del sigb XVI van cambiando de nombre y de protagoni no constante, ya como grupos dominantes, ya en la oposición. Los femandistas serán los futuros ebolisías y éstos los llamados papistas Los antiguos felipisías (de Felipe el Hermoso) serén después los vinculados a Cobos y a Valdés y ios hcoibres del partido casteüanista de Mateo Vázquez. La vieja delimitación de halcones y palomas, de albisías y ebolistas que, precisamente, aportó Marañón y que asumió Elliott, aquí se hace más compleja, con varilles nuevas como la mayor o menor vinculación a los intereses pontificios o eltipode religiosidad (más o menos intimista) Independientemente de que el cuadro de la vida política del reinado de Felipe! resulta a veces demasiado mecanícista como si todo personaje político tuviera forzosamente que ser esclavo de la clientela a la que estuviera adscrito, es enomnemente positivo el esfuerzo de Martínez Millán y su equipo de historiadores por encontrar unas señas de idoitidad a cada uno de los personajes de la Corte y desde luego dotar de una racionalidad grupuscu eff a las decisiones de la moiarquía. La verdad es que se agradece la desfilipización del reinado. aunque el lector acabe también abrumado por una visión histórica, quizá, demasiado pendiente de las idas y venidas de cada uno de los grupos de pregón. Sea como sea, esta obra merece ser glosada como la mejor contribucián de la historiografía española- hasta d momento- a un centenario, el de Felipe II, que desde luego, más allá de fastos y celebraciones retóricas y exposiciones iconográficas, nos está dejando un reguero de grandes libros. A la postre, esto es lo que quedará de este annus mirabilis de 1998. RICARDO GARCÍA CÁRCEL 19 de no nembre de 1998 Estrategia y defensa GEOFFREY PARKER M I libro se basa en la controvertida tesis de que la monarquía de Felipe II poseía una gran estrategia: una especie de boceto imperial Para ello me he basado no solamente en los documentos- especialmente en los documentos de puño y letra del rey en la valiosa colección de Altamira ahcxa dispersa entre cenaos de investigación en Londres, Ginebra y Madrid- sino también en las imágenes de propaganda patrocinadas por el rey. Una sobre todo se me ha quedado grabada en ía menrjoria: la medalla dorada, ahaa expuesta en la magnífica muestra sobre Felipe II que se exhibe en el Museo nacional del Prado. La medalla, acuñada en 1583, celebraba la anexión de Portugal por Castilla tres años antes. Una cara muesfra al rey con la inscripción latina Felipe II, rey de España y del Nuevo Mundo en la otra carta descubrimos un globo terráqueo, rematado por un caballo, y un lema perentorio Non suffícit orbis El mundo ejecuciéffi de la estrategia) y un compromiso no basta por parte del Rey y de sus ministros en luchar Los que niegan que Felipe 1 poseyese una a toda costa, no sólo para mantener el honor, 1 estrategia global- incluso dos de mis maes- sino también toda apariencia pública de honor tros, Fernand Braudel y Helmut Koenigsber- (o reputación ger- se basan sobre todo en la ausencia de un Entre los principios políticos y militares de plan escrito, y en la manera aparentemente Felipe II destacan aquellos que enfalizan su azarosa en la que el rey y sus ministros deci- postura defensiva Pongo a Dios por testigo dían su política. Retrat i a Felipe como un per- escribía hacia el fina! de su reinado, que sonaje tímido y pasivo, dirigiendo una política nunca moví guerra para ganar más reinos, exterior fundamentalmente reactiva (y reac- sino para conservarlos en religión y paz y la cionaría) confijsa y vacilante, cuyo propósito convicci 6i de la naturaleza inalien ie de las diario era responder a las crisis sólo en el úl- tierras pa imoniales: los reinos y dominios hetimo momento y únicamente con los medios redados tenían que permanecer, a toda costa, más obvios y expeditivos a su alcance. De- denti o de la rama española de la familia, y no jando de fado la evidente discrepancia entre la debían ser cedidos nunca, pues cada pérdida imagen popular de Felipe II cono un rey prejui- fortalecería a los enemigos de España, De cioso e inflexible, y cano un gc rnante que nuevo, una defensa firme parecía lo esencia! basaba su política en el correo de la mañana, Sin embargo, no todas las posesiones reales está claro que la ausencia de un gran diseño eran igualmente importantes. En el diseño poagresivo y públicamente establecido para do- lítico de Felipe II ICK intereses de la Península minar Europa (si no el mundo) no excluye ne- Ibérica y de las Indias figuraban en primer lucesariamente ¡a existencia de un conjunto de gar. Italia y el Mediterráneo en segundo, los principios políticos. Aunque Felipe 1 y sus mi- Países Bajos y el Mar del Norte en tercero. 1 nistros no dieron publicidad a las razones esSin embargo, en tiempo de guerra, la detratégicas de sus decisiones, las fuentes revefensa de estas lejanas y dispersas posesioies lan que seguían principios claros que ayudaron a la monarquía a mantener su posición en Eu- debía coordina se en un esñjerzo militar coheropa y en el mundo, y a coordinar sus políticas rente. Además la pérdida de una posesión llevaría eventualmente a un desplome gradual y acciones. del Imperio, Este elemento estaba directaEntre los principios religiosos e ideológicos mente ligado a las nociones de ía naturaleza del Rey Prudente se pueden destaca la de- epidémica de la pérdida de reputación, así fensa del catolicismo a meta principal del Im- como a la primacía territorial de España, pues perio era la defensa de la fe católica contra ello permitía argumentar que la pérdida de una cualquier ataque exterior amiado o subversi i posesión distante como la de los Países Bainterna (por lo tanto, las aliaizas con herejes o jos, acarrearía la pérdida de España a conseinfieles debían ser evitadas a toda costa) cuencia de una gradual erosión del respeto al cierto providencialismo 1 rey concebía una rey. misión histórica destinada a alcar ar la victoria Estos objetivos no constituían únicamente, y esperaba la ayuda sobrenatural de Dios en a mi parecer, una lista de desiderata, sino un forma de milagros más o menos sutiles (esto conjunto de principios interrelacionados que permitía atosdirigentes españoles dejar espa- formaba un sistema coherente, lo que ahora cio para las circunstancias imprevistas en la llamanx) s una Gran Estrategia. 17