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ABC Cultural Narrativa Un ángel caído Alan Wall. Bendito sea el ladrón Traducción de Damián Alou. Anagrama. Barcelona, 1998. 260 páginas, 2.200 pesetas. ción, la figura de Tomás Moro, el fenómeno del nazismo, los mecanismos de la memoria, etcétera. Frente a esta primera parte, de carácter casi siempre enciclopédico y discursivo, la sona: Cuando volví la última página, la primera parte de mi vida había acabado ¿Y cómo es ese Tom que en esa segunda parte de su vida no puede sino remedar la biografía del propio Delaquay? Si éste evolucionó de la religión al satanismo y, en compañía de Baudelaire, se precipitó gustoso por los abismos del alcohol y la mala vida, aquél no duda en viajar también del orden al caos y en dejarse caer por idénticos abismos hasta apropiarse de su vileza y su exaltación Lo llamativo del caso es que será precisamente eso, su particular fidelidad a Delaquay, lo que provocará su expulsión de la secretísima sociedad. La posterior peripecia de Tom, cuando se instale en Londres y se vea obligado a ganarse la vida falsificando y vendiendo obras de Delaquay, no hará sino cerrar con limpieza una simetría ya apuntada y acentuar los aspectos más paradójicos de su historia: su anterior veneración por Delaquay es precisamente la que ahora le lleva a adulterar esa pureza que Delaquay defendía. En Bendito sea el ladrón son frecuentes las referencias religiosas (e incluso la meditación teológica) y hay un momento en el que Tom Lynch declara: Los católicos tenemos una propensión natural al vicio; nuestra teología nos prepara para él Desde ese punto de vista, lo que la novela de Alan Wall nos cuenta no es sino la clásica historia del ángel caído. IGNACIO MARTÍNEZ DE PISÓN UN en el caso de que hubiera existido en la realidad y no fuera un producto de la imaginación de Alan Wall, probablemente no muclia gente habría oído hablar de Alfred Delaquay, el misterioso artista que, en plena época de la reproducción masiva, optó por publicar algunas de las obras fundaP mentales de la historia de la literatura en ediciones de un solo ejemplar. Se trataba de primorosas ediciones únicas, ilustradas con grabados del propio Delaquay cuya reproducción estaba terminantemente prohibida. También la venta de esos libros estaba prohibida, y su circulación quedaba limitada a los intercambios que entre sí pudieran hacer los miembros de la llamada Sociedad Delaquay, consagrada evidentemente a la memoria del artista. En torno a esta sociedad secreta urde el británico Alan Wall una historia que se abre como el relato de un aprendizaje y se cerrará convertida en poco menos que una novela bizantina. Lo que Wall nos ofrece es una narración dividida en dos partes perfectamente diferenciadas. La primera, que coincide con las diversas fases de la instrucción del joven protagonista en una escuela católica de Yorl shire y una institución universitaria de Oxford, es un peculiar recorrido por distintos ámbitos del saber humano, y en ella podrá el lector encontrar enjundiosos excursos sobre temas como el posible catolicismo de Shakespeare, los zeppelines en la historia de la avia- A segunda renuncia a toda especulación y apuesta decididamente por un estilo económico y brioso, por una narración hecha de diálogos y de acción, y el lector no puede sino desconcertarse ante un contraste tan marcado: ¿por qué este libro que empezaba como un peculiar breviario de historia y cultura ha acabado convirtiéndose en un thriller Victoriano con algún que otro toque dramático definitivamente decimonónico? ¿Por qué ese radical cambio de tono y de registro? ¿Hay algo en la propia historia que lo exija o lo justifique? A mi entender, no es así, aunque el propio narrador se encarga de recordarnos que tampoco Tom Lynch, el protagonista, es la misma persona en la primera y la segunda parte de la novela. Es Tom uno de los miembros de la mencionada sociedad secreta, en la que llega a ocupar el puesto de archivista, y su historia es la de un joven de temperamento artístico que no puede dejar de seguir los pasos y el itinerario vital de su admirado Delaquay. Por Delaquay, por la influencia que sobre él ejerce la edición que éste hizo de El matrimonio del cielo y el infierno de Blake, abandona la fe católica en la que ha sido educado. Por Delaquay, por la impresión que le produce la lectura de su particular versión de Las flores del mal de Baudelaire, deja de ser quien era y se convierte en otra per- MiTCH A L B O M MARTES CON MI VIEJO PROFESOR Libro AÑO 1998 UN TESTIMONIO REAL convertido en un LIBRO DE CULTO MAEVA 15 19 de noviembre de 1998