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ABC Cultural Ensayo Trucos y milagros Brian Moore. La mujer del mago Traducción de R. M. Bassols. Seix Barral. Barcelona, 1998.224 páginas, 2.400 pesetas. electricidad, a Argelia, en periodo de conquista a mediados del siglo XIX, para desarmar con sus trucos las creencias de los aborígenes y proclamar la superioridad francesa. En tercera persona, se ocupa de un personaje secundario en la historia, su mujer, a la que nunca pierde de vista. Ella, desde una sensibilidad muy contemporánea, descree y rechaza los avatares que sufre hasta cobrar un insospechado protagonismo. Se pone en escena el choque de los roles masculino y femenino, lo patriótico y un nihilismo abierto a otras sensibilidades. l loore pasa de festines regios con su continuo y esclerótico ceremonial a intimidades de alcoba en las que una mujer, con la que el lector se identifica fácilmente, se pregunta por su papel en el matrimonio, en la sociedad, en la vida que le ha tocado en suerte. La novela está dividida en dos partes. En la primera enfrenta a su heroína al mundo acartonado de una invitación del emperador Napoleón III a una semana en uno de sus palacios campestres. El mago, actor y hombre de mundo, se integra con facilidad en el decorado de la corte; Emmeline rechaza el conjunto de fastos y rituales que carecen del menor atisbo de gracia y, sin embargo, siente una atracción erótica por un coronel que pretende convencer a su marido de su insólito plan y que la atiende con particular cuidado. La segunda parte del libro acontece en el país norteafricano. Al hechizo de lo exótico y del misterio de lo desconocido, se opone el aparato colonial, ya considerable en Argel. Con precisión de miniaturista, Moore dibuja los ambientes necesarios para cautivar a la mujer y al lector. El embrujo que debe prender en los árabes a partir de los trucos del mago se equilibra con la fascinación por una sociedad distinta, con otra escala de valores y un fondo de autenticidad que ha desaparecido de los europeos. El enfrentamiento entre el mago, con sus extraordinarios trucos, y el morabito, que sólo exhibe una pasión religiosa, mística, integrada en las necesidades sociales de lo que considera su pueblo, se resuelve sólo en apariencia en favor del primero. La historia, el presente, es testigo de que así ocurrió con la colonización de Argelia, como ejemplo de otras muchas. Pero queda el papel de la mujer, su traición, ¿o es fidelidad a sí misma? la vergüenza de la falta de piedad de los conquistadores, la herida del héroe. De otro lado, ¿es auténtica la fe del autoproclamado Mahdi, nuevo redentor del Islam, o es un truco más para lograr la preeminencia entre los suyos? ¿Es el mago sólo un charlatán habilidoso? Siempre hay trampas y a veces brotan maravillas en cualquier proceso de seducción. El texto, centrado en la anécdota que recorre, carece de alardes de estilo; en su comedimiento, se llena de sugerencias en la batalla por atrapar al lector, que con facilidad puede quedar inmerso en la historia, a merced de su poder, de su magia. LUIS MARIGÓMEZ E L encuentro con lo otro lleva en su deseo el encantamiento por lo desconocido y el temor al engaño. Pronto aparece un conflicto de poderes, hay un colonizador y un invadido, según la relación de fuerzas. Estos axiomas suelen ser válidos para el trato sentimental y las relaciones entre países. Con mimbres en apariencia tan opuestos, políticos y afectivos, ha tejido esta novela Brian Moore (Belfast, 1921) que ya había publicado en España La suerte de Ginger Coffey (1967) y Ropanegra (1992) en la misma editorial. La pelea entre oriente y occidente se prolonga desde hace varios siglos con resultado diverso. A la invasión árabe de la Península Ibérica siguió, desde el Renacimiento, un equilibrio de fuerzas que empezó a ser favorable a los europeos hasta llegar a la época colonial, en que parecía que la razón y la técnica lo podían todo. Desde mediados de este siglo, con el abandono del dominio político de extensos territorios que sólo habían tomado un leve barniz civilizado es obvio que la visión occidental del mundo no está tan impuesta como parecía, que la aldea global es sólo una entelequia y que subsisten y cobran vigor creencias contrarias a las ¡deas de progreso y cambio perpetuo que ocultan el dominio económico, comercial e ideológico del llamado primer mundo sobre el resto del planeta. Se recoge en el libro un hecho curioso, la visita del mago Robert Houdln, el más famoso y moderno de su tiempo, el primero en hacer uso de la Viajes Postales sobre Ñapóles Francesco Costa. Un embrollo en la pantalla Traducción de Atilio Pentimalli Meíacrino. Seix Barral. Barcelona, 1998. 254 páginas, 2.500 pesetas. cosa que una novela interesante, siempre que se lea con la misma intención que prestamos a un folleto informativo leído entre dos estaciones de tren. Por supuesto que aquí hay mucho más, pero sólo porque hay más espacio. Por otro lado la estructura, que centra sus capítulos, alternándolos, en las tres figuras principales, Federico, Marianna y Beatrice, se revela también como un art ¡f ¡c ¡o poco feliz, y los enlaces de final y comienzo de capítulo, que repiten, como un eco, la misma palabra, a modo de extraña anáfora, son art ¡f ¡c ¡osos en el peor sentido del término. No hay duda de que Francesco Costa posee un conoc ¡m ¡ento muy profundo, no necesariamente libresco, sino fruto de la observación y de sus propias vivencias, de la ciudad de Ñápeles, y tampoco hay que dudar de que Un embrollo en la pantalla sea, según la contraportada, un retablo narrativo v ¡vacís ¡mo de la vida napolitana Pero un retablo no es una novela, aunque aparezca en ella la gruta de la Sibila Cumana y el lago Averno donde Virgilio situó la entrada al reino de los muertos. También hay que lamentar que la narrativa que nos llega de los países vecinos tenga el mismo grado de parális ¡s, qu ¡ero decir de costumbrismo, que tantas de nuestras novelas recientes. FRANCISCO SOLANO C ON su habitual radicalidad, no exenta de Esta situación, tal vez, debía haber originado cansancio y lucidez, Giorgio Manganelii algo mucho más incitante y problemático que un dejó dicho que una novela son cuarenta líneas, mero embrollo. Y, en efecto, Francesco Costa se más dos metros cúbicos de aire Esta provoca- ha cuidado muy bien de rellenar esta idea troncal dora y disolvente, por no decir terrorista definición con múltiples ramas arbóreas desplegadas sobre la del género, que no siempre puede ser suscrita, se ciudad de Ñapóles, pero lo ha hecho a manera de presta en esta ocasión muy bien a ser aplicada, por postales, destacando a vuela pluma los peculiares vía negativa, a Un embrollo en la pantalla, del escri- rasgos de los napolitanos. Así esta novela es muy tor napolitano Francesco Costa (1946) debido a útil para saber de Ñapóles, la ciudad más teatral que su prosa es de tan insoportable prolijidad que, del mundo, donde parecía que el artificio fuese la para defenderse, el lector se refugia en algún deli- norma y todos declamasen una eterna comedia rio, aunque sea en la imposible síntesis que pro- pero no tanto para conocer y dejarse cautivar por el pone Manganelii. conflicto entre la representación como simulacro y La grave deficiencia de esta novela consiste, so- la representación como vida. De hecho, al joven cineasta, que también escribe bre todo, en que cuenta muchas veces las mismas cosas y, lo que aún es peor, ni siquiera lo que novelas, se le hace un reproche que, con las salvecuenta alcanza algún relieve, o es tan escaso que dades derigor, cabe igualmente aplicar a Francesco no suscita curiosidad. Sin embargo la ¡dea, en sí Costa: Tu arte es un despilfarro de palabrería, ¿a misma, no es mala, y podía haber servido para una qué esperas para representar la vida? Costa, que mejor empresa narrativa. En la Ñapóles de 1905, no sortea el problema, sin embargo se demora decuando el cinematógrafo comienza a hacerse po- masiado en cierto costumbrismo reflexivo, pero cospular, aquellas imágenes proyectadas por un haz tumbrismo al cabo, y en los bordes de la historia que de luz no eran, para la gente sencilla del pueblo, un quiere contar, hasta el punto de que muchos aspectrasunto de la realidad, sino que eran la realidad tos secundarios y veleidosos ocupan un espacio exmisma. Lo que entonces veían en la pantalla refle- cesivo que tiene el pernicioso efecto de aplastar lo jaba una fantasía, pero una fantasía que se proyec- esencial a favor de lo innecesario. taba directamente sobre sus vidas. Un embrollo en la pantalla no consigue ser otra 14 19 de noviembre de 1998